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La ruta barcelonesa del eterno open miker de stand up (parte 2)

El 8 de mayo del año 2021 publiqué un artículo aquí mismo, en mi blog personal (que no lee ni el Tato) sobre el circuito de open mics de stand up comedy de Barcelona. Un limbo en el que los cómicos corremos el peligro de quedarnos estancados, “probando” eternamente el mismo texto. Sobra decir que fracasé estrepitosamente en mi intento de ser graciosa.

Pues aquí sigo yo, un año después, dispuesta a diseccionar la escena otra vez. Y espero no dejarme muchas cosas porque el circuito ha crecido. Y mucho. Debe ser por esta costumbre que tenemos los catalanes de hacer cosas, pero en un año la oferta de micro abiertos se ha disparado.

Ahora mismo la lista de opens y otros shows similares, o sea, en que por norma general no se paga a los cómicos, es bastante prolija.  La cosa es que muchos monologuistas han visto que arrancar un proyecto de este tipo no es tan difícil, se han buscado un local y han parido su propio show. Evidentemente, yo no he tenido la oportunidad de participar en todos.

LOS PUTOS AMOS

¿Por  dónde empezar? Pues por los putos amos: Los Ajajojejo. La última locura, al menos para mí, que se han sacado de la manga, aunque no computa como un open, es su Drink Drank Drunk, que con este nombre ya os podéis imaginar de qué va la cosa. Ajajojejo está integrado por Raventós, Alexis Deiz y el guapo de nombre impronunciable. Entre los tres organizan y presentan (se van alternando) el open de los miércoles en el Medi. Y son unos cracks.

 (Los martes en el Medi está la “colla” de L’Altre Mic.)

LA EXTRAÑA PAREJA

¿Por dónde seguir? De las cabezas de Gaby Gómez y Chris Groves también han salido proyectos muy locos. Primero fue el Adrenalina, los jueves, en el Absenta del Raval. Adrenalina tuvo un éxito efímero. Lo más destacable, además de que los espectadores podían (¡Y lo hacían!) acribillar a los cómicos a pelotitas, era que los humoristas se apuntaban al inicio del show para subir al escenario, con el único requisito de probar texto nuevo. El cronómetro y el buen rollo fueron un plus. El formato era delirante.

Ahora, los domingos por la noche, está el Gong en The Comedy Club House (Born). Espero que el Gong, que por cierto ha tenido muy buena acogida, tanto entre cómicos como entre el público, tenga una mejor trayectoria. ¡Más larga, vaya!  En este caso se trata de un concurso con cinco participantes y una campana.  Los presentadores son esa extraña pareja formada por un argentino y un inglés (Gabchris) que van directos a la nominación del Nobel de la Paz.

Gsby Gómez también lleva, conjuntamente con un venezolano llamado Rodolfo, un campeonato de stand up en el Club Cronopios. La primera edición tuvo tanto éxito que ya van por la tercera y la gente pide más. ¡Es que los rosteos son muy golosos!

QUEREMOS QUE VUELVA EL CRASH

Pero si me tengo que quedar con el show más cañero y original, este es el Crash Comedy, un bizarro juego de habilidad mental creado y conducido por Albert Crespo y Pipo Marquetti.  En teoría tiene lugar una vez al mes pero llevamos casi medio año sin Crash. Deseamos que vuelva pronto.  Parece que ahora están vendiendo un show con esta marca que seguro que está de puta madre, pero que no tiene nada que ver. ¡Queremos el original!

EL HOMBRE DE LAS DOS SALAS

Otro nombre propio a tener en cuenta es el de Pep Alejandro, un buenazo con cara de malote, que organiza dos espectáculos, en teoría ambos en formato open. Y en la práctica, también.

Suerte o morro. O don de gentes. O todo junto. La verdad es que este cómico afincado en Santa Coloma tiene un gusto exquisito a la hora de elegir locales. Los lunes está en el New Fizz, de la calle Balmes, con Lo Puto Mic, que alterna con The puto mic (versión inglesa conducida por Chris Groves). La sala es magnífica, aunque el público es irregular.

Dónde los espectadores no fallan nunca es en su otro gran show, en otro local de lujo: El Tinta Roja. Se trata de un teatro cabaret ubicado en el Poble Sec. Aunque es un open donde se puede ir a probar texto la calidad de los humoristas y de su espectáculo es muy elevada.

ANIMALISMO COOL

Adri Romeo y Arnau García Hidalgo siguen siendo la cara visible de Feismo Cool, un open que, aunque frecuentado por cómicos del “Cruïlla”, siempre tiene un hueco para que todos los open mikers de la ciudad puedan estrellarse sin complejos. No pinchar en el Feismo está casi mal visto. Como curiosidad, la última vez que estuve en la Rubia teatro un lunes por la noche entre los espectadores había un perro. Son así de animales.

ADIOS AL TWITCH DE BCC

Los chicos del Barcelona Comedy Club han simplificado su sistema para inscribirse en sus opens, cosa que agradecemos enormemente. Los domingos la cita es en el Craft, de la mano del hombre orquesta, Néstor Flórez.  Después de pasar varios meses en la sala Ón con Ángel del Moral a la cabeza (cabeza al gusto de Sonia Moya, por cierto) y de seguir con interés su apuesta por retransmitir el show en directo vía Twitch, el open de los jueves acaba de trasladarse al bar Arena en el Born. Y después de unos meses de descanso sabático, el elegido para inaugurar esta nueva etapa en el bar Arena ha sido el cómico con más cara de cómico que conozco, José Bailón, que se ha estrenado, y no creo que sea casualidad, en un local cerca de casa. De la suya. No de la mía.

DE VUELTA A GRÀCIA

En algún momento de este año Cómicos de Barcelona ha pasado a llamarse Cómicas de Barcelona. También ha cambiado los sábados por los viernes. Después de peregrinar por diferentes locales del Raval, parece que finalmente este open, que es uno de los mejor posicionados en Google, se ha asentado otra vez en Gràcia, en concreto en la Sonora de Gràcia. Me encanta Freddy Salas y me encanta Siony Santander. Siempre nos recompensan con fotitos muy chulas en las que parecemos más guapos y más listos de lo que somos. Además, son de mi quinta, aunque parecen unos jovenzuelos.

Desde hace unos meses han lanzado la versión solo mujeres: Noche de Cómicas, que presenta un sábado al mes la simpatiquísima Marta Gusart.

MONÓLOGOS Y CROQUETAS

El cómico Santi Pérez está valorando si regresar en septiembre con su open Crock & Comedy, que este pasado invierno ha organizado una vez al mes en el restaurante especializado en croquetas, y ubicado cerca de la parada de metro de Joanic, del cual es dueño. Esperemos que después del verano nos de una alegría y se vista con la americana más friki que tenga para presentar de nuevo este inusual micro abierto en el que te permiten probar textos más largos de diez minutos.

BOCANADAS DE AIRE FRESCO

El Macabra Bar, en la calle Ferlandina, acoge y da nombre al Macabra Comedy, open que organizan Jelly y Laura Fincias dos domingos al mes. Yo todavía no he podido asistir, pero Laura me ha asegurado qume no es un open de humor negro. No sé si mi mente se ha enterado porque con este título es posible que se vuelva a confundir.

También en el Macabra Bar, y recién salido del horno, está el Freskito. (Lo siento, pero tenía que hacer el juego de palabras). En este caso, el open se organiza dos jueves al mes a las 20:30h. Lo llevan Borja Calvo, María Lyona, Pau Sánchez y Ramiro Ibarzo. Todos podrían ser mis hijos. Lo digo por la edad, no porque tengan pinta ni de malcriados ni de adoptados. Aunque me mola la idea de ir a probar texto, me da miedito pensar que no hay un desfibrilador cerca y que nadie del público sepa aún que los reyes son los padres.

EN CATALÀ, SI US PLAU

La media de edad del público que va al open Bon cop de Ha-Has tampoco es para tirar cohetes. ¿O si? Este open está organizado por Ricard Carví, y tiene la particularidad de que se celebra en un casal de la CUP cerca de la Sagrada Família (La Cruïlla). Obviamente, en catalán. Se organiza los miércoles de forma quincenal. Yo ya he ido a probar texto y seguro que repetiré cuando Cataluña sea una República independiente.  Si me dejan, claro. Y si me dejan antes, pues mejor que mejor

PRUEBA PILOTO EN EL TARANTOS

Los chicos que llevan los espectáculos de monólogos los jueves en el teatro Tarantos han hecho hace poco una prueba piloto de open mic. Quieren repetir a partir de septiembre de forma mensual o bimensual. ¡Bieeeen!

ORGULLOSES Y EMPODERADES

Hace unos meses actué por primera vez en el Open de las Riot (Petit) en el teatro Golem’s (antes Almería) y posiblemente fue el mejor público ante el que me he encontrado en el año y medio que llevo haciendo stand up. Me han contado que las Riot grandes vienen a Barcelona en breve y que va a ser la ostia.

También tengo pendiente ir al Calladitas estáis más guapas, que, aunque no es propiamente un open, sé que siempre tienen cómicas invitadas. De hecho,  Sil de Castro en persona me dijo un día de ir a su espectáculo del teatro Aquitania. Espero que se acuerde y no flipe si lee esto. Y también espero que no se refiriera a que fuera al Calladitas  de público. No por nada, pero ¡Tierra trágame!

Ahora ya tengo clarísimo que el L.O.C.A Comedy es un open LGTBY que se lleva a cabo el tercer viernes de cada mes en el Golem’s (Almería) y que los organizadores son Mai Boncompte y Andrea Farina. También sé que, a pesar de ser un open, les pagan alguna cosilla a los cómicos invitados. Y sobre todo, sé que el video promocional de este año es una pasada.

En abril se inauguró el primer open LGTBY feminista de Barcelona. Se trata del Manolita la Primera y está previsto organizarlo una vez al mes en el mítico bar Federica del Poble Sec. Vidda Priego es la creadora y anfitriona.

DE L’HOSPITALET A SABADELL PASANDO POR CERDANYOLA Y DIRECCIÓN VILANOVA

La primera vez que actué en el Mononas flipé con la cantidad de comida y bebida que me dieron. La segunda, aluciné con las risas y los aplausos del público (¡Qué grande!). Y la tercera, me tronché con las historias que me contaba Sonia Moya.

El Mononas es un open mic que organizan y presentan las cómicas Sonia Moya y Melindruu dos domingos al mes en el local del mismo nombre situado en la calle de l’Esglèsia de l’Hospitalet de Llobregat.  

El open mic del Bar Tarifa lo organiza Laura Fincias, la misma del Macabra, junto a dos amigos. El local está también en l’Hospitalet y es de periodicidad quincenal. Es decir, se lleva a cabo dos viernes al mes.

En Sabadell, en el bar Coktelly, los cómicos profesionales David Sas y Miguel Ángel Marín organizan y presentan un nuevo open mic que se llama Melancólicos. Atentos a este show porqué además de cómicos son programadores y ojeadores. Podéis ir los miércoles cada dos semanas. En junio, julio y agosto harán un parón para poder atender sus compromisos profesionales.

En Cerdanyola del Vallès el cómico Gabriel Bencompte (nada que ver con la Maialen de los Boncompte de toda la vida) ya lleva cinco ediciones del open mic Comèdia de Barri. En el Santabarra. Se hace una vez al mes. Siempre en jueves.

