Categoria: pecadora

El hombre de mi vida

Eres el mar cuando se enfada, eres la noche iluminada, eres como el río que va regando el amor mío agapimú, agapimú, agapimú

Manolito

      Pues sí. El hombre de mi vida se llamaba Manolito. Y era de Madrid. Y si hablo de él en pasado no es porque ya no sea el hombre de mi vida ni porque yo sepa que ya está muerto, que no lo sé (aunque tampoco tengo ninguna certeza de que no lo haya hecho, lo de morir, me refiero). Pues eso, que hablo de Manolito en pasado porque a estas alturas supongo y espero que ya no le llaman así, con el diminutivo. Manolito ya tiene casi cincuenta tacos, o sea, es ya un señor mayor y lo de Manolito como que ya no.  Ahora debe ser Manolo, o Manuel, o Manuela. No lo sé, la verdad, pero no se me ocurre que nadie nacido en los setenta y que haya logrado sobrevivir a Michael Jackson, David Bowie, George Michael y a Bono (que públicamente está muy muerto) se pueda seguir llamando Manolito.

No, no, no. Si alguna lectora piensa que existe una relación entre las muertes (o no muertes) sobre las que acabo de escribir, que quede claro que no la hay. Es que me voy por las ramas… De Bowie y de George Michael no diré nada, pero ¿Michael Jackson? ¿Bono? “Ecs” No quiero ofender a nadie pero preferiría morir virgen y rodeada de gatos a vivir con la idea de que cualquiera de ellos dos es, o ha sido, el hombre de mi vida. Aunque si a pesar del repelús que me provoca la idea, si aun así, porque una no puede realmente luchar contra sus sentimientos, digo yo… Pues eso, que si en lugar de Manolito mi hombre hubiese sido Bono, o si mi Manolito y Bono fuesen la misma persona, para ser más fieles a lo que realmente pasó y a la edad que teníamos, quizás deberíamos también usar el diminutivo de Bono. Pero con mayúscula y obviando lo del Norte para no caer en chistes fáciles, que aquí somos todos inteligentes.

Sólo hablé con él una vez. Me refiero a Manolito. Olvidémonos de Bono, por favor (que gustazo da poder decir eso sin parecer un bicharraco). Y si os digo la verdad, no recuerdo si le vi más veces o sólo fue una. A Manolito. Supongo que nos cruzamos en muchos momentos. Yo solo me acuerdo de ese día en el bar. De hecho, pasó hace tantos años, exactamente en el verano de 1979, yo tenía 7 años, que a veces pienso que podría ser perfectamente un falso recuerdo mío. Esta idea me obsesiona últimamente. Pensar que el hombre de mi vida es producto de mi imaginación es como admitir que esto del amor romántico es un pensamiento tan mágico como la creencia en los Reyes Magos, que al final resultan ser los padres. Pues igual no es tan mala idea, quitándole el componente sexual, evidentemente, que los hombres de nuestras vidas sean nuestros padres, que al final siempre están allí, llamándonos guapas y listas y valientes de manera incondicional.  

Falsa memoria o no, yo he venido aquí a hablar de mi Manolito y eso es lo que voy a hacer.  Recuerdo que ese fue el verano que aprendí a nadar.  Y lo aprendí de golpe después de meses de dar clases en las que no acababa de entender el mecanismo natural que tenía que activar para que mi cuerpo flotase. Tuve un susto de muerte. Voy por partes. Durante el curso escolar había ido a clases de natación después del cole. Nos llevaban en un autocar hasta el Sícoris club, que estaba en la otra punta de la ciudad. El trayecto duraba menos de diez minutos pero era impensable que ninguna persona pudiera hacer ese camino andando en una localidad en la que todo el mundo usa el coche para casi todo y en la que en los meses de invierno no se ve nada debido a la niebla que se hace omnipresente de noviembre a febrero.  Y cuando digo nada es nada. Parecía un suicidio plantearse el ir al curso de piscina andando. Desde luego era mucho más seguro (léase la ironía) ir en un autocar a toda pastilla, con toda esa niebla y con cuarenta niñas medio sentadas y gritando y cantando. A veces pienso que es un milagro que la generación del EGB sigamos vivos o enteros. Es de tesis doctoral la cantidad de accidentes domésticos y las leches que nos dimos en parques y escuelas. Y es realmente curioso que no haya más lisiados: mancos, cojos, quemados. O que todavía podamos caber en una talla europea de pantalones… Y es que entre los fosquitos (regalos y pastelitos) y los donuts, que había que comérselos de dos en dos, se me ocurre que lo nuestro fue una declaración de guerra o de amor al colesterol malo.

