Ni una puta dona!

Espero que aquest titular que just acabeu de llegir no hagi ofès ningú. I demano disculpes si el text que ve a continuació no satisfà les expectatives que l’esmentat títol hagi pogut despertar.

Senyores, ens hem equivocat d’estratègia. Us heu equivocat d’estratègia. Estem perdent el temps i la credibilitat. Esteu perdent el temps i la credibilitat. Amb collonades. Parlo, per exemple d’exigir amb tanta insistència l’ús d’un llenguatge forçadament inclusiu. També parlo de coses que no són tonteries, com reivindicar unes lleis que perpetuen el concepte d’una maternitat idealitzada i que a la pràctica, a més,  resulten professionalment castradores.

Que sí! Que està molt bé tenir la llibertat de poder ensenyar els pits a la piscina. Pero encara estaria millor no trobar-nos per Internet imatges com aquesta. Ni una puta dona!

El regalo de mi vida

Señores pasajeros, abróchense los cinturones de seguridad porqué vienen turbulencias. ¡Vamos a hablar del regalo de mi vida! Eso significa que estamos entrando en aguas pantanosas y será una misión casi imposible salir indemne de este “fregao” en el que yo solita, sin la ayuda de nadie, y por voluntad propia, me he metido. Los que me conocen de cerca ya saben porque digo esto. Y es que hacerme un regalo a mi da miedo. Si no fuera porque casi cada año le toca a mi cuñado el papelito del amigo invisible con mi nombre, no me extrañaría que mi familia tuviera un tinglado montado, como una especie de rifa o votación alternativa para decidir a quién le cae el muerto de los regalos del año. El muerto soy yo. Pero como he dicho, normalmente el agraciado es mi cuñado Josep, que se lo curra un montón, el pobre. Y siempre pienso que no soy lo bastante efusiva. Gracias Josep por las pulseras, collares, bolsos, colonias, pamela, bufandas, secador de pelo, libros y muchas otras cosas más que me has regalado durante años. De todo corazón. Y no es ironía.

La ironía comienza ahora.

Lo de este año tiene traca. Me refiero al regalo de Reyes. Casi supera el juego de toallas que me regalaron en 1998, precioso, pero me llevé un disgusto que ni te cuento. No me preguntéis porqué, ni yo entendí muy bien mi reacción. De hecho, fui yo la que le dije a mi padre por teléfono desde Londres, donde había vivido dos años, cuando estaba a punto de volver: — ¡Papá, te aviso de que voy a tirar las toallas! ¿Me oyes bien? ¡Voy a tirar las toallas! —dije gritando como una loca (en mi defensa quiero que conste el hecho de que estaba muy nerviosa por la vuelta en sí en general y en particular me agobiaba excederme demasiado en los kilos de equipaje permitidos por la compañía aérea). Yo creo que mi padre se lo tomó como una pista. O peor, como una amenaza. Mi disgusto cuando vi las toallas fue tal que me puse a llorar desconsoladamente. Y pasaron días que aún le daba vueltas al tema. Traumatizados, así dejé a mi padre y a su esposa. Creo que a partir de entonces se limitaron a regalar un sobrecito con dinero.

También antológico, pero de otra índole, fue el caso de la pulserita, que perdí el mismo día que me la regalaron. Eso fue en los años ochenta, cuando yo era una adolescente despistada.

Pero como he dicho antes este último año ha sido increíble el tema del regalo de Reyes, insuperable, épico. Para mear y no echar gota. El regalo lo escogí yo misma. No solo lo escogí, sino que lo compré yo misma con mi hermana mayor (pagó ella) y yo vi como lo ponían en una caja y luego en una bolsa y luego nos lo llevamos. Era un teléfono vintage de los años 70, de plástico. De color azul. Monísimo.

Pues jamás en la vida me he llevado una sorpresa tan grande como estas Navidades pasadas cuando desenvolví mi regalo. “¿Cómo puede ser? ¿Cómo se explica eso? Os preguntaréis… Pues lo mismo me pregunté yo cuando abrí el paquete y vi lo que había dentro. Era un teléfono vintage pero de madera y de los años 30. Estaba flipando y la verdad, un poco mucho indignada. Miré a mi hermana mayor con cara de “¿qué-coño-es-esto”? Yo quería mi teléfono y no ese, que era muy bonito, no lo negaré, pero no era el mío. Y mi hermana me hizo señales indescifrables, excepto la de que me callara, ésa la entendí perfectamente.