Gemma Ortís ha escogido el conocido y céntrico Bar Italia de Vilanova i la Geltrú para llevar la comedia de los open mics hasta el Garraf. La cita es quincenal. Los viernes. El open se llama RLoLSud y pueden pasar cosas muy guays. Nunca se sabe quién estará entre el público…

Y aquí me paro. Seguramente encontraréis alguna ausencia significativa y pido disculpas por adelantado por ello y por todas las cagadas y bromas malas. Sobre los opens de humor negro y en idiomas extranjeros, ¿qué os parece si lo dejamos para cuando Chris Rock le haga un calvo de verdad a Will Smith?

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La llamada de mi vida

Llevo años, muchos años, mentalizándome de que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. A mí, a mis padres, a mi hijo, a su padre, a mis hermanos, a mis sobrinos, a mis amistades o, incluso, a mis lectores. Me imagino con el teléfono pegado a la oreja mientras escucho una voz profesional y correcta que me informa de algún triste suceso. Ese día yo ya estaré preparada para ir al hospital, o a la escuela, o a la comisaría, a recoger los restos.

Por defecto, cuando suena el teléfono yo me temo lo peor. Me sucede lo mismo cuando en Twitter veo que algún personaje famoso es trending topic. Automáticamente, mi cerebro interpreta (casi siempre se equivoca, por cierto) que el sujeto en cuestión, con independencia de su edad, profesión y nacionalidad, es noticia porque ha fallecido. Soy tan mala persona que alguna vez, al comprobar que el susodicho sigue vivo y coleando (es decir, dando la chapa) me llevo una buena decepción. No diré nombres. ¡Mario Vargas Llosa! Ups…

En mi vida, como en la vida de todo el mundo, supongo, el teléfono es un instrumento del demonio. No solamente condiciona la manera en que me relaciono con el prójimo, con conversaciones y también con silencios, los cuales curiosamente me dicen más de lo que deseo escuchar, sino que también condiciona mi manera de relacionarme con mis futuros recuerdos. Recuerdos felices de los grandes momentos de gloria y también recuerdos tristes de los otros momentos, probablemente aún más grandes, si cabe, esos que generan una desdicha profunda.

Me pregunto si se ha entendido algo de lo que quiero decir. A ver, simplificando, que es gerundio, para que a nadie le salga humo de la cabeza, me refiero a que algunas llamadas de teléfono nos cambian la vida. Un accidente, el resultado de una prueba médica, un premio, una oferta laboral, una llamada perdida, una muerte, una vida, una amenaza, una vieja amistad, una disculpa, una promesa, una llamada que no llega, una decepción, una despedida, una declaración de amor, una broma, etc.

Dicho esto, después de darle no demasiadas vueltas (si soy sincera) paradójicamente, si tengo que elegir una llamada que me ha impactado, no será ninguna de este tipo. Es decir, no elegiré una llamada por su contenido, si no que lo haré, cuando llegue el momento del balance final, por el sujeto que llamó. Así que me quedo con la vez que hablé Gregory Peck. Bueno, exactamente no me llamó a mí, llamó a su hija Cecilia, que trabajaba en la productora en la que yo hacía prácticas cuando estaba en Nueva York, en el año 2000. Ya me habían advertido de que podía ocurrir, pero aún así sentí una gran emoción, poco propia de mi, por cierto, pues la mitomanía nunca ha sido una de mis debilidades.

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El famoso de mi vida

Yo soy de letras. Y en el instituto estudié griego clásico durante un curso. Saqué un cinco (por el culo te la …). Es broma, con lo empollona que era (¿las referencias sexuales me persiguen solo a mi o a vosotros también os pasa?) seguro que saqué un ocho (el culo te abrocho). Bueno, el profesor, el señor Bach, supo enseñarnos a sacar partido de lo que aprendíamos (como habéis visto, en mi caso, fracasó) para entender el significado de muchas palabras con las que nos cruzaríamos en la vida formadas por sufijos y prefijos de etimología griega. Me acuerdo de melómano y de flebitis.


Un día nos habló del término “polirrizo”, que está en desuso (es un adjetivo que viene a significar “de múltiples raíces”) y aunque tiene su origen en la botánica también se emplea para clasificar, o más bien dicho desclasificar, ciertos tipos de verbos que en sus distintas conjugaciones temporales varían de raíz. Bien, pues el señor Bach, que era sabio y muy amable nos instó a encontrar polirizzos. ” ¡Ponga un polirizzo en su vida!” escribió en la pizarra, animándonos a encontrar palabras jerárquicamente (y yo añado, letárgicamente) situadas por encima del resto. Hoy les he pedido a amig@s y conocid@s que buscaran en su vida un famoso, léase persona situada jerárquicamente (y yo añado, letárgicamente) por encima del resto. La respuesta ha sido una pasada. Vais a flipar.


De todas las anécdotas, la que más me ha impresionado ha sido la de una camarada de apariencia francesa y ascendencia rumana que, cuando tenía cinco años, fue la elegida de su escuela para entregar un ramo de flores al mismísimo Nicolae Ceausesco en una visita oficial a una fábrica. Sí, el mismísimo ilustre señor, también conocido, según la Wikipedia, como:

  1. Eminente revolucionario y enardecido patriota.
  2. Genio de los Cárpatos.
  3. Roble de Scornicesti.
  4. Campeón de la Paz.
  5. Hijo más querido del Pueblo.
  6. Gran abanderado.
  7. Brillante conductor del partido y el Héroe país.
  8. Personalidad excepcional del mundo contemporáneo.
  9. Héroe del Trabajo Socialista.
  10. Gran Héroe de la Paz, el entendimiento y la colaboración entre todas las naciones del mundo.

A los padres casi les dio un infarto cuando la niña regresó a casa diciendo que Ceausesco era un viejo chocho que no tenía nada que ver con el hombre de la foto que tenían en clase. Bueno, entiendo que no lo diría así exactamente. Supongo que lo dijo en rumano.


Tampoco está nada mal el repaso que le dan a Ladislao Kubala, un vividor y juerguista que se alojaba en hoteles por la patilla, precisamente el mismo sitio por el que se pasaba las normas de urbanidad y decoro que se exigían en el club de tenis en el que el exfutbolista del Barça practicaba, con gran maestría y sin camiseta, tan noble deporte. Resulta que el encargado de dicho club era el padre de mi colega y relator de los hechos. Y resulta también que cuando a este buen hombre se le hincharon los cojones de aguantar las faltas de respeto de Kubala por el resto de la humanidad que tenía que sufrir su presencia, pelo en pecho y en gallumbos, le invitó abandonar la pista. Nunca regresó. Y comieron perdices.


Una chavala me ha dicho que se lio con Bruce Willis. La cosa es que luego lo ha desmentido y ha concretado que liarse lo que se dice liarse, no se liaron. La susodicha ha puntualizado que lo tuvo muy cerquita, al protagonista de la Jungla de cristal, en el Planet Hollywood de NYC, exactamente a un metro y medio (la distancia de seguridad). Fue en 1994. Y realmente le gusta el tío porque cuando alguien ha puesto en duda el atractivo del actor debido a su frente despejada, no veas cómo ha salido en su defensa para reivindicar la condición de calvo guapo del ex de Demi Moore.


A propósito de guapos, también me han hablado de Eduardo Noriega y de los intentos fallidos de una dama por establecer contacto visual con el actor cántabro en la zona VIP de la Fórmula Uno. La misma dama estuvo al borde de la orden de alejamiento de Joaquín Cortes, al que, después de recriminarle su extremada delgadez y animarle a alimentarse mejor, persiguió montada en una moto mientras él huía despavorido en su coche.


Visto el historial, al final resultará que esta dama, casada con un ciudadano japonés, ha logrado progresar en su relación con éste precisamente gracias a las dificultades iniciales de ambos para comunicarse entre sí. Ahí lo dejo.


Otro pavo real, guapo donde los haya se quedó solamente como pavo (sin el “real”) cuando dos señoritas sin vergüenza alguna le preguntaron el nombre y se conformaron con “Alberto” (sin el “San Juan” detrás) al no reconocerlo del todo. Les sonaba su cara, pero no le acabaron de ubicar. No hubo ni sexo ni autógrafos.


Ahora vamos a ir por bloques: jugadores del Barça y esposas, otras modelos, políticos, músicos y Casa Real.


Disparo:
El Messi de los primeros años sonreía de buena gana cuando los aficionados le pedían que se hiciese una foto con ellos. Ahora son los que tienen esa foto los que no pueden disimular su sonrisa cuando la van mostrando a sus amigos. Y, sobre todo, a sus enemigos.


Piqué y Shakira son un encanto (y ella mucho más guapa al natural). Figo, un chulo de mucho cuidado y su esposa, la modelo Helen Lindes, una belleza natural de las que van con la cara lavada y el culo “apretao”. Puyol luce cochazo al lado de su esposa, modelo también, Vanesa Lorenzo, que cuando vivía en Sant Adrià se ve que ya era un poco estirada la niña. Es fascinante el binomio futbolista y modelo. Y si le añades un coche de nuevo rico, la ecuación ya resulta espeluznante. Wellcome to the brain– free zone!


Seguimos con las modelos, se ve que Judith Mascó es una prepotente de armas tomar y que Martina Klein invitó a sus vecinas de la calle Puigmartí a merendar para que le dieran permiso para hacer unas obras en casa.


Músicos: Tenemos desde el afortunado que ha viajado en el mismo avión que los Strokes el día despues de asistir a su concierto, a la agente de viajes a la que Paco Ibáñez le cantó por teléfono, enterita, “Cartas para Julia”, agradecido por su trato. La emoción le desbordó a la chica a pesar de la frialdad de sus compañeros. ¿Envidia?


Cenar con Paco de Lucía, que te pare Pablo Milanés cuando haces autoestop, tomar algo con Manu Chao. Todo esto ha pasado. De verdad. Aunque no a mí.


La Casa Real son palabras mayores. Imaginaros que estáis en la escuela, aparece en el comedor la infanta Elena (la menos lista y la menos guapa) y se le cae la bandeja allí mismo, delante de todos los alumnos. Pues eso, la chica sigue siendo todo eso y más.


Un amigo me contó que coincidió en un backstage con el príncipe Felipe, antes de ser rey, y que como para él y su colega era una novedad lo de la bebida gratis, los dos cogieron una buena cogorza. Tan buena, que mi amigo se animó a darle una colleja al de la sangre azul, en plan compadre, pero no había ni levantado la mano que se le tiraron encima dos guardaespaldas y le quedó claro que no todos somos iguales, a pesar de lo que diga la Constitución. Mi parte preferida de esta anécdota es cuando mi amigo le dijo al suyo que acababa de ver al príncipe. Y el otro, pensándose que se refería a otro amigo común que tenía el sobrenombre de príncipe, le preguntó: ¿Y cómo ha entrado?

Alexia de Grecia era una asidua del Boulevard Rosa. También allí habían comprado cositas, cuando el centro comercial todavía existía, Julia Otero, Emilio Sánchez Vicario, Chenoa, Elsa Anka, Núria Roca, Gisella y Antonio Resines.

Eduardo Mendoza destaca como el único escritor mencionado. Olé para la afortunada.

Los políticos locales Pujol, Mas y Maragall, son los que la gente tiene más presentes. Todo el mundo los ja visto alguna vez en algún lugar de Barcelona. O de Andorra, vete tu a saber. A nivel internacional, un amigo (el del príncipe) coincidió con Berlusconi en una feria en Milán y para hacer la broma se le cuadró como si fuera un militar. Y Berlusconi estaba encantado. Y mi amigo tiene un problema.

Finalmente, pasaremos revista a los actores y músicos y famosetes catalanes que la gente me ha mencionado. No sin antes aplaudir a Aureli del Pozo por sus cinco segundos comiéndose la pantalla en la última película de Santiago Segura. Ánimos, todavía te quedan catorce minutos y cincuenta y cinco segundos.