La verdad es que la niebla es muy espesa y hace cuarenta años todavía lo era más. La cosa mejoró, un poquito, cuando se canalizó el río después de la riada de 1982. Pasó por la noche. Yo justamente estaba soñando que se quemaba la ciudad… Seguramente fue una casualidad.  Lo raro es que mi padre me confesó años más tarde que esa misma noche él había soñado que se ahogaba gente con aspecto indígena y que pensó que se trataba de algo que había visto por la tv… Da miedo.

La crecida del río fue tan bestia que el agua llegó hasta el casco antiguo e inundó muchas calles e incluso algunas casas. Yo entonces ya sabía nadar.

Volviendo al tema, cuando yo realmente tuve conciencia de que podía flotar y de hecho lo conseguí, yo solita, fue durante esas vacaciones en Benicássim en las que conocí a mi Manolito. Y no es una metáfora, hablo literalmente. Gracias a la sal y a las olas del mar, que  balanceaban mi cuerpo, me fue mucho más sencillo poner en práctica los consejos que me habían inculcado unos meses antes los monitores de la piscina. Y es que aprender, siempre se aprende algo.

No es que yo tuviera miedo de ahogarme, aún no, lo que pasaba es que era patosa. Dice mi padre que cuando era pequeña no le tenía miedo a nada, cosa que ahora, ya de mayor, me gusta y me disgusta a la vez. Me gusta porque va con mi naturaleza actuar de vez en cuando de manera impetuosa y poco meditada. Me disgusta porque he oído decir que tener miedo es un rasgo de inteligencia. Como soy lo bastante inteligente como para no cuestionar esa teoría y no revelar mi lado más vanidoso voy a defenderme confesando que sí que tenía miedos y que los camuflaba detrás de una gran coraza de sentido del humor, orgullo y rebeldía. Mis dos miedos principales eran los misiles rusos y los americanos también. Después venía el miedo a los niños varones. Yo iba a una escuela de niñas. Solo niñas. Y a pesar de mi demostrada e infinita “valentía” me daba mucha vergüenza hablar con niños y mantener la compostura. Quizás por eso lo de Manolito fue tan especial e inesperado.

Antes  del “incidente” no le temía al agua, o al menos no  de manera consciente. Después de ese inolvidable acontecimiento, mis miedos fueron creciendo y creciendo y ahora le tengo miedo al agua, al fuego, al aire, a la soledad, a morir.

El incidente ocurrió una tarde cualquiera de agosto de 1979, en la piscina del camping. Casi me ahogo. Todavía siento esa sensación de que te vas para abajo y de que estás tragando agua. Me gustaba jugar a lanzarme a la piscina y caer justo dentro del flotador. Lo había hecho muchas veces pero en una no acerté el agujero y me fui toda yo para el fondo. Mi hermana mayor se lanzó para ayudarme y yo me agarré de su larga melena, lo que provocó que ella se soltara del daño que le hacía. Fueron unos segundos larguísimos hasta que nos sincronizamos.

