Zascas

¡Vaya dos zascas me metieron ayer. En toda la cara.

El autor, un cómico hasta hace cuatro días totalmente desconocido para mí.

Después del segundo zasca dejó de agradarme su humor. De hecho, con el primero ya se había extinguido mi moderado interés hacia su persona.

Lo más penoso es que no me ha quedado claro si intentó hacerse el gracioso o si es un maleducado.

Le fui a felicitar por su monólogo. Su respuesta no merece ser recordada.

Resultados encuesta sobre pensamiento mágico

A falta de las respuestas de la ciudadanía, me atrevo a decir que si crees en Dios y no en el ratoncito Pérez, eres un iluso selectivo

Dopamina

He conocido a alguien. Anda escasa de dopamina, como yo. Dicen.

Hace ya casi diez años le llegó un paquete sin remitente que le cambió la vida. Como a mi. Dicen.

Veinte años no son nada. Dicen.

Veinte, casi, son los años que me separan de J.T. Una persona que ha entrado en mi vida por la puerta grande. Aunque podría ser mi hija, siento que en verdad también podría ser mi hermana. Mi madre. Mi abuela.

Lo que no te mata, te engorda. Dicen. Y ella, aún siendo delgada por fuera, por dentro es una de las personas más gordas que conozco. Gorda de inteligencia, empatía, madurez, honestidad y bondad.

Gracias a su ejemplo, a su admirable fortaleza y a su inspiradora sensibilidad voy a explicar esta historia. ¡Va por ti!

En el año 2013 me diagnosticaron parkinson. Tenía cuarenta y un años y un hijo de tres. No faltaron las lágrimas, pero en el fondo respiré aliviada. Después de un periplo de más de dos años de visitas médicas, de prueba y ensayo en prácticamente todas las disciplinas (incluso recurrí a la acupuntura y la osteopatía) ya tenía una respuesta y, por lo tanto, un tratamiento al que aferrarme para salir del infierno.

Recuerdo perfectamente cuando aparecieron los primeros síntomas. Fue poco después del parto de mi hijo, en 2009. Empecé arrastrando la pierna derecha. Poco a poco las molestias se hicieron extensivas al brazo y la mano, también del lado derecho. Ironías de la vida, a medida que observaba los progresos de mi hijo en su motricidad fina, la mía empeoraba. Tareas tan sencillas como batir un huevo se convirtieron en hazañas imposibles. Aprendí a utilizar el ratón del ordenador con la mano izquierda. Cada vez caminaba peor. Era muy visible y me sentía muy angustiada por lo que pasaba y también por lo que me decía la gente. Un infierno. Viví un infierno. Una vez se confirmó que tenía la enfermedad, empecé un tratamiento con fármacos y recuperé la ilusión de vivir. Ya sé que me repito. Es importante repetir lo que es importante.

Durante todos estos años he aprendido a convivir con una enfermedad crónica, degenerativa y asociada a la tercera edad (cuando no llegas ni a los cincuenta). Lo primero que hago al levantarme es tomarme cinco pastillas. Y a lo largo del día me sigo tomando dosis de dopamina. Sí, una de las características de las personas que tenemos parkinson es nuestra escasa producción de dopamina. Y otras sustancias. Pero lo de la falta de dopamina (la hormona de la felicidad) es lo que es.

El parkinson (mi parkinson) es una lucha constante para no perder el equilibrio. Literalmente. El equilibrio de mi cuerpo para no caerme, el equilibrio entre mi cuerpo y mi mente, el equilibrio emocional, el equilibrio entre las sustancias químicas que figuran en mi receta sanitaria, el equilibrio profesional, sexual, social y, por último, y no por eso menos frustrante, el equilibrio intestinal.

Por mi manera de ser, lo que más me ha costado aceptar a lo largo de estos años ha sido la visibilidad de los síntomas, que acostumbran a manifestarse ante situaciones desestabilizantes o cuando hay un desajuste entre la medicación y tus necesidades. Se supone que esta no es una enfermedad silenciosa. Y sin embargo, para mí, lo ha sido durante muchos años. Y es que las personas que desarrollamos parkinson antes de haber cumplido los cincuenta somos invisibles. Un silencioso 15% que pasa a formar parte de los colectivos olvidados.

Como consecuencia del desconocimiento de la enfermedad y también del desconcierto ajeno por no encajar en el perfil de paciente típico de parkinson, puede surgir el estigma y éste a su vez puede tomar dos direcciones: la lástima y la crueldad.