Pues bien: Pau Riba, Rubianes, Luís Mauri, los actores de Polonia, el Roger de Gràcia, el Berto Romero, la Isabel Coixet, etc, etc.


Mi padre estuvo comiendo con los actores Arturo Fernández y Analía Gadé. Fue una comida de campaña con motivo del rodaje de la película “La fiel infantería”, que se filmó cuando mi progenitor hacía la mili.

Y ya solo quedan mis famosos. Hay muchos más, pero me centraré en los dos más conocidos universalmente.
Por un lado, tuve el honor de hablar por teléfono con Gregory Peck. Fue en el año 2000 en Nueva York.

Dos años antes, también en NYC, yo ya había coincidido con otra persona muy poderosa y famosa. Bueno, en ese momento todavía no lo era. Pero unos añitos después, su fama explotó en todo el mundo (literalmente). Estoy hablando de Osama Bin Laden, con el que coincidimos en un taller de papiroflexia.
Todavía guardo el avioncito de papel que me regaló.

Aunque igual esto último lo he soñado.

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El funeral de mi vida

Voy a empezar este relato con una duda. Cuando me refiero al funeral de mi vida, ¿puedo incluir mi propio funeral o ese sería el funeral de mi muerte? Si hay un lingüista en la sala que tenga clara la respuesta, por favor, que nos ilumine con sus conocimientos semánticos y ponga remedio a este interrogante y duda existencial, nunca mejor dichos.

Y dicho esto (vaya con tanto dicho) voy a empezar por describir cómo quiero que sea mi funeral. Y que quede claro que esto es una primicia en toda regla. Y que quede claro también que, si antes de mi muerte no dejo otras instrucciones al respecto, este documento debería tener la suficiente validez legítima (legal no lo sé ni me importa) para que mi voluntad sea respetada. Y así lo dejo escrito. Es muy sencillo. Lo que yo quiero, cuando me vayáis a despedir, es que en la sala donde tenga lugar el ritual, ya sea el propio tanatorio o un “chiqui park”, se organice una proyección de la película La vida de Brian de los Monty Python y que la gente se vaya de la sala tarareando “siempre mira el lado bueno de la vida” (always look on the bright side of life).

A ver si yo tengo más suerte que mi abuela, que se pasó media vida diciendo que en su funeral no quería recordatorios, que la gente se los dejaba en el banco de la iglesia sin ningún tipo de miramiento. Pues uno por el otro, la casa sin barrer, y recordatorios que te pillo. Increible.

Ya sé que es hablar de muerte y la gente se empieza a poner nerviosa. Nada, que la muerte no nos gusta, no nos gusta nada de nada. Y que igual tendríamos que empezar a meditar sobre el tema y a darnos cuenta de que todos nos vamos a morir. De hecho, pienso que es más fácil aceptar la muerte propia que la muerte de los seres queridos y si no me creéis, os invito a que hagáis el ejercicio de imaginaros ante ambas situaciones.

Como dijo un conocido filósofo (o fui yo…): morirse es una putada. Aun así, a no ser que seas creyente y te hayas portado mal, sabes que una vez muerto ya no sufrirás. Sin embargo, si ahora te planteas como te sentirás ante la muerte de una persona que quieres, también sabes, o intuyes, que sufrirás, no solo por ella y porqué ya no pueda disfrutar de la vida sino por ti mismo y porqué ya no podrás disfrutar de tu propia vida junto a ella. Y ese pensamiento, sentimiento o vacío, dilo como quieras, puede acompañarte hasta el día de tu muerte.

Por ello, en el fondo, pienso que los funerales no son simples convenciones sociales. Son importantes. Opino que para afrontar una pérdida de una manera sana es necesario algún tipo de ritual que sirva de punto de inflexión para aceptar, primero. Con el paso del tiempo, poco a poco, si aceptamos la muerte, seremos capaces de transformar los recuerdos dolorosos sobre esa persona en parte de nuestro propio yo.

Yo he llegado a tan sabia conclusión con el paso de los años y de los golpes que me han traído la vida y la muerte. Solo hace falta mirar atrás y observar la relevancia con la que en todas las civilizaciones los rituales funerarios han estado presentes. O comprender la desesperación de los familiares de personas desaparecidas, que no pueden dar el paso, o hacer el clic, aunque esté más que claro que sus seres queridos y no encontrados ya hayan fallecido.

El hombre (y la mujer) del siglo XXI, en general, se cree más poderoso que nunca a pesar de su pobreza moral, que nunca fue tan pobre. ¿Cómo si no, se puede explicar esa negación de la muerte? Es de traca que seamos tan necios de banalizar las costumbres que la visibilizan y que, y está pasando, dejemos de ir a los funerales de amigos, conocidos o incluso familiares por pereza o por falta de tiempo.

En los últimos años he ido a tres funerales de familiares de tres compañeros de trabajo. Lo que más me sorprendió en dos de ellos fue la presencia cero de otros compañeros y jefes. Gente a la que ves cada día… Es lo que tiene la falta de humanidad y de humanismo. Y la verdad, ambos funerales fueron un espectáculo en sí.

Uno era el funeral de una mujer de 50 años que había estado enferma durante más de diez. Había mucha gente. Todos llorando, excepto el viudo y las hijas. Oficiaban la ceremonia tres curas y uno de ellos lloraba también. Sin poder contenerse. Eso no lo había visto nunca.

El otro funeral era de una señora mayor y los nietos le dedicaron canciones a ella y al abuelo que estaba en el primer banco de la iglesia, tal cual Ernest Hemingway, con la barba blanca y mucha planta. Los chicos hicieron promesas en voz alta sobre temas varios. Y también peticiones. Y hubo uno que incluso se atrevió a cagarse en la Iglesia y exigió que asumieran responsabilidades por errores y daños cometidos. Fue épico.

Una vez asistí a un funeral laico que también fue precioso. Hay que ver la gente como se lo curra. Parlamentos originales, canciones, power points, etc. Y eso que en teoría no tienes mucho tiempo de margen. A no ser que te lo vayas preparando con el muerto en vida. Hablando de eso, y no puedo decir nombres, yo viví y participé de un paripé para un futuro (futuro de entonces, ahora ya es pasado) muerto ilustre. La cosa es que, como venía fin de semana, mientras el pobre hombre agonizaba, un viernes por la mañana ya se lo estábamos organizando todo todito. Y así, cuando el hombre ya estuvo frito, eso pasó dos días después, en domingo, fue solo cuestión de apretar un botón.

En el funeral del padre de una amiga, oficiado por un cura muy cercano a la familia, en el momento de explicar las virtudes del recién traspasado, el prelado insistió demasiado en el hecho de que “a pesar del mal carácter” había sido buena persona. Lo dijo tantas veces lo del mal carácter (era su opinión) que yo creo que a nadie allí presente se le olvidará esa peculiaridad tan subjetiva del difunto y este será injustamente recordado entre los no muy allegados por un rasgo que no es relevante ni significativo ni tan siquiera fiel a la realidad. Sin duda, ese fue un sermón con un desafortunado enfoque.

¿Qué más? Pues en el tanatorio del padre de mi cuñado, hace unos añitos, llegó una señora del OCASO y justo me preguntó a mi si podía hablar con alguien de la familia. Yo que me acerco a él (cuñado) y le digo: —Salvador— indicándole con la mano a la señora. Justo entonces iba añadir que la susodicha venía del seguro de la funeraria, pero Salvador fue más rápido que yo y cuando me di cuenta ya le veo dándole dos besos a la mujer, pensándose que era amiga o conocida o una prima lejana. Si es que en este país los besos los tiramos, no los damos…

Después están los funerales a los que no vamos porqué nadie nos ha avisado. De este tema saben mucho nuestros padres y da mucho de sí. Como se trata de unas batallas que no me van y el asunto no me enfurece particularmente, voy a preguntarle al Carcamal si nos quiere deleitar con una opinión ocurrente al respecto en uno de sus magníficos escritos.

Y no puedo terminar sin mencionar el funeral que nunca llegó a celebrarse. Yo ya sé de lo que hablo, pero no lo voy a explicar aquí. A veces los recuerdos son demasiado dolorosos para ponerles palabras.

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El regalo de mi vida

Señores pasajeros, abróchense los cinturones de seguridad porqué vienen turbulencias. ¡Vamos a hablar del regalo de mi vida! Eso significa que estamos entrando en aguas pantanosas y será una misión casi imposible salir indemne de este “fregao” en el que yo solita, sin la ayuda de nadie, y por voluntad propia, me he metido. Los que me conocen de cerca ya saben porque digo esto. Y es que hacerme un regalo a mi da miedo. Si no fuera porque casi cada año le toca a mi cuñado el papelito del amigo invisible con mi nombre, no me extrañaría que mi familia tuviera un tinglado montado, como una especie de rifa o votación alternativa para decidir a quién le cae el muerto de los regalos del año. El muerto soy yo. Pero como he dicho, normalmente el agraciado es mi cuñado Josep, que se lo curra un montón, el pobre. Y siempre pienso que no soy lo bastante efusiva. Gracias Josep por las pulseras, collares, bolsos, colonias, pamela, bufandas, secador de pelo, libros y muchas otras cosas más que me has regalado durante años. De todo corazón. Y no es ironía.

La ironía comienza ahora.

Lo de este año tiene traca. Me refiero al regalo de Reyes. Casi supera el juego de toallas que me regalaron en 1998, precioso, pero me llevé un disgusto que ni te cuento. No me preguntéis porqué, ni yo entendí muy bien mi reacción. De hecho, fui yo la que le dije a mi padre por teléfono desde Londres, donde había vivido dos años, cuando estaba a punto de volver: — ¡Papá, te aviso de que voy a tirar las toallas! ¿Me oyes bien? ¡Voy a tirar las toallas! —dije gritando como una loca (en mi defensa quiero que conste el hecho de que estaba muy nerviosa por la vuelta en sí en general y en particular me agobiaba excederme demasiado en los kilos de equipaje permitidos por la compañía aérea). Yo creo que mi padre se lo tomó como una pista. O peor, como una amenaza. Mi disgusto cuando vi las toallas fue tal que me puse a llorar desconsoladamente. Y pasaron días que aún le daba vueltas al tema. Traumatizados, así dejé a mi padre y a su esposa. Creo que a partir de entonces se limitaron a regalar un sobrecito con dinero.

También antológico, pero de otra índole, fue el caso de la pulserita, que perdí el mismo día que me la regalaron. Eso fue en los años ochenta, cuando yo era una adolescente despistada.

Pero como he dicho antes este último año ha sido increíble el tema del regalo de Reyes, insuperable, épico. Para mear y no echar gota. El regalo lo escogí yo misma. No solo lo escogí, sino que lo compré yo misma con mi hermana mayor (pagó ella) y yo vi como lo ponían en una caja y luego en una bolsa y luego nos lo llevamos. Era un teléfono vintage de los años 70, de plástico. De color azul. Monísimo.

Pues jamás en la vida me he llevado una sorpresa tan grande como estas Navidades pasadas cuando desenvolví mi regalo. “¿Cómo puede ser? ¿Cómo se explica eso? Os preguntaréis… Pues lo mismo me pregunté yo cuando abrí el paquete y vi lo que había dentro. Era un teléfono vintage pero de madera y de los años 30. Estaba flipando y la verdad, un poco mucho indignada. Miré a mi hermana mayor con cara de “¿qué-coño-es-esto”? Yo quería mi teléfono y no ese, que era muy bonito, no lo negaré, pero no era el mío. Y mi hermana me hizo señales indescifrables, excepto la de que me callara, ésa la entendí perfectamente.