Pero la cosa no acabó aquí. Le toca el turno de abrir el regalo a mi hermano. Rompe el papel y: ¡sorpresa! allí está mi teléfono. MI TE-LÉ-FO-NO. Vuelvo a mirar a mi hermana y dale otra vez con esas señas incomprensibles. Excepto la de “O te callas o te mato”, ésta la entendí perfectamente.

Otra persona se habría relajado y esperado, para intentar aclarar las cosas, a que todos los humanos allí presentes (muchos) hubieran acabado de abrir sus respectivos obsequios. Lo intenté. Juro que lo intenté. ¡Y lo conseguí (callar y no montar un espectáculo)! Lo conseguí durante cinco segundos enteritos.

Pero en el momento en que oí que alguien le decía a mi hermano: —¡Qué chulo! — refiriéndose a su regalo, o sea, a mi teléfono, no pude seguir con esa farsa. Y exploté: —¡Es mío! — dije un poco (muy mucho) exaltada. —¡No, que es mío, coño! — contestó mi hermano (que flipaba con el regalo, pero supongo que al ver mi exacerbado interés defendió lo que era suyo, por instinto y para joder también, seguro) —Mira, no sé qué ha pasado, pero este teléfono lo elegí yo para mí. Si quieres quédate con el otro, que también es muy chulo —insistí yo bastante nerviosa y con las lágrimas amenazando de hacer acto de presencia.

La cara de mi hermano, y la de las personas que estaban lo suficientemente cerca de los dos como para escuchar lo que decíamos, era un poema. Bueno, más bien la mía era un poema. La suya era dos ojos como platos y la boca más abierta que el culo de Wenceslao. (siempre he sido muy fina yo, desde pequeña).

A partir de aquí los recuerdos son borrosos. No sé cómo transcurrió la “cosa” ni como me enteré de lo que había pasado. Pero me enteré. La “cosa” tiene tela. Resulta que yo le había dicho a mi hermana Julia el regalo que yo quería: un teléfono vintage. Y también se lo dije a mi hermana Mari Carmen, que además coincidió que lo comentamos un día que había venido a Barcelona y como en Lleida igual era más difícil de encontrar decidimos que cerrábamos el tema ya y lo compramos con la idea de que ella avisaría a la familia para ponerse de acuerdo con mi amigo invisible. Se le pasó. Lo de avisar a la familia….

Y a la hora de colocar los regalos le supo mal por mi otra hermana y guardó el bueno. ¿Pero como llegó hasta mi hermano? Pues resulta que su regalo era un sobrecito con dinero y mi hermana y mi cuñado se alarmaron porque no lo vieron. Y entonces recurrieron al regalo que habían apartado. Mi teléfono. Digno todo de un episodio de Benny Hill.

A partir de aquí, cualquier cosa que escriba parecerá poca cosa. (Mucha “cosa” escribo yo…).

A pesar de ello, no puedo dejar de mencionar ciertos regalos que también me han marcado la vida, especialmente uno, el regalo de mi vida. ¿Qué será, será? El padre de mi hijo es de las personas que más ha acertado siempre. Me conoce bien. O me conocía. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de escoger mis regalos. A él le debo los perfumes que llevo y que hacen que la gente me diga: ¡Qué bien hueles! Él me compró un ebook, al que le he sacado mucho rendimiento. Y, sobre todo, el mejor regalo del mundo, nuestro hijo Simó, un gran regalo (envenenado).

Mis amigos me regalaron un álbum de fotos (vacío) y un diario (en blanco) en una fiesta sorpresa que me hicieron antes de irme a vivir a Londres. En enero de 1996. Veinticinco años después ambos están llenos de recuerdos y sobreviven mudanza tras mudanza. Mis hermanos y primos me regalaron un reloj muy bonito en una cena de despedida que organizamos también antes de partir para la Gran Bretaña. Pero yo soy gafe con los relojes y siempre los estropeo. No los rompo, no. Los estropeo. Se paran, se atrasan, se adelantan. Siempre he mantenido una relación muy peculiar con el tiempo. Esto de los relojes debe ser una alegoría del tema.