Ambas suponen un obstáculo más a mi lucha diaria contra la rigidez, la tristeza, la lentitud y el victimismo.

Mi neurólogo y mi psicóloga me animaron desde el principio a tener una actitud positiva. Me ha funcionado. Es la mejor estrategia para llevar una vida “normal”. El 2020, año que, afortunadamente, ya se acaba, ha sido el más duro de todos. He olvidado temporalmente ese importante consejo y he caído en el pesimismo, la depresión y la apatía.

Sé que todo lo que me ocurre no es culpa del parkinson. Y J.T. me lo ha recordado. Sí, convivo con la dichosa enfermedad, pero también tengo muchas otras cosas en mi vida, algunas buenas y otras no tanto, como todo el mundo. También sé que el parkinson me ha cambiado. No solamente la vida. Mi personalidad ha cambiado, mi manera de ser, de relacionarme conmigo misma y con los demás. Ahora tú también lo sabes.

La llamada de mi vida

Llevo años, muchos años, mentalizándome de que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. A mí, a mis padres, a mi hijo, a su padre, a mis hermanos, a mis sobrinos, a mis amistades o, incluso, a mis lectores. Me imagino con el teléfono pegado a la oreja mientras escucho una voz profesional y correcta que me informa de algún triste suceso. Ese día yo ya estaré preparada para ir al hospital, o a la escuela, o a la comisaría, a recoger los restos.

Por defecto, cuando suena el teléfono yo me temo lo peor. Me sucede lo mismo cuando en Twitter veo que algún personaje famoso es trending topic. Automáticamente, mi cerebro interpreta (casi siempre se equivoca, por cierto) que el sujeto en cuestión, con independencia de su edad, profesión y nacionalidad, es noticia porque ha fallecido. Soy tan mala persona que alguna vez, al comprobar que el susodicho sigue vivo y coleando (es decir, dando la chapa) me llevo una buena decepción. No diré nombres. ¡Mario Vargas Llosa! Ups…

En mi vida, como en la vida de todo el mundo, supongo, el teléfono es un instrumento del demonio. No solamente condiciona la manera en que me relaciono con el prójimo, con conversaciones y también con silencios, los cuales curiosamente me dicen más de lo que deseo escuchar, sino que también condiciona mi manera de relacionarme con mis futuros recuerdos. Recuerdos felices de los grandes momentos de gloria y también recuerdos tristes de los otros momentos, probablemente aún más grandes, si cabe, esos que generan una desdicha profunda.

Me pregunto si se ha entendido algo de lo que quiero decir. A ver, simplificando, que es gerundio, para que a nadie le salga humo de la cabeza, me refiero a que algunas llamadas de teléfono nos cambian la vida. Un accidente, el resultado de una prueba médica, un premio, una oferta laboral, una llamada perdida, una muerte, una vida, una amenaza, una vieja amistad, una disculpa, una promesa, una llamada que no llega, una decepción, una despedida, una declaración de amor, una broma, etc.

Dicho esto, después de darle no demasiadas vueltas (si soy sincera) paradójicamente, si tengo que elegir una llamada que me ha impactado, no será ninguna de este tipo. Es decir, no elegiré una llamada por su contenido, si no que lo haré, cuando llegue el momento del balance final, por el sujeto que llamó. Así que me quedo con la vez que hablé Gregory Peck. Bueno, exactamente no me llamó a mí, llamó a su hija Cecilia, que trabajaba en la productora en la que yo hacía prácticas cuando estaba en Nueva York, en el año 2000. Ya me habían advertido de que podía ocurrir, pero aún así sentí una gran emoción, poco propia de mi, por cierto, pues la mitomanía nunca ha sido una de mis debilidades.

Mi canción de hoy

Los buenos humanos

“Es una relación tóxica”. “Está mal de la cabeza”. “A mí que no me vengan con tonterías”. “Ya no tengo edad para esto”. “Eres el propietario de tu vida”. “No tienes porqué aguantarlo”. “Yo no quiero saber nada de gente complicada”.

Esto dicen los buenos humanos en el siglo 21 (al menos en esta parte del planeta) cuando sus amoríos sexuales les dan dolores de cabeza. Me cuesta ser una buena humana. O quizás soy demasiado humana para atreverme a juzgar tan contundentemente las debilidades ajenas.

Los buenos humanos son vehementes y condescendientes. Y muy poco comprensivos. No quieren ser lastimados y arriesgan poco o nada. Carecen de empatía y actúan bajo la premisa, y primer mandamiento del buen psicólogo, de “quiérete a ti mismo sobre todas las cositas”.