Pero la cosa no acabó aquí. Le toca el turno de abrir el regalo a mi hermano. Rompe el papel y: ¡sorpresa! allí está mi teléfono. MI TE-LÉ-FO-NO. Vuelvo a mirar a mi hermana y dale otra vez con esas señas incomprensibles. Excepto la de “O te callas o te mato”, ésta la entendí perfectamente.

Otra persona se habría relajado y esperado, para intentar aclarar las cosas, a que todos los humanos allí presentes (muchos) hubieran acabado de abrir sus respectivos obsequios. Lo intenté. Juro que lo intenté. ¡Y lo conseguí (callar y no montar un espectáculo)! Lo conseguí durante cinco segundos enteritos.

Pero en el momento en que oí que alguien le decía a mi hermano: —¡Qué chulo! — refiriéndose a su regalo, o sea, a mi teléfono, no pude seguir con esa farsa. Y exploté: —¡Es mío! — dije un poco (muy mucho) exaltada. —¡No, que es mío, coño! — contestó mi hermano (que flipaba con el regalo, pero supongo que al ver mi exacerbado interés defendió lo que era suyo, por instinto y para joder también, seguro) —Mira, no sé qué ha pasado, pero este teléfono lo elegí yo para mí. Si quieres quédate con el otro, que también es muy chulo —insistí yo bastante nerviosa y con las lágrimas amenazando de hacer acto de presencia.

La cara de mi hermano, y la de las personas que estaban lo suficientemente cerca de los dos como para escuchar lo que decíamos, era un poema. Bueno, más bien la mía era un poema. La suya era dos ojos como platos y la boca más abierta que el culo de Wenceslao. (siempre he sido muy fina yo, desde pequeña).

A partir de aquí los recuerdos son borrosos. No sé cómo transcurrió la “cosa” ni como me enteré de lo que había pasado. Pero me enteré. La “cosa” tiene tela. Resulta que yo le había dicho a mi hermana Julia el regalo que yo quería: un teléfono vintage. Y también se lo dije a mi hermana Mari Carmen, que además coincidió que lo comentamos un día que había venido a Barcelona y como en Lleida igual era más difícil de encontrar decidimos que cerrábamos el tema ya y lo compramos con la idea de que ella avisaría a la familia para ponerse de acuerdo con mi amigo invisible. Se le pasó. Lo de avisar a la familia….

Y a la hora de colocar los regalos le supo mal por mi otra hermana y guardó el bueno. ¿Pero como llegó hasta mi hermano? Pues resulta que su regalo era un sobrecito con dinero y mi hermana y mi cuñado se alarmaron porque no lo vieron. Y entonces recurrieron al regalo que habían apartado. Mi teléfono. Digno todo de un episodio de Benny Hill.

A partir de aquí, cualquier cosa que escriba parecerá poca cosa. (Mucha “cosa” escribo yo…).

A pesar de ello, no puedo dejar de mencionar ciertos regalos que también me han marcado la vida, especialmente uno, el regalo de mi vida. ¿Qué será, será? El padre de mi hijo es de las personas que más ha acertado siempre. Me conoce bien. O me conocía. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de escoger mis regalos. A él le debo los perfumes que llevo y que hacen que la gente me diga: ¡Qué bien hueles! Él me compró un ebook, al que le he sacado mucho rendimiento. Y, sobre todo, el mejor regalo del mundo, nuestro hijo Simó, un gran regalo (envenenado).

Mis amigos me regalaron un álbum de fotos (vacío) y un diario (en blanco) en una fiesta sorpresa que me hicieron antes de irme a vivir a Londres. En enero de 1996. Veinticinco años después ambos están llenos de recuerdos y sobreviven mudanza tras mudanza. Mis hermanos y primos me regalaron un reloj muy bonito en una cena de despedida que organizamos también antes de partir para la Gran Bretaña. Pero yo soy gafe con los relojes y siempre los estropeo. No los rompo, no. Los estropeo. Se paran, se atrasan, se adelantan. Siempre he mantenido una relación muy peculiar con el tiempo. Esto de los relojes debe ser una alegoría del tema.

Mi abuela me regaló su alianza de boda, que también desapareció. Yo es que estoy poco apegada a las cosas materiales. Menos mal….

Mi regalo preferido de la infancia, ya lo he contado muchas veces, fue el puño de Mazinger Zeta. Era un mecanismo muy sencillo (un puño enorme de plástico que llevaba una goma gruesa por dentro de manera que estirabas de la goma, como en un tirachinas y el puño salía disparado) pero que funcionaba.

Libros. Otro gran regalo (aunque a veces los leo y a veces no) que siempre es muy bien recibido. Y discos. Últimamente me han caído algunos de estos. Muchas gracias.

Sin embargo, el regalo de mi vida no es ninguno de los que he mencionado. Seguro. El mejor regalo tiene que ser, sin duda, un regalo que haya hecho yo. Soy generosa por naturaleza y he regalado de todo, incluso mi voto. Y lo volvería a hacer. Y lo volveré a hacer. No específicamente lo del voto, que no lo sé, en general, me refiero.

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La película de mi vida

Se abre el telón, aparece un pelirrojo enseñando el trasero. ¿Título de la película? El cañón del colorado. Toda la vida pensé que esta película existía de verdad, que era un western de esos con música de Henry Mancini y un elenco de “buenos, feos y malos” actores, barbudos y arrugados por el sol, que parecen haber envejecido de repente. Pues resulta que no, que no existe tal flim. Sí, he dicho flim (se lo he tenido que descorregir al corrector tres veces). Y lo he dicho expresamente, para reforzar la idea que quiero transmitir. “Ser o no ser”, como diría Ernst Lubitz ¡Qué más da! Independientemente de si existe o no, de si la he visto o no, podría haberme marcado la vida de alguna manera u otra. El cine es ficción ¿O no?

Siempre me ha gustado mucho ir al cine. Y no me refiero únicamente a la acción de verlo. Me da igual que sean obras de arte (del séptimo) o simples “blockbusters” (que sería el equivalente en su género a los bestsellers literarios), me gusta ir a las salas de cine. Suelen tener la temperatura ideal, tanto en verano como en invierno, por lo que son una excelente elección (elección personal, ahora hablo de mí, luego ya veremos) para buscar refugio ante las inclemencias meteorológicas y las “Crueles intenciones” de uno mismo con el mundo exterior. Si alguna vez desaparezco, antes de llamar a la Policía o a los hospitales, hay “Un lugar en el mundo” donde deberíais buscar primero: en una sala de cine.

¿Qué queréis que os diga? Dentro de un cine me relajo, bueno, no siempre. A veces me descojono. Como cuando un equipo de la agencia donde trabajaba hace muchos años participó en la organización del pre estreno de “Matrix 3”, por encargo de uno de sus patrocinadores, que era un cliente muy importante: Samsung. Cuando se acabó la película y encendieron las luces, no me lo podía creer. No me refiero a la mierda que acababa de ver, eso ya me lo esperaba, sino a lo que había sucedido en la sala.

Todavía tengo grabadas en la retina las imágenes de esos señores vestidos de negro desperezando sus cuerpecitos y practicando ejercicios circulares con la cabeza (bueno, eso sería la niña del exorcista), más bien con sus cuellos. Me pregunto si los coreanos todavía tienen secuelas musculares y si se les occidentalizaron los ojos después de visionar toda la película (in)cómodamente sentados en las butacas de la primera fila del cine Urgell de Barcelona. ¡Les reservamos la Fila 0 en la primera fila! ¿Who’s your Daddy, baby? No me extiendo más porque por mucho que lo intenten vender, Matrix no es cine, es un videojuego de serie B. Y si no que se lo pregunten a los de Samsung, si se les hizo larga o qué.

Pongamos que os pregunto cuál es la película de vuestra vida, o vuestra película favorita o la película que por alguna razón os ha marcado la vida. Pues eso es lo que he hecho antes de sentarme a escribir sobre la mía. Se lo he preguntado a amigos y conocidos, de ambos géneros e incluso a personas amigas de personas amigas. De mi generación. Las mejores respuestas, en mi humilde opinión, son las que salen espontáneamente, como un pedo. En este caso me tengo que quedar con la respuesta de mi amiga G, que se ha salido del guión. Quien lo iba a decir, siempre tan comedida y tan discreta ella… —Solamente se me ocurren películas infantiles—ha dicho — “Pesadilla antes de Navidad”, “Mi vecino Totoro” y “Resacón en Las Vegas” (Toda la saga) — ha añadido G.

Si no recuerdo mal se armó un gran revuelo cuando la infanta Leonor dijo en una entrevista que su director de cine favorito era Akira Kurosava y no sé cuántas barbaridades más. Ahora me doy cuenta de que no puedes juzgar a los “Edukadores” (con K) de los hijos ajenos ni entrometerte en “La vida de los otros”. Solo le pido a Dios que Marcelino, el hijo de G, cuando sea mayor le dé más al pan que al vino. Y que la vida no me sea indiferente. ¡G, “Cuenta conmigo”!

Luego está mi amiga B, que es especial. Pero especial en plan guay. Sobre mi conversación con ella no mencionaré “Titanic” porque sería una lástima tirar por la borda (nunca mejor dicho) treinta años de “Amistades peligrosas” y porqué este escrito no va de desvelar “Secretos y mentiras”. Solamente espero que esto que voy a decir no acabe con dos “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, pero si una persona elige “Rompiendo las olas” y “Qué fue de Baby Jane” como películas favoritas es que es toda “Sentido y Sensibilidad”. Romántica quizás no, aunque sí que es una “Rebelde sin causa” que flipa con “Kill Bill”, les muestra a sus alumnos “La naranja mecánica” y que a cada paso que da “Mar adentro” está pensando en la película “Tiburón”, que dice que es la que más le marcó. Y esta vez se olvidó de mencionar “Ben Hur”, pero ya lo sabíamos de antes. La vio en el cine cuando tenía seis meses y pesar de que dura diez horas, la aguantó enterita. Quien dice meses, dice años. Y quien dice diez horas dice cinco (y no hace falta hacer la rima).

El que más me ha hecho reír ha sido el padre de mi hijo. Ha pasado del “me-lo-tengo-que-pensar” poniendo cara de “esto-no-va-conmigo” a recitarme el catálogo de su videoteca. Primero ha mencionado su obsesión por Steven Spielberg y por los OVNIS: “Encuentros en la tercera fase”, título muy adecuado en momentos de la remontada del coronavirus. Y “ET”…Aiiii… ET…¡Cuánto Lloré! Otras personas (madres de la escuela y monologuistas) han mencionado ET y cuánto les marcó la infancia. Yo lloré mucho por ET, pero no en el cine, porque no me llevaron a verla. Creo que hubo dos niños en España que no la vimos en el cine: yo y Serafín Zubiri. A mí al menos me dejaron hacer el álbum. Lo siento Serafín. Pringao!

Resulta que Jorge Sanz era el actor español que mejor besaba en la pantalla. En los noventa. Y resulta que una vez un amigo extranjero que estaba estudiando español leyó esto en una revista y me preguntó tímidamente ¿qué es la pantalla? Pensando que era una parte del cuerpo. No quise saber que parte se había imaginado. Algún agujero negro. “¿Qué son los agujeros negros?” Le pregunta Woody Allen a una prostituta negra en “Desmontando a Harry”. La definición científica que le da es una de esas frases míticas que permanecen en tu cerebro: Al menos en el mío. La prostituta negra contesta: “Con lo que yo me gano la vida”. Genial.