Mi abuela me regaló su alianza de boda, que también desapareció. Yo es que estoy poco apegada a las cosas materiales. Menos mal….

Mi regalo preferido de la infancia, ya lo he contado muchas veces, fue el puño de Mazinger Zeta. Era un mecanismo muy sencillo (un puño enorme de plástico que llevaba una goma gruesa por dentro de manera que estirabas de la goma, como en un tirachinas y el puño salía disparado) pero que funcionaba.

Libros. Otro gran regalo (aunque a veces los leo y a veces no) que siempre es muy bien recibido. Y discos. Últimamente me han caído algunos de estos. Muchas gracias.

Sin embargo, el regalo de mi vida no es ninguno de los que he mencionado. Seguro. El mejor regalo tiene que ser, sin duda, un regalo que haya hecho yo. Soy generosa por naturaleza y he regalado de todo, incluso mi voto. Y lo volvería a hacer. Y lo volveré a hacer. No específicamente lo del voto, que no lo sé, en general, me refiero.

Madre no sólo hay una

Dicen que madre no hay más que una. Discrepo. Como madre y, sobre todo, como hija, discrepo. Tardé años en darme cuenta de que eso no es así, de ninguna manera. 

Las monjas de mi escuela, desafortunadamente llamadas madres, o hermanas, eran un poquito villanas. Si lo pensáis bien¿que se puede esperar de esas mujeres que necesitan nombres artísticos para aparentar una abnegación y un sentimiento maternal que no poseen? Bien se hubieran podido llamar  Madre Calvario, Madre Dolores o Madre Socorro. Mucho nombre para tan poca empatía. 

Lo peor era que cada año me hacían celebrar el primer domingo de mayo y me obligaban a crear un bonito regalo que yo nunca podía entregar, por razones obvias, a la mujer muerta que me dio la vida. Si de madre no hay más una, ese regalo, en mi mente, va directamente a la basura. Iba. En mi mente.

Hace poco hablé del tema con mi hermana Julia, entonces dos cursos por delante y ahora veo que con una inteligencia práctica mucho más desarrollada que la mía. Mi hermana me dijo que ella no tenía ningún problema con el Día de la Madre, que ella el regalo se lo daba bien contenta a la abuela.

La abuela, mi querida y querida y querida abuela. La mujer que tanto me dió: Amor, sabiduría, comida, algún cachete y comida otra vez. Ella también fue mi madre. 

Ya llevo dos. 

Y sigo sumando.

Y como no hay dos sin tres, el mismo amor y cariño y sobre todo, ternura y paciencia y también comida y mucha complicidad, lo recibo cada día desde hace treinta años de la compañera de viaje de mi padre. Mi segunda madre. O tercera. El orden de los factores no altera el valor de una madre.

Madres de mentira

Aprendre dels fills

El meu fill de sis anys em fa millor persona. I no ho dic pas perquè portar descendents al món hagi de salvar ningú de res i molt menys a mi, que fa temps que sóc del parer que la maternitat per se està sobrevalorada. No. Ho dic per fets objectius, perquè quan obro bé els ulls i m’oblido de la meva suposada superioritat intelectual i moral envers ell puc intuir la claretat cristalina amb què veu el mòn. El mateix mòn que, de grans, ens resulta tan confós i que massa sovint embrutem amb la nostra distorsionada incapacitat d’observació.

He après de la seva motxilla buida i de la seva mirada de nen, aliena a convencionalismes adulterats i als meus prejudicis que, amb els anys, he anat acumulant a la meva i no pas buida motxilla.

D’ell he après, per exemple, perquè no podem diferenciar les persones per races. Finalment he entès que la decisió de suprimir el concepte de raça no respon a un eufemisme lingüístic políticament correcte. La diferència de races la tenim massa interioritzada, els adults, i per molt que ens esforcem a eliminar aquest terme del discurs públic, l’essència del concepte raça, semànticament parlant, roman en el nostre diccionari personal. No parlo de pensar que hi ha races superiors o inferiors. Parlo de pensar que hi ha races.

I per ell no n’hi ha.