Los buenos humanos son tan jodidamente civilizados que convierten el sexo sin amor en un objetivo imperturbable. Ya no vale lo de a veces eres el amante y a veces eres el amado. El amor no tiene lugar entre los buenos humanos. Porque el amor confunde, y nos vuelve locos, impulsivos, nos hace complicados y nos incita a hacer tonterías.

Yo le doy la vuelta y digo: sé generoso contigo mismo, y con los demás, y acepta el hecho de que no ser un buen humano te convierte en un ser incomprendido, pero afortunado. Porque sentir es vivir.

La canción de 28 del agosto para ti

Continua llegint “La canción de 28 del agosto para ti”

El famoso de mi vida

Yo soy de letras. Y en el instituto estudié griego clásico durante un curso. Saqué un cinco (por el culo te la …). Es broma, con lo empollona que era (¿las referencias sexuales me persiguen solo a mi o a vosotros también os pasa?) seguro que saqué un ocho (el culo te abrocho). Bueno, el profesor, el señor Bach, supo enseñarnos a sacar partido de lo que aprendíamos (como habéis visto, en mi caso, fracasó) para entender el significado de muchas palabras con las que nos cruzaríamos en la vida formadas por sufijos y prefijos de etimología griega. Me acuerdo de melómano y de flebitis.


Un día nos habló del término “polirrizo”, que está en desuso (es un adjetivo que viene a significar “de múltiples raíces”) y aunque tiene su origen en la botánica también se emplea para clasificar, o más bien dicho desclasificar, ciertos tipos de verbos que en sus distintas conjugaciones temporales varían de raíz. Bien, pues el señor Bach, que era sabio y muy amable nos instó a encontrar polirizzos. ” ¡Ponga un polirizzo en su vida!” escribió en la pizarra, animándonos a encontrar palabras jerárquicamente (y yo añado, letárgicamente) situadas por encima del resto. Hoy les he pedido a amig@s y conocid@s que buscaran en su vida un famoso, léase persona situada jerárquicamente (y yo añado, letárgicamente) por encima del resto. La respuesta ha sido una pasada. Vais a flipar.


De todas las anécdotas, la que más me ha impresionado ha sido la de una camarada de apariencia francesa y ascendencia rumana que, cuando tenía cinco años, fue la elegida de su escuela para entregar un ramo de flores al mismísimo Nicolae Ceausesco en una visita oficial a una fábrica. Sí, el mismísimo ilustre señor, también conocido, según la Wikipedia, como:

  1. Eminente revolucionario y enardecido patriota.
  2. Genio de los Cárpatos.
  3. Roble de Scornicesti.
  4. Campeón de la Paz.
  5. Hijo más querido del Pueblo.
  6. Gran abanderado.
  7. Brillante conductor del partido y el Héroe país.
  8. Personalidad excepcional del mundo contemporáneo.
  9. Héroe del Trabajo Socialista.
  10. Gran Héroe de la Paz, el entendimiento y la colaboración entre todas las naciones del mundo.

A los padres casi les dio un infarto cuando la niña regresó a casa diciendo que Ceausesco era un viejo chocho que no tenía nada que ver con el hombre de la foto que tenían en clase. Bueno, entiendo que no lo diría así exactamente. Supongo que lo dijo en rumano.


Tampoco está nada mal el repaso que le dan a Ladislao Kubala, un vividor y juerguista que se alojaba en hoteles por la patilla, precisamente el mismo sitio por el que se pasaba las normas de urbanidad y decoro que se exigían en el club de tenis en el que el exfutbolista del Barça practicaba, con gran maestría y sin camiseta, tan noble deporte. Resulta que el encargado de dicho club era el padre de mi colega y relator de los hechos. Y resulta también que cuando a este buen hombre se le hincharon los cojones de aguantar las faltas de respeto de Kubala por el resto de la humanidad que tenía que sufrir su presencia, pelo en pecho y en gallumbos, le invitó abandonar la pista. Nunca regresó. Y comieron perdices.


Una chavala me ha dicho que se lio con Bruce Willis. La cosa es que luego lo ha desmentido y ha concretado que liarse lo que se dice liarse, no se liaron. La susodicha ha puntualizado que lo tuvo muy cerquita, al protagonista de la Jungla de cristal, en el Planet Hollywood de NYC, exactamente a un metro y medio (la distancia de seguridad). Fue en 1994. Y realmente le gusta el tío porque cuando alguien ha puesto en duda el atractivo del actor debido a su frente despejada, no veas cómo ha salido en su defensa para reivindicar la condición de calvo guapo del ex de Demi Moore.