Se ve que antes de venir a Barcelona, continuamos con el padre de mi hijo, que es argentino, se pensaba que en España solo había gitanos viviendo en caravanas y mujeres libidinosas. Es lo que tiene que Imanol Arias y Bigas Luna fueran el actor y el director más exportados. Ya en la edad adulta ambos coincidimos en nuestra especial predilección por “Todos nos llamamos Alí” del director alemán Rainer Werner Fassbinder. La vimos juntos. Igual que “Fitzcarraldo”, “Esperando la carroza” y “Scary Movie” (Bueno esa la vio solito mientras yo miraba “Pasión de Gavilanes”… ¿Quién es ese hombre?…)

Recapitulando, entre las películas preferidas de la peña hay pocas comedias. ¿Será que estamos condicionados por los Oscar y los rankings ya existentes de las grandes películas de la historia del cine? A pesar de esto, dos varones de distintos ámbitos han coincidido en señalar como primera opción la comedia “Amanece que no es poco”. También ha sido elegida number one “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Otras comedias destacadas, aunque de segundas opciones: “La vida de Bryan” y “Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú”.

Seguimos. Los machos alpha que han participado, desinteresadamente (como el resto), han elegido películas de tíos: “Siete samuráis”, “Testigo de cargo”, “Centauros del desierto”, “Reservoirs Dogs”, “Grupo Salvaje” y Braveheart”, y también una de más unisex: “Pulp Fiction”.

Las respuestas más elegantes: “Con la muerte en los talones”; “París, Texas” y “Blade Runner”. La más esperada y sin embargo poco mencionada: “El Padrino” (la interesada está casada con un siciliano). La más sorprendente: “Lily Marleen”. Las más femeninas: “Los amantes del círculo polar”, “Armas de mujer”, “Amelie”, “Chocolat”, “Dirty Dancing” y “Flash Dance”.

Una diva como dios manda ha defendido su reinado y ha contestado, sin titubear, “Cabaret”. Entre las personas de noble corazón y poco postureo ha triunfado “La vida es bella”. Las que no he visto: “En busca de la felicidad”, Los Intocables” “Cinema Paradisso” y The Bucket List”. Las más políticas: “Before the rain” y “Un lugar en el mundo”. Las más fantástica: “Eduardo Manos Tijeras”. La más indie: “Sexo, amor y cintas de video”. La de más buen rollo: ”Litle Miss Sunshine”. No ha faltado la mención a “Indiana Jones”, “Superman”, “La Historia Interminable” y “Karate Kid”.

Las grandes ausentes, que yo pondría en mi lista: “El ángel exterminador”, “Apocalipsy Now”, “Funny Games”, “Cuentos de Tokio”, “Los Crímenes del Dr. Mabuse” y “Una Historia Verdadera”.

Si me he dejado alguna, se admiten reclamaciones.

Retomo la idea con la que he empezado. Es decir, la idea de que yo elijo como película de mi vida la que me sale de los cojones (que no tengo). La cosa es que quiero terminar con una sonrisa de cine (No he dicho happy ending para no confundir al personal). Se abre el telón y se ve un grupo de gitanos y al final dos policías… – ¿Cómo se llama la película? – Los últimos sus muráis. Fin

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El hombre de mi vida

Eres el mar cuando se enfada, eres la noche iluminada, eres como el río que va regando el amor mío agapimú, agapimú, agapimú

Manolito

      Pues sí. El hombre de mi vida se llamaba Manolito. Y era de Madrid. Y si hablo de él en pasado no es porque ya no sea el hombre de mi vida ni porque yo sepa que ya está muerto, que no lo sé (aunque tampoco tengo ninguna certeza de que no lo haya hecho, lo de morir, me refiero). Pues eso, que hablo de Manolito en pasado porque a estas alturas supongo y espero que ya no le llaman así, con el diminutivo. Manolito ya tiene casi cincuenta tacos, o sea, es ya un señor mayor y lo de Manolito como que ya no.  Ahora debe ser Manolo, o Manuel, o Manuela. No lo sé, la verdad, pero no se me ocurre que nadie nacido en los setenta y que haya logrado sobrevivir a Michael Jackson, David Bowie, George Michael y a Bono (que públicamente está muy muerto) se pueda seguir llamando Manolito.

No, no, no. Si alguna lectora piensa que existe una relación entre las muertes (o no muertes) sobre las que acabo de escribir, que quede claro que no la hay. Es que me voy por las ramas… De Bowie y de George Michael no diré nada, pero ¿Michael Jackson? ¿Bono? “Ecs” No quiero ofender a nadie pero preferiría morir virgen y rodeada de gatos a vivir con la idea de que cualquiera de ellos dos es, o ha sido, el hombre de mi vida. Aunque si a pesar del repelús que me provoca la idea, si aun así, porque una no puede realmente luchar contra sus sentimientos, digo yo… Pues eso, que si en lugar de Manolito mi hombre hubiese sido Bono, o si mi Manolito y Bono fuesen la misma persona, para ser más fieles a lo que realmente pasó y a la edad que teníamos, quizás deberíamos también usar el diminutivo de Bono. Pero con mayúscula y obviando lo del Norte para no caer en chistes fáciles, que aquí somos todos inteligentes.

Sólo hablé con él una vez. Me refiero a Manolito. Olvidémonos de Bono, por favor (que gustazo da poder decir eso sin parecer un bicharraco). Y si os digo la verdad, no recuerdo si le vi más veces o sólo fue una. A Manolito. Supongo que nos cruzamos en muchos momentos. Yo solo me acuerdo de ese día en el bar. De hecho, pasó hace tantos años, exactamente en el verano de 1979, yo tenía 7 años, que a veces pienso que podría ser perfectamente un falso recuerdo mío. Esta idea me obsesiona últimamente. Pensar que el hombre de mi vida es producto de mi imaginación es como admitir que esto del amor romántico es un pensamiento tan mágico como la creencia en los Reyes Magos, que al final resultan ser los padres. Pues igual no es tan mala idea, quitándole el componente sexual, evidentemente, que los hombres de nuestras vidas sean nuestros padres, que al final siempre están allí, llamándonos guapas y listas y valientes de manera incondicional.  

Falsa memoria o no, yo he venido aquí a hablar de mi Manolito y eso es lo que voy a hacer.  Recuerdo que ese fue el verano que aprendí a nadar.  Y lo aprendí de golpe después de meses de dar clases en las que no acababa de entender el mecanismo natural que tenía que activar para que mi cuerpo flotase. Tuve un susto de muerte. Voy por partes. Durante el curso escolar había ido a clases de natación después del cole. Nos llevaban en un autocar hasta el Sícoris club, que estaba en la otra punta de la ciudad. El trayecto duraba menos de diez minutos pero era impensable que ninguna persona pudiera hacer ese camino andando en una localidad en la que todo el mundo usa el coche para casi todo y en la que en los meses de invierno no se ve nada debido a la niebla que se hace omnipresente de noviembre a febrero.  Y cuando digo nada es nada. Parecía un suicidio plantearse el ir al curso de piscina andando. Desde luego era mucho más seguro (léase la ironía) ir en un autocar a toda pastilla, con toda esa niebla y con cuarenta niñas medio sentadas y gritando y cantando. A veces pienso que es un milagro que la generación del EGB sigamos vivos o enteros. Es de tesis doctoral la cantidad de accidentes domésticos y las leches que nos dimos en parques y escuelas. Y es realmente curioso que no haya más lisiados: mancos, cojos, quemados. O que todavía podamos caber en una talla europea de pantalones… Y es que entre los fosquitos (regalos y pastelitos) y los donuts, que había que comérselos de dos en dos, se me ocurre que lo nuestro fue una declaración de guerra o de amor al colesterol malo.

La verdad es que la niebla es muy espesa y hace cuarenta años todavía lo era más. La cosa mejoró, un poquito, cuando se canalizó el río después de la riada de 1982. Pasó por la noche. Yo justamente estaba soñando que se quemaba la ciudad… Seguramente fue una casualidad.  Lo raro es que mi padre me confesó años más tarde que esa misma noche él había soñado que se ahogaba gente con aspecto indígena y que pensó que se trataba de algo que había visto por la tv… Da miedo.

La crecida del río fue tan bestia que el agua llegó hasta el casco antiguo e inundó muchas calles e incluso algunas casas. Yo entonces ya sabía nadar.

Volviendo al tema, cuando yo realmente tuve conciencia de que podía flotar y de hecho lo conseguí, yo solita, fue durante esas vacaciones en Benicássim en las que conocí a mi Manolito. Y no es una metáfora, hablo literalmente. Gracias a la sal y a las olas del mar, que  balanceaban mi cuerpo, me fue mucho más sencillo poner en práctica los consejos que me habían inculcado unos meses antes los monitores de la piscina. Y es que aprender, siempre se aprende algo.

No es que yo tuviera miedo de ahogarme, aún no, lo que pasaba es que era patosa. Dice mi padre que cuando era pequeña no le tenía miedo a nada, cosa que ahora, ya de mayor, me gusta y me disgusta a la vez. Me gusta porque va con mi naturaleza actuar de vez en cuando de manera impetuosa y poco meditada. Me disgusta porque he oído decir que tener miedo es un rasgo de inteligencia. Como soy lo bastante inteligente como para no cuestionar esa teoría y no revelar mi lado más vanidoso voy a defenderme confesando que sí que tenía miedos y que los camuflaba detrás de una gran coraza de sentido del humor, orgullo y rebeldía. Mis dos miedos principales eran los misiles rusos y los americanos también. Después venía el miedo a los niños varones. Yo iba a una escuela de niñas. Solo niñas. Y a pesar de mi demostrada e infinita “valentía” me daba mucha vergüenza hablar con niños y mantener la compostura. Quizás por eso lo de Manolito fue tan especial e inesperado.

Antes  del “incidente” no le temía al agua, o al menos no  de manera consciente. Después de ese inolvidable acontecimiento, mis miedos fueron creciendo y creciendo y ahora le tengo miedo al agua, al fuego, al aire, a la soledad, a morir.

El incidente ocurrió una tarde cualquiera de agosto de 1979, en la piscina del camping. Casi me ahogo. Todavía siento esa sensación de que te vas para abajo y de que estás tragando agua. Me gustaba jugar a lanzarme a la piscina y caer justo dentro del flotador. Lo había hecho muchas veces pero en una no acerté el agujero y me fui toda yo para el fondo. Mi hermana mayor se lanzó para ayudarme y yo me agarré de su larga melena, lo que provocó que ella se soltara del daño que le hacía. Fueron unos segundos larguísimos hasta que nos sincronizamos.

Fue traumático. A veces hay que tocar fondo para salir a la superficie y ver el mundo con otros ojos. Yo toqué el fondo de la piscina y luego tuve mi recompensa. Manolito me escogió a mi, a la pequeña del clan, al último mono de la familia. Yo era un pollito vergonzoso al que continuamente confundían con un niño porque llevaba el pelo corto, sin pendientes, y siempre tenía las rodillas peladas. Manolito era dos años mayor. Tenía la edad de mi hermana mediana (no hablo de la de la piscina, esa era la mayor, que ya tenía catorce años, me refiero a la del medio). Y, si no me equivoco, era un año mayor que mi por entonces hermanastra.

Fuimos las tres (hermana del medio, hermanastra y servidora) al bar del camping y nos situamos alrededor de una de esas máquinas del demonio que nos gustaban tanto. Y allí estaba Manolito también, con algún amigo o hermano. O solo. Vete tu a saber. Tenían la radio puesta. No me acuerdo de todas las canciones que sonaron aquella tarde pero podían  ser perfectamente Ana Belén y su pegadiza Agapimu, Miguel Bosé y su Super superman, o Patrick Hernández, con su gran hit Born to be a live.