El color de la pell o la forma dels ulls és un tret identitari més que ens fa a tots únics i diferents però que no ens divideix en grups. I si ho fa, les possibilitats i les combinacions són pràcticament infinites i més enllà.

Para toda la vida

WhatsApp parece lejos de estar atravesando su mejor momento. Y si antes de ayer se intuía que esta aplicación de mensajería instantánea estaba en horas bajas, hoy, después de la resaca de ayer, esas horas, antaño tan favorables, me pregunto si en el imaginario colectivo ya han alcanzado el subsuelo.

Enviar masivamente a todos tus usuarios una declaración de amor eterno es una medida popular pero desesperada. Srs. de WhatsApp, no sé si han tenido en cuenta  que la mente humana es perversa. Una empresa que se ofrece  “gratis” sugiere una imagen de debilidad,  y si además lo hace de “por vida” el usuario se acojona.

El “para toda la vida” de “toda la vida” ya no es un valor en alza. Empleos, matrimonios, hipotecas (y ahora aplicaciones) huyen de las cadenas que atan y acomodan. Hoy empiezan y mañana acaban. En plural

Le doy 1 año (a WhatsApp)

Si Mas fos dona….

És instintiu, o cultural, que les dones cedim encantades l’últim tros, o l’únic, de truita i de pastís o fins i tot d’aquella coca que ens agrada tant. Sobretot als fills. Els homes no. Excepte el meu pare, però sempre hi ha persones excepcionals que excel·leixen la norma.

El gen de la supervivència inherent a l’ésser humà agafa noves dimensions combinat amb les dosis d’egocentrisme  i competitivitat transferides al sector masculí durant la infància i l’adolescència. Els eduquem com a reis i es comporten com a tals, orgullosos del seu “envejat” penis.

El pares, per norma, atribueixen al factor “aprenentatge” per als fills el fet de negar-se a treure’s el menjar del plat per donar-lo a la canalla. Però és incapacitat. Els han educat, fins ara, per menjar-se el món i el sacrifici no entrava en el temari.

Perquè ell ha de renunciar a guanyar? Si el premi porta el seu nom… Si és el que s’espera d’ell…

Les dones sabem que el sacrifici a vegades pot ser la derrota més dolça.

Per això em pregunto si Mas fos dona potser li seria més fàcil renunciar a la glòria i ho viuria com una victòria. Si fos
dona o una persona excepcional.

Live together, die alone

” Viure junts, morir sols”: paraules amb un missatge filosòfic simple però profund que els fans de “Lost” ens vam creure i vam repetir. Ens les vam fer nostres i encara avui ho són. Nosaltres, al menys jo, volem pensar, vull creure, que he entès, més enllà de la sèrie, el veritable i únic sentit de la nostra, de la meva, existència.

I com més a tocar la mort he tingut, més valor li he sabut donar…El dolor es va alleugerint amb cada somriure genuí, amb una abraçada incondicional o amb aquell silenci que ho diu tot.

Quan imagines la solitud en morir de la mare que no recordes, de la padrina que tant recordes i del fill que mai va arribar i que no vols, ni pots, oblidar, més t’aferres als que queden. Els que se’n van, sols, s’emporten un bocinet del teu cor. Tu, quan marxis, sola, que t’enduràs? Et preguntes. Em pregunto.

Endogàmia a la catalana

Pare Pujol, confesso que he pecat. De paraula, obra i omissió. Sobretot d’omissió.

Omissió de cara al meu fill, que puja totalment aliè als valors i principis que un “català català”, un català de bé, ha de compartir amb la resta del ramat.

Ni Supers ni Barça ni Estivill. A casa no ens agraden les aglomeracions, ni la tv convencional. A casa ja no seguim al Barça amb disciplina i passió. A casa, per dormir, no volem llàgrimes ni trampes. Ens abracem i ens contem històries.

Els referents de la Catalunya com cal m’asfixien. L’endogàmia que preval m’ofega. I em pregunto en què estic pensant jo, demanant consell al català que més descaradament ha descuidat l’educació dels seus fills. I així han sortit. Molta misa però a l’hora de la veritat, la moralitat se la deixen al Ferrari o a la ITV.
Diuen Diuen.