Fue traumático. A veces hay que tocar fondo para salir a la superficie y ver el mundo con otros ojos. Yo toqué el fondo de la piscina y luego tuve mi recompensa. Manolito me escogió a mi, a la pequeña del clan, al último mono de la familia. Yo era un pollito vergonzoso al que continuamente confundían con un niño porque llevaba el pelo corto, sin pendientes, y siempre tenía las rodillas peladas. Manolito era dos años mayor. Tenía la edad de mi hermana mediana (no hablo de la de la piscina, esa era la mayor, que ya tenía catorce años, me refiero a la del medio). Y, si no me equivoco, era un año mayor que mi por entonces hermanastra.

Fuimos las tres (hermana del medio, hermanastra y servidora) al bar del camping y nos situamos alrededor de una de esas máquinas del demonio que nos gustaban tanto. Y allí estaba Manolito también, con algún amigo o hermano. O solo. Vete tu a saber. Tenían la radio puesta. No me acuerdo de todas las canciones que sonaron aquella tarde pero podían  ser perfectamente Ana Belén y su pegadiza Agapimu, Miguel Bosé y su Super superman, o Patrick Hernández, con su gran hit Born to be a live.

Manolito era de Madrid. —De Vallecas— dijo. —Y soy del Rayo Vallecano— añadió. También supe luego que tenía nueve años. Sonreía. Tenía una sonrisa cautivadora. De verano. Su manera de sonreír, como su manera de hablar, de peinarse, de vestir, todo era verano. Parecía parte de la decoración de ese bar nuevo y práctico de colores alegres y diseño moderno, con mucho plástico. Él era alto y llevaba un bañador rojo. Imaginad al típico niño español preadolescente pero más alto, más guapo y más listo.

Y no sé por qué de repente me regaló una moneda de un duro para que jugara yo a la máquina. ¡Sí señor!, dinerito fresco… Sé lo que estáis pensando: ¡Como a una fulana!. Pues yo no lo viví así. Fue un momento mágico. En el bar estaba sonando, otra vez, Agapimú, de Ana Belén. Y se paró el tiempo. Se congeló la imagen de los críos pidiendo helados y de sus padres y madres bebiendo cerveza y bitter kas. Me la regaló específicamente a mí. No dijo que era para todas. Me la puso en la mano. En mi mano. Percibía la envidia en los ojos de las otras niñas. Intentaron convencerme para que nos lo gastásemos al momento. No quise. El duro me lo guardé y todavía lo conservo.

Cuando nos vimos con mis padres y hermanos a la hora de cenar deseaba desesperadamente que mi hermana o hermanastra, que habían presenciado la escena (yo lo viví como si se tratase de una declaración de amor eterno) explicaran la anécdota. Lo hicieron rápido y sin concretar y el único que le dio un poquito de importancia y me hizo algunas bromas fue mi hermano. Yo necesitaba hablar del tema. Quería hablar del tema. Viéndolo en retrospectiva debería haberme preocupado ese comportamiento mío. Pero yo era una niña y mis pensamientos me los guardaba para mí. Igual que el duro.

A lo largo de mi vida he pensado mucho en Manolito y en su bañador rojo. Nunca más lo volví a ver.  Mejor. En ese recuerdo mando yo. Un recuerdo bonito, en minúsculas, que se mantiene fresco en un lugar privilegiado de mi memoria selectiva.

Quizás por eso Manolito siempre será el hombre de mi vida. El hombre que nunca me pidió nada a cambio y que ya no podrá decepcionarme. 

Me pregunto, a veces, si se habrá casado o seguirá soltero, como yo, anclado en el pasado e incapaz de superar ese lastre. ¿Será calvo ya o ya tiene canas? ¿De qué trabaja? ¿Cabe en una talla europea de pantalones? ¿Será manco o cojo o ciego? ¿A que dedica el tiempo libre? ¿Le gustará U2? ¿Estará vivo? ¿Todavía usará el dinero para relacionarse con las mujeres?¿Sabrá él que coño significa Agapimú?

En el nom del pare

Fa 75 anys va començar als Estats Units un estudi de caire ‘cientificsociopsicològic’, si es pot dir així, per intentar esbrinar què fa feliços els homes. I dic homes perquè tots els  individus analitzats originàriament compartien el mateix sexe.