Manolito era de Madrid. —De Vallecas— dijo. —Y soy del Rayo Vallecano— añadió. También supe luego que tenía nueve años. Sonreía. Tenía una sonrisa cautivadora. De verano. Su manera de sonreír, como su manera de hablar, de peinarse, de vestir, todo era verano. Parecía parte de la decoración de ese bar nuevo y práctico de colores alegres y diseño moderno, con mucho plástico. Él era alto y llevaba un bañador rojo. Imaginad al típico niño español preadolescente pero más alto, más guapo y más listo.

Y no sé por qué de repente me regaló una moneda de un duro para que jugara yo a la máquina. ¡Sí señor!, dinerito fresco… Sé lo que estáis pensando: ¡Como a una fulana!. Pues yo no lo viví así. Fue un momento mágico. En el bar estaba sonando, otra vez, Agapimú, de Ana Belén. Y se paró el tiempo. Se congeló la imagen de los críos pidiendo helados y de sus padres y madres bebiendo cerveza y bitter kas. Me la regaló específicamente a mí. No dijo que era para todas. Me la puso en la mano. En mi mano. Percibía la envidia en los ojos de las otras niñas. Intentaron convencerme para que nos lo gastásemos al momento. No quise. El duro me lo guardé y todavía lo conservo.

Cuando nos vimos con mis padres y hermanos a la hora de cenar deseaba desesperadamente que mi hermana o hermanastra, que habían presenciado la escena (yo lo viví como si se tratase de una declaración de amor eterno) explicaran la anécdota. Lo hicieron rápido y sin concretar y el único que le dio un poquito de importancia y me hizo algunas bromas fue mi hermano. Yo necesitaba hablar del tema. Quería hablar del tema. Viéndolo en retrospectiva debería haberme preocupado ese comportamiento mío. Pero yo era una niña y mis pensamientos me los guardaba para mí. Igual que el duro.

A lo largo de mi vida he pensado mucho en Manolito y en su bañador rojo. Nunca más lo volví a ver.  Mejor. En ese recuerdo mando yo. Un recuerdo bonito, en minúsculas, que se mantiene fresco en un lugar privilegiado de mi memoria selectiva.

Quizás por eso Manolito siempre será el hombre de mi vida. El hombre que nunca me pidió nada a cambio y que ya no podrá decepcionarme. 

Me pregunto, a veces, si se habrá casado o seguirá soltero, como yo, anclado en el pasado e incapaz de superar ese lastre. ¿Será calvo ya o ya tiene canas? ¿De qué trabaja? ¿Cabe en una talla europea de pantalones? ¿Será manco o cojo o ciego? ¿A que dedica el tiempo libre? ¿Le gustará U2? ¿Estará vivo? ¿Todavía usará el dinero para relacionarse con las mujeres?¿Sabrá él que coño significa Agapimú?

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La boda de mi vida

Antes, de joven, no me gustaban las bodas. Ahora, tampoco. Pensaba que eran aburridas, que la novia estaba más fea que nunca y que por mucho empeño que uno pusiera en dotar al evento de personalidad propia, el resultado siempre acababa siendo una horterada. Productos de serie con novias de blanco, o no, pero que en un 90% de casos llevan demasiado maquillaje y demasiada laca. Los novios no haría falta ni que se presentasen a la cita, probablemente nadie lo notaría. Sigo pensando lo mismo.

¿Sabéis si los invitados e invitadas todavía agarran la servilleta y la hacen rodar por encima de sus cabezas cuando la nueva parejita entra en el restaurante? La primera vez que presencié esa escena de aires medio taurinos me quedé patidifusa, con la boca tan abierta que todavía conservo el regusto de las moscas que me entraron.

Fue en el año 2004, si no recuerdo mal. Se casaba una compañera de trabajo, y amiga, y nos invitó a unos cuantos del curro. Nueve o diez. Tengo que reconocer que fue la boda más bonita, teniendo en cuenta las limitaciones del género, a la que he asistido nunca. Se casaron en una ermita cerca de Olot. En medio del bosque.

¡Ai, si hubierais visto los aperitivos! ¡Os habriais caído de culo! Y no es ironía.Y que nadie piense que estoy insinuando que vuestra potencial caída pudiera o pudiese tener algo que ver con que el suelo estaba resbaladizo porque dieran una comida de mierda. ¡No! Todo lo contrario. Estamos hablando del restaurante “Les Cols” y prepararon entrantes de diversas culturas, amenizado todo con atrezzo humano (si es que existe este término) en forma de japoneses vestidos con kimono y africanas con las tetas al aire. Esto último, lo de las tetas, probablemente es un falso recuerdo. Todo estaba delicioso. Un 10. ¡Gracias Sara!

La cosa acabó mal. Mal, porque los de mi mesa nos transformamos en adolescentes. Es la única manera de justificar nuestro comportamiento. Decidimos coger prestadas un par de cajas de cervezas y nos las llevamos tal cual. Se ve que no nos bastaba con todo lo que habíamos bebido… o igual fue nuestra pequeña venganza por lo larga que se nos hizo la comida, con tanto discurso y tanto peloteo. En un momento dado alguien agarró el micro. Y aquí lo dejo, ya que no me consta que estas alturas lo haya soltado.

Volviendo al tema de la servilleta, ante mi estupefacción, me explicaron que ese recibimiento era ya una tradición que formaba parte del guión no oficial en todo ceremonia matrimonial y luego me preguntaron cuánto tiempo hacía que no iba a un casamiento. Pues exactamente tres años.

En agosto de 2001 se había casado mi hermana Júlia. Y yo fui a la boda. Evidentemente. Me compré de rebajas un vestido de Josep Font (10.000 pesetas me costó. Una ganga). Fue un casamiento inesperado. Sólo hacía diez años que mi hermana y mi cuñado se habían prometido. Pero ellos lo veían claro. ¡Pues adelante!

Richard Ashcroft sonando a toda pastilla. Así fue como entraron los novios al restaurante y yo no vi a nadie hacer rodar pañuelo alguno ni servilleta. Y mira que había gente….Pero que sé yo, en esa época no llevaba ni gafas ni lentillas y las necesitaba, creedme, porque tuve algún incidente. Volviendo a la boda del año, creo que es el enlace con más invitados al que he asistido. Y en pleno agosto. Me pregunto si quedaba alguien paseando por la ciudad ese día. O se habían ido a Salou o estaban en ese macro evento. Fue macro, pero con mucha clase. Y muy catalán todo, con sardanas, mas no como sardinas.

La boda de mi otra hermana, seis años antes, había sido muy diferente. Solo invitaron a los familiares más directos. Se casó con pantalones. Bueno, se casó con Salvador y ella llevaba pantalones. (Que no es lo mismo que decir que ella llevaba “los” pantalones). Mari Carmen, mi hermana y su marido siempre han tenido una relación paritaria en términos de pantalones, que nadie lea más allá.

Hablando de carros (en mi cabeza suena Manolo Escobar), ese día, yo casi pierdo el mío. O más bien el de mi padre… Pedí que me dejaran llevar el coche de los novios y lo intenté. Y no lo pude aparcar. Los volantes no son lo mío.

Una vez casi me ahogo por culpa de un volante. Imaginad: Hora de comer, toda la familia en la mesa hablando de cuánto se tardaba en tener el carné de conducir una vez aprobado el examen. Alguien dice: Te tienen que enviar un volante desde Madrid. Y mi hermano pone cara maliciosa, levanta una ceja, y con una media sonrisa hace el gesto con las manos de estar conduciendo mientras dice: ¿Un volante? Aquí a una servidora, que estaba bebiendo agua, le entró la risa tonta y el líquido se equivocó de agujero. De hecho, y digo de hecho aunque aquí no tiene nada que ver, nada, hay quien dice que en caso de atragantamiento hay que introducir un dedo en el ano. Pero eso no ocurrió. Al menos en el mío. De ano. Digo.

Lo pasé tan mal que cuando mi padre se levantó de la mesa, después de que yo diera mil vueltas por la casa para dejar de escuchar las risas, y me fue a dar unos golpecitos en la espalda (no había tiempo para sodomizar a nadie, y menos a mi que ese día llevaba pantalones, que probablemente eran de mi hermana…) me agarré de su cuello en un abrazo sincero y me despedí. Porque mi padre me mata si me voy sin saludar…..La educación, lo primero. Y eso fue lo que me salvó.

Me pregunto si mi hermana decidió invitar a poca gente para simplificar el tema. Sobre todo, para evitar disgustos como el que ella tuvo con la mesa que le tocó cuando se casó mi hermano. ¡Qué mal lo pasó! Y eso que era ella quien se había encargado de la distribución de las mesas. No es broma. Pero esa fue la primera de la bodas de la familia (exceptuando la de nuestros padres) y había mucho estrés.

Empiezo a estar harta el tema. No sé si en mi mente caben más anécdotas casamenteras. Tengo la misma sensación que cuando estaba en el banquete de la boda de mis amigos de Donosti. Bien, ella es navarra y la boda se celebró en Pamplona. No me malinterpretéis, en términos de felicidad y juerga y buena compañía, (sin la mirada impositiva de mis familiares semi lejanos) fue la mejor. Mi recuerdo sobre la sensación de ya no poder más es por el montón de comida que sirvieron. Supongo que salimos de allí rodando. ¿Conocéis el título de la película “Ocho apellidos vascos”? Pues parece ser que sirven un plato para cada apellido. No es broma.

He asistido, creo recordar, a tres bodas civiles. La primera, la de mi padre y su mujer, en los Juzgados, tenía que ser un simple trámite pero mi hermana mayor, la de los pantalones, se negó rotundamente. En esta ocasión, comimos todos en la misma mesa. Eramos pocos. Espero que le tocara en un buen sitio pero no me atrevo a preguntárselo, por si dice que no y estaba a mi lado.

Mi padre ya se había casado una vez, con mi madre. En esa ocasión mi abuela, su propia madre, no pudo acompañarlo al altar porque estaba muy enferma y ella misma le dijo que prefería verlo casado en vida a que aplazasen el enlace. No sólo no se murió entonces, sinó que pudo ir a la segunda boda, más de treinta años después (los médicos que le dieron tal pronóstico ya habían fallecido todos). Y todavía vivió casi quince años más.

También mi amiga Gemma se casó por lo civil, en el Ayuntamiento. Y luego nos fuimos a beber unos cocktails. Fue todo muy correcto y comedido. No puedo hacer broma alguna. Por más que lo intento.

Al final, supongo que si tengo que escoger una única boda entre todas las de mi vida, esa boda tiene que ser la mía. Pero por desgracia para mi, no para vosotros, tengo un contrato firmado que estipula que no puedo hablar de ella ni desvelar ningún detalle hasta el año 2066 (vencido).

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El concierto de mi vida

A lo largo de mi ya extensa, en el espacio y en el tiempo, existencia (soy una señora con derecho a, y suficientes arrugas para, recibir el tratamiento de usted), pues no recuerdo yo en todos estos años haber asistido a muchos conciertos, más bien pocos. Aun así, seguro que he ido a muchos más de los que alcanzo a recodar. De hecho, ha sido empezar a escribir y me están viniendo a la cabeza flashes de aquí y de allí de recitales que tenía aparcados en el hemisferio cerebral del olvido.

A los Pet Shop Boys los vi dos veces. Y no es que me mate el grupo, pero las circunstancias, ya se sabe. También a Pulp los vi dos veces, en el 95 i en el 2002, en el primer Primavera Sound del Pueblo Español. El concierto clandestino de Saint Étienne fue guay, igual que el de las Chicks on Speed, que organizaron una movida privada en un barco. Fui con el padre de mi hijo (el niño todavía no había nacido). Con él también vi a Fermín Muguruza. ¡Y qué calvario! (El concierto, por supuesto) y al argentino Kevin Johansen. Bailé con Patrick Wolf y con Hello Cuca, me balanceé ligeramente de un lado para el otro con Brett Anderson, (ex vocalista de Suede) y con Alaska o Fangoria o la madre que la parió. Permanecí inmóvil y aguatando la respiración en los conciertos de los Magnetic Fields. También tuve que aguantarla, la respiración, la vez que estando en NYC quedamos con Claudia del grupo Magnetic Fields (que acabo de mencionar) y nos llevó a su casa donde el olor a caca de gatos y el desorden de su guarida rallaban la delgada línea existente entre el ser bohemio y el ser un cochino bohemio.

Mi experiencia más penosa tuvo lugar en las fiestas de Lleida. En mayo de 1989. Yo tenía dieciocho añitos y la presión baja. La cosa es que después de aguantar más de una hora, o dos, mental y físicamente a unos teloneros de mierda y de aguantar al mismo tiempo, también mental y físicamente a una chica que se apoyaba en mi espalda con toda su inmensidad, me empecé a encontrar mal. Salí para que me diera el aire, pero el “timing” fue tan inoportuno que justo perdí el conocimiento, y la dignidad, en el preciso momento que salía al escenario el cantante de Duncan Dhu. Me desperté en brazos de un chico de la cruz roja. ¿Cuándo abrí lo ojos me dijo —“¿Y yo, no te impresiono?

La memoria es una gran compañera de viaje, nunca nos traiciona intencionadamente. Pero a veces nos falla, como los amigos, y pienso que hay que saber perdonarla y también cuidarla y alimentarla, eso sí, en su justa medida. Está claro que todos y todas tenemos memoria selectiva. Sobre todo, todos. Es decir, sobre todo, ellos. Su memoria es tan selectiva que demasiadas veces no se acuerdan de ellas, es decir, nosotras. Pero ese es otro tema. Volvamos a la música y a los momentos más vibrantes y brillantes que he presenciado encima de un escenario. Bueno, para ser exactos, yo los he presenciado debajo del escenario, o frente al escenario, nunca encima.

¡Miento!

Me hubiera gustado borrar de mi listado de hechos vergonzantes la vez que salí a cantar, de forma impulsiva y maliciosamente animada por mi prima Esther y mi hermana Julia, la canción de la Masovera ante un recinto repleto de personas humanas (más bien machistas, todo sea dicho) que habían ido, que habíamos ido, a ver una proyección especial de la serie de animación del momento: Mazineger Z… ¿A quién se le ocurre? A mí, claro.  Sucedió en el intermedio o en el final, da igual ahora. Allí estaba mi yo de ocho o nueve años, con un vestido verde, y con ese hilillo de voz que sale con los nervios, asesinando una canción que habla, en modo acumulador, de lo que compras cada día en el mercado. Empecé cantando el lunes con mucha energía, pero la voz fue decayendo y el jueves el tema ya era patético. Pero la acabé. No sucumbí. Había premios suculentos para los tres primeros.  El ganador iba a grabar una canción en la radio. Evidentemente, me llevé una lagartija de goma, y no merecía más. Interpreté la canción como el culo y además la Masovera había sido una elección poco acertada para la ocasión. Poco acertada. Punto. (Para cualquier ocasión). Tampoco el público estuvo acertado con el reparto de aplausos, y por extensión, con la decisión de los que lo habían hecho mejor. Era la audiencia presente la que elegía a los ganadores. Los tres concursantes con más aplausos daban un paso al frente. Todo muy visual. Y muy auditivo.    

¿Os podéis creer que de los diez enanos y enanas (en sentido figurado) que actuamos solo tres eran varones? Hasta aquí supongo que sí que os lo podéis creer. ¿Pero cómo interpretáis que precisamente ellos, los chicos, fueron los tres más aplaudidos y cada uno en su turno procedió a colocarse, de acuerdo con la ovación recibida un paso o dos más avanzado en el escenario? De hecho, en mi campo de visión, y en el de mis colegas sin pene, lo único que aparecía era el culo de los niños.  Estábamos todas allí, de pie, con nuestra lagartija de goma, sonriendo sin ganas y aprendiendo una lección vital. Está claro que si no tienes pene no te comes ni un rosco en esta vida. Y con la mirada fija en esos tres culos estuve yo esperando que no cesaran los vítores y las palmas de los adultos que teníamos enfrente, para ver si con tanto paso y tanta tontería avanzaban hacia adelante y se caían de la tarima en medio de una gran ovación. Por qué es verdad que yo canté peor que nadie, pero hubo otras niñas que se merecían un mayor reconocimiento del público. Dicho queda.

Sin duda alguna ese no fue el concierto de mi vida. Tampoco lo fue el de Morrissey en Nueva York a finales del milenio pasado, creo que exactamente estamos hablando del mes de noviembre del año 1999. Estuvo espectacular, magnífico, excelente. Dicen. Yo tenía entradas, pero al final no fui. Me recuerdo a mí misma, sentada en un Barnes & Nobles en el barrio de Chelsea, vestida de negro y con unos quilos de más. Más que al llegar, no me refiero a sobrepeso, tranquilos… (como si alguien se hubiera puesto nervioso por eso, tu estás tonta o qué…). Los quilos fueron gentileza del American way of life. Así estaba yo, debatiéndome, decidiendo en mi cabeza, entre yo y él. Fui imbécil. Vendí las entradas porque la persona con la que iba a ir tuvo un percance y me supo mal ir sola y que él se lo perdiera. “Esa generosidad absurda hay que controlarla”, me dice mi psicóloga (ella no dice absurda). Evidentemente me arrepiento mogollón de no haber asistido, pero probablemente, lo volvería a hacer. O quizás no.

La fecha mágica que aquí nos interesa es el veinte de noviembre de 1995 a las 22h. Pagué 2.000 pesetas por la entrada anticipada. Lo recuerdo perfectamente, fue en la sala Zeleste de Barcelona. Fui con un amigo y una amiga (que se compró la camiseta más chula del mundo). El mejor concierto de mi vida. Era un lunes y tuve a Jarvis lo suficientemente cerca como para derretirme con y ante esa voz suya tan sexy. Al mismo tiempo lo tuve lo bastante lejos como para que no se cayera el mito, más bien sería el mitito. Porque yo nunca he sido mitómana (no me refiero a mentirosa, que es la acepción que emplean los argentinos, y eso sí que lo he sido un poquitín, por eso del efecto ejemplo, de las monjas). Creo que nunca he admirado a nadie por encima de mis (y de sus) posibilidades. Mi fascinación por el cantante larguirucho de Pulp es lo que más se ha aproximado a cualquier tipo de mitificación humana.

Pues bien. Recuerdo que cuando acabó el recital lo califiqué de sublime. ¿Estamos todos de acuerdo que lo dije en un ataque de vehemencia verbal alentado por la descarga adrenalínica que recién había experimentado? Había abandonado mi cuerpo y mi alma al ritmo de “Disco 2000” (que ya sé que suena como el Gloria, faldas en el aire, pero me da igual) y de “Babies” que es el título de la canción en la que todos gritamos “Do you remember de first time?”

Un buen día para recordar las palabras de mi amigo. Si. Las palabras. No cualquier palabra. Un par de años antes, más o menos, tuve una conversación con él en la que literalmente me dijo que sentía que tenía que dedicarse a la música, que esa era su misión en la vida. Y no me reí. Menos mal, porque resultó ser verdad.

Pues bien, ese día, el día de Pulp, mi amigo conoció a su media naranja musical (su primera media naranja). El nuevo era un chico extraño y fascinante al mismo tiempo, que nos agarraba de la manita por la calle y que hablaba a la velocidad del rayo. Decía muchas cosas por minuto. Algunas pedantes, otras, interesantes y muchas, entretenidas. En cualquier caso, ese día algo cambió en la vida de los dos chicos de prodigiosa inteligencia y talento musical.  Entre ambos acabarían formando Astrud. Así empezó todo.

Mi amiga y yo seguimos con los pies en el suelo. Fans incondicionales, pero nunca grupis. ¿Cómo vamos a ser grupis? Ni se me pasa por la cabeza. Eso sí, conciertos de Astrud a tuti plen. Incluso uno en Galicia, en Villagarcía de Arousa, donde tuve el honor de ser invitada para viajar con el grupo porque les sobraba un billete de avión. Volé con el nombre de Manolo Martínez Martínez. Olé mis huevos.

Dos meses después del concierto de Pulp yo me fui a vivir a Londres y corté el cordón, el umbilical.  Más bien, creí que lo cortaba, pero existen lazos que uno hace en la adolescencia que con el tiempo se demuestran irrompibles. De esos dos años en la ciudad de los pubs y de los parques guardo mi mejor tesoro. Todas las cartas que recibí. Si pasaba algo extraordinario (entendido como fuera de lo ordinario) me enteraba a través de varias personas con sus propias visiones y roles. Era como un collage o un puzle de hechos, sentimientos y opiniones que se cruzaban y entrelazaban hasta formar un todo. Señores ladrones, si me quieren robar, róbenme las joyas (haberlas haylas) o los tuppers, pero dejen que mis cartas descansen en paz.

2022: El año que cumplí los 50

1972 fue el año que entró en funcionamiento la central nuclear de Vandellós en Tarragona;  el año que se estrenó el concurso de televisión “Un, Dos, Tres”; el año de la foto de la niña vietnamita  corriendo y llorando;  el año del caso Watergate; el año del  asesinato de once atletas israelíes en las Olimpiadas de Múnich;   el año que salió la película de Luis Buñuel “El discreto encanto de la burguesía”; el año del accidente de avión de un equipo de rugby en los Andes (y ya sabéis el resto); el año de la primera marcha del orgullo gay en Londres;  el año que Bobby Fischer ganó su primer campeonato del mundo de ajedrez. 1972 fue el año que nací yo.

Ya han pasado cincuenta años, medio siglo, más de media vida. Dice la canción que 20 años no son nada, pero ya os digo yo que 50 son muchos. Para una tortuga y para Jordi Hurtado igual no, pero para mí son tantos que hay días que incluso me da vergüenza mirar hacia atrás. Hay quien dice que no cambiaría nada de su pasado, que tanto los errores como los aciertos los han llevado al lugar donde están ahora y que no querrían estar en ningún otro sitio. Ja ja ja. ¡Qué daño ha hecho Instagram!

Porque el mundo en el que estamos, también ellos y ellas, los embajadores del buen rollo, está hecho una piltrafa.

¿Dónde estoy yo con casi 50 años? Tengo la sensación de estar llegando al final de las Rebajas, que ya quedan pocas oportunidades y que tengo poco tiempo para decidir qué es lo que quiero o puedo comprar. Todavía.

Llegar a los 50 no es divertido. No nos engañemos. Ni fácil. Mucha madurez y experiencia y sensatez pero pocas ganas de riesgo. Y es precisamente ahora, a los 50, cuando siento que más tengo que arriesgar porque ya he entrado en el tiempo de descuento. Es ahora o nunca.

Nunca me gustó cumplir años. Siempre he percibido la vida como una carrera y siempre me ha dado la sensación de ir rezagada.

Los que son más jóvenes que yo me dicen que no aparento la edad que tengo. Debería tomármelo como un insulto…Mi sentimiento de condescendencia hacia las nuevas generaciones es lo que delata que ya soy una señora.