(Això és una digressió)  Si. Ja sé que aquesta darrera frase és lamentable, i no ho dic per la discriminació a la dona, que també, sinó pel joc de paraules amb morbo sexual inclòs. Al menys no en faig un titular a l’estil Màrius Carol. Un titular d’aquesta Vanguardia que, en caiguda lliure, s’ha estrellat en el mar convuls d’un avui i d’un país on les dretes han canviat el missal per la senyera. Unes aigües remogudes on els ja no tan fidels lectors del diari de la gent d’ordre, naveguen en direcció túnel mentre el rotatiu  sura desorientat, sense rumb ni estrella ni referent. Però d’això en parlarem un altre dia.

Tornant a l’experiment, en destacaré els principals aspectes:

1. Els escollits van ser recents graduats de Harvard per un costat i joves procedents dels barris més pobres de Chicago  per l’altre.

2. El seguiment ha estat exhaustiu amb entrevistes continuades als participants i  a les famílies i amb analítiques de sang i proves físiques de tota mena.

Conclusions:

  1. La percepció dels records és molt més generosa amb el passat que no pas l’evidència de les anotacions recollides quan aquest encara era present.
  2. El secret de la felicitat rau en la qualitat  de les relacions humanes.

Mireu aquesta xerrada TED sobre la investigació

La meva família és especial. Les meves germanes i el meu germà saben, com jo, què tenim un pare especial, que és intel·ligent i bondadós i apassionant. Una persona que sap com estimar i que es deixa estimar. Una persona feliç que ens ha demostrat en el passat i que ens demostra cada dia que tenint-nos els uns als altres la felicitat és possible malgrat les adversitats que et porti la vida.

Feliç Dia del Pare a tots els pares,  excepte per aquells que encoratgen o forcen els fills a ser micos de fira televisada amb un micròfon a la mà i  un barret  de cuiner al  cap!!!! 

Les paraules fan mal

A vegades el meu fill fa comentaris que són cruels. Però el meu fill, que encara no té set anys, no és cruel de manera arbitrària. La seva crueltat, tot i que no puc dir que no sigui malintencionada, penso que sí que és indiscriminada. Gairebé. Possiblement només és mossega la llengua davant dels referents autoritaris que s’han guanyat el seu respecte o la seva por.

Que no converteixi aquestes opinions, ara salvatges i efímeres, en munició discrecional i capritxosa és sobretot la meva responsabilitat. I la del seu pare, evidentment. Tot i que ho sabem, massa sovint caiem en el parany socialment establert de disculpar més els insults que els cops. Però les paraules fan tant mal, o  més,  que les accions. 

Dit això, em pregunto on van fallar els pares (o responsables legals i morals) de l’opinadora Empar Moliner. No sé pas si en la intimitat té conductes físiques violentes, però després de llegir alguns dels seus articles d’opinió,  m’atreveixo a dir que ha fet de la violència verbal el seu passaport a la fama i modus vivendi.

L’última mostra n’ha estat la burla que ha emès per escrit al diari Ara sobre l’agressió sexual  patida per una dona, Maria Rovira. Una dona valenta que ha denunciat públicament la seva experiència, com a víctima, durant  i  després d’un acte de violència sexual, i ha posat l’accent en la poca sensibilitat, legal i emocional, rebuda per part de l’administració. 

El fet que Maria Rovira sigui de bona família i de la CUP no li perdonen, però dubto  que l’agressió sexual  tingués res a veure amb el seu color polític. No puc dir el mateix de l’agressió verbal,  en aquest cas escrita, que li  ha dedicat la Moliner. Una agressió molt més greu perquè insinua que darrere el relat hi ha una intencionalitat política i qüestiona la magnitud i genuïnitat de la seva vivència.

 I és que ja li dic jo al meu fill: “Les paraules fan mal”. Malauradament, estic convençuda que l’Empar Moliner ja ho sap això.