Ellos y ellas a mí me parecen más viejos y viejas de lo que en realidad les correspondería. Piden justicia y ser escuchados pero mi duda es si es verdad que tienen algo que decir. Son conformistas, individualistas y narcisistas y no han sido capaces ni de defender lo que más les gustaba hacer: el botellón. En sí mismo eso dice mucho de sus prioridades.

Esa es la clase de mundo en el que vivimos.  Un mundo con toque de queda en el que la juventud está sobrevalorada y los 50 no molan. Y no entiendo por qué no.

Hooligans del humor

Odio el reggaetón. Pero aquí estoy, aguantando estoicamente canción tras canción mientras las orejas se me van desangrando y la mala le leche me impide pensar con claridad. Me imagino a mi misma acercándome hacia la barra, despacito, y diciéndole al DJ, al oído, que su música y sus letras me ofenden profundamente y que  voy a reventarle la cara a puñetazos porque su gusto musical me parece un insulto a la inteligencia humana. Mi imaginación no tiene límites.

De repente la música para y sale al escenario un pobre tipo que dice que hace stand Up Comedy. Cuenta algunos chistes sobre gordos. Son muy malos. Pero me hacen reír y casi ya ni me acuerdo del DJ de mierda de antes. El tipo tiene huevos. Nadie se atreve a reírse de los gordos. Y menos siendo delgado. Se puede hacer comedia de los veganos, de las monjas y de los gitanos pero los gordos son intocables. Metafóricamente hablando. (Y literalmente también).  

Yo soy de las que pienso que los cómicos tienen cierta responsabilidad social y que deben plantear a través de la risa los debates morales necesarios sobre los temas tabú. Y si más no, es trabajo suyo, con la complicidad del público, explorar los límites del humor.

Y sin embargo sé que el pobre tipo del escenario va a acabar la noche con las gafas rotas y en el suelo golpeado por unos hooligans del humor que se creen mejor que nadie porque son capaces de reventarle la cabeza a una persona que, mejor o peor, y a su humilde manera, está intentando mejorar este mundo de mierda. Despacito.

 

 

 

Ni una puta dona!

Espero que aquest titular que just acabeu de llegir no hagi ofès ningú. I demano disculpes si el text que ve a continuació no satisfà les expectatives que l’esmentat títol hagi pogut despertar.

Senyores, ens hem equivocat d’estratègia. Us heu equivocat d’estratègia. Estem perdent el temps i la credibilitat. Esteu perdent el temps i la credibilitat. Amb collonades. Parlo, per exemple d’exigir amb tanta insistència l’ús d’un llenguatge forçadament inclusiu. També parlo de coses que no són tonteries, com reivindicar unes lleis que perpetuen el concepte d’una maternitat idealitzada i que a la pràctica, a més,  resulten professionalment castradores.

Que sí! Que està molt bé tenir la llibertat de poder ensenyar els pits a la piscina. Pero encara estaria millor no trobar-nos per Internet imatges com aquesta. Ni una puta dona!

El sentido del humor de los cómicos

Empecé un curso de monólogos para darle a mi mente una distracción de su particular infierno. Y funcionó. El humor sirve para relativizar la importancia de las cosas. Aunque es cierto que las bromas siempre llevan una dosis de verdad. De una percepción de la verdad. Exagerada o distorsionada. O bañada de ironía. Pero no gratuita. Es por esto que si no se quiere salir “malogrado” de una actuación es aconsejable buscar la complicidad del público. Y aquí es donde la cagué con mi texto sobre los Open Mics de Barcelona.

Sobrevaloré la capacidad de los cómicos de reírse de sí mismos. Sigo pensando que Cómicos de Barcelona es un encanto, que Ajojejo son unos frikis, que el Barcelona Comedy Club toca muchas teclas, que l’Altre mic son los que más trabajan de lo suyo, que los feismos están muy seguros de sí mismos y que los comic lingus no saben lo que hacen.

Y sigo pensando que a mi me ha resultado muy difícil conectar con L.O.C.A Comedy y con las Riot. (Después de lo del chupito me da mucha rabia porque está claro que las Riot tienen muchísimo sentido del humor). De verdad siento si ofendí al colectivo LGTBI. Jamás se me ocurriría cuestionar sus derechos. Orgullo no les falta. Está claro.

Y quiero acabar cantando una canción que me encanta: “No me digas que no hay nada más triste que lo tuyo. Hay miles de cosas en el mundo que son mucho peor.”

La ruta barcelonesa del eterno open miker

Algunos con más talento que otros, que conste en acta, pero lo cierto es que en Barcelona hay muchos cómicos que hacen monólogos de humor. O al menos lo intentan. Igual que intentan abrirse un hueco en el mundillo del standup comedy.  Bien, algunos lo intentan más que otros. Muchos, demasiados, optan por coger tablas subiéndose al escenario (quien dice escenario dice carro) de los diferentes espectáculos de micro abierto (open mic) que se organizan en Barcelona. Los open mics, por si alguien no lo sabe, son eventos en que los cómicos no cobran ya que el objetivo es que prueben sus textos delante del público, que sí que paga entrada, por cierto.

La paradoja de este circuito es no saber salirse de él y convertirse en un eterno open miker, esto es, el monologuista que está siempre en modo “versión de prueba” sin buscar la manera de dar un pequeño o gran salto a un bolo de verdad. Porque se puede ser monologuista a tiempo parcial y cobrar algún dinerillo (aunque sea para las pipas) sin necesidad de dedicarse a esto profesionalmente. ¡Digo yo! Pero los aspirantes a cómicos del stand up estamos andando en círculos endogámicos sin salir de nuestra zona de confort.

Yo no juzgo a nadie, eh… ¡Dios me libre! Al contrario, siento tanta simpatía por este colectivo de hombres y mujeres (muchas menos en porcentaje) que he querido formar parte de este. Y como hoy me siento generosa voy a compartir la sabiduría adquirida durante los últimos meses para que las nuevas hornadas de monologuistas lo tengan incluso más fácil que yo para ponerse delante del micro.  Abierto. Eso sí.

Los lunes de Feísmo Cool en La Rubia Teatro

Como estamos en España y /o en Cataluña, la semana empieza en lunes. Así que el punto de partida será este open de estética y nombre moderniqui. Feismo cool. Conducido por dos milenials con suficiente ego para llenar la sala con sus chistes marca de la casa, parece que apuestan por la calidad y van a lo seguro, aunque siempre reservan algún hueco para nuevos aspirantes a openmikers. Hay algunos artistas asiduos, como Xavi Daura, que actúan semana sí y semana también. Yo sospecho que Daura vive allí, en la Rubia, justo al lado del MACBA.

Los jueves y domingos la cita es en el Barcelona Comedy Club

Bajo la batuta de un hombre orquesta que parece compartir el don de la omnipresencia con el chico ese que fue crucificado, los chavales del BCC tienen su espacio principal en Inusual Project, una sala bastante pequeña situada también en el Raval, muy cerca de los feísmos. La peculiaridad de estos opens es que a los cómicos que actúan por primera vez les ceden solo tres minutos. Y si no la cagan estrepitosamente pueden repetir con un texto más largo. Eso si son lo bastante rápidos para levantar la mano antes que sus compis en plan “yo la sé” “yo la se” en un grupo de Facebook exclusivo para cómicos.

Sábado sabadete, hacemos un doblete con AJaJeJo y L’Altre Mic

Durante estos últimos meses de restricciones por el COVID los sábados al mediodía han coincidido dos formatos de open mic tan opuestos entre sí como el público que va a verlos. Por un lado, tenemos a un trío de raritos y provocadores que hacen performances en el escenario y cuyo mayor logro (ante el cual me quito el sombrero) ha sido donar todo el dinero de la entrada al Medi, local magnífico para celebrar espectáculos de stand up comedy. No me pregunto que habrán hecho con los ingresos de las entradas los organizadores de l’Altre Mic, en el teatro Almería, un open conducido en catalán por otro trío de cómicos (estos, de la ceba y vinculados a la CORPO, Tv3 y Catalunya Radio) y cuyo mayor logro ha sido ser muy trabajadores.

Cómicos de Barcelona, el open más acogedor

Los sábados por la tarde le toca el turno a uno de los open más amigable y menos elitista de la ciudad. Estos mismos adjetivos sirven para definir a su organizador. Un encanto de persona que ha conseguido llenar sus espectáculos semanales con público de verdad, es decir, ajeno a la escena del stand up comedy. En Gracia.

Las feministas de las Riot y los LGTBI de L.O.C.A Comedy organizan sendos espectáculos en formato open mic de forma regular, aunque no está muy claro ni cuándo ni dónde. De todas maneras, si no eres de utilizar con convicción y hasta la sopa términos tipo orgullo y patriarcado, olvídate de ellos. Ni les interesas ni te interesan.

Los intrusos de Comic Lingus a golpe de ensayo y error

Los (pen)últimos en llegar han sido los cutres de Comic Lingus, que no saben lo que hacen. Se ve que tienen open mic los domingos por la tarde y que organizan un concurso mensual con los mejores de cada semana. Al parecer también tienen un espectáculo los viernes (que empiezan un martes) al que han llamado #tus15minutosdeGloria. Y se rumorea que una vez al mes organizarán un open para tortilleras. El local, situado en Gracia, mola mogollón.

¿Qué es la Fiscalía Comedy? El humor negro, de la mano de un cómico que sabe lo que quiere, se da cita una vez al mes en el espacio Transforma (al lado de la plaza Tetuán). Muy recomendable.

También existen open mics en inglés y en francés y en italiano. Fin de la cita

El talento de los muertos

¿Está mal hablar mal de los muertos? ¿O solamente está mal hablar mal de los muertos que al morir despiertan un sentimiento colectivo de compasión?  En plan compasión nivel leyenda. Pues a mi no me sale no hablar mal de ciertos muertos simplemente por el hecho de que estén muertos. Por ejemplo, Pau Donés. Para mí está claro que la mediocridad de sus canciones no ha evolucionado hacia nada mejor una vez fallecido. Y, al parecer, el cáncer que le diagnosticaron y que acabó con su vida, tampoco mejoró sus habilidades con la pluma.

He leído con estupefacción los veinte mandamientos para ser feliz que el difunto letrista y cantante de Jarabe de Palo nos dejó como legado. Un hermoso intento de desvelar una de las grandes incógnitas filosóficas, si no la que más, que más viene (valga la redundancia) obsesionando al hombre civilizado desde hace muchísimos años.

Y no. No dejó escrito nada interesante. No pongo en duda que sus pensamientos y sus sentimientos no fueran (es decir, fueran) de una clarividencia y profundidad exquisitas. No lo sé. Simplemente, no lo sé. Sí que sé, esto sí, y probablemente debo agradecérselo a él, que no supo expresarlos en sus escritos. Y es que a veces se nace con talento, que al parecer no es el caso, pero nunca se vuelve uno más talentoso por el simple hecho de morir. Ni aunque se muera demasiado pronto. Ni aunque los testigos de esa muerte nos sintamos en la misma medida afortunados y culpables por el hecho de seguir vivos.

Zascas

¡Vaya dos zascas me metieron ayer. En toda la cara.

El autor, un cómico hasta hace cuatro días totalmente desconocido para mí.

Después del segundo zasca dejó de agradarme su humor. De hecho, con el primero ya se había extinguido mi moderado interés hacia su persona.

Lo más penoso es que no me ha quedado claro si intentó hacerse el gracioso o si es un maleducado.

Le fui a felicitar por su monólogo. Su respuesta no merece ser recordada.