A propósito de guapos, también me han hablado de Eduardo Noriega y de los intentos fallidos de una dama por establecer contacto visual con el actor cántabro en la zona VIP de la Fórmula Uno. La misma dama estuvo al borde de la orden de alejamiento de Joaquín Cortes, al que, después de recriminarle su extremada delgadez y animarle a alimentarse mejor, persiguió montada en una moto mientras él huía despavorido en su coche.


Visto el historial, al final resultará que esta dama, casada con un ciudadano japonés, ha logrado progresar en su relación con éste precisamente gracias a las dificultades iniciales de ambos para comunicarse entre sí. Ahí lo dejo.


Otro pavo real, guapo donde los haya se quedó solamente como pavo (sin el “real”) cuando dos señoritas sin vergüenza alguna le preguntaron el nombre y se conformaron con “Alberto” (sin el “San Juan” detrás) al no reconocerlo del todo. Les sonaba su cara, pero no le acabaron de ubicar. No hubo ni sexo ni autógrafos.


Ahora vamos a ir por bloques: jugadores del Barça y esposas, otras modelos, políticos, músicos y Casa Real.


Disparo:
El Messi de los primeros años sonreía de buena gana cuando los aficionados le pedían que se hiciese una foto con ellos. Ahora son los que tienen esa foto los que no pueden disimular su sonrisa cuando la van mostrando a sus amigos. Y, sobre todo, a sus enemigos.


Piqué y Shakira son un encanto (y ella mucho más guapa al natural). Figo, un chulo de mucho cuidado y su esposa, la modelo Helen Lindes, una belleza natural de las que van con la cara lavada y el culo “apretao”. Puyol luce cochazo al lado de su esposa, modelo también, Vanesa Lorenzo, que cuando vivía en Sant Adrià se ve que ya era un poco estirada la niña. Es fascinante el binomio futbolista y modelo. Y si le añades un coche de nuevo rico, la ecuación ya resulta espeluznante. Wellcome to the brain– free zone!


Seguimos con las modelos, se ve que Judith Mascó es una prepotente de armas tomar y que Martina Klein invitó a sus vecinas de la calle Puigmartí a merendar para que le dieran permiso para hacer unas obras en casa.


Músicos: Tenemos desde el afortunado que ha viajado en el mismo avión que los Strokes el día despues de asistir a su concierto, a la agente de viajes a la que Paco Ibáñez le cantó por teléfono, enterita, “Cartas para Julia”, agradecido por su trato. La emoción le desbordó a la chica a pesar de la frialdad de sus compañeros. ¿Envidia?


Cenar con Paco de Lucía, que te pare Pablo Milanés cuando haces autoestop, tomar algo con Manu Chao. Todo esto ha pasado. De verdad. Aunque no a mí.


La Casa Real son palabras mayores. Imaginaros que estáis en la escuela, aparece en el comedor la infanta Elena (la menos lista y la menos guapa) y se le cae la bandeja allí mismo, delante de todos los alumnos. Pues eso, la chica sigue siendo todo eso y más.


Un amigo me contó que coincidió en un backstage con el príncipe Felipe, antes de ser rey, y que como para él y su colega era una novedad lo de la bebida gratis, los dos cogieron una buena cogorza. Tan buena, que mi amigo se animó a darle una colleja al de la sangre azul, en plan compadre, pero no había ni levantado la mano que se le tiraron encima dos guardaespaldas y le quedó claro que no todos somos iguales, a pesar de lo que diga la Constitución. Mi parte preferida de esta anécdota es cuando mi amigo le dijo al suyo que acababa de ver al príncipe. Y el otro, pensándose que se refería a otro amigo común que tenía el sobrenombre de príncipe, le preguntó: ¿Y cómo ha entrado?

Alexia de Grecia era una asidua del Boulevard Rosa. También allí habían comprado cositas, cuando el centro comercial todavía existía, Julia Otero, Emilio Sánchez Vicario, Chenoa, Elsa Anka, Núria Roca, Gisella y Antonio Resines.

Eduardo Mendoza destaca como el único escritor mencionado. Olé para la afortunada.

Los políticos locales Pujol, Mas y Maragall, son los que la gente tiene más presentes. Todo el mundo los ja visto alguna vez en algún lugar de Barcelona. O de Andorra, vete tu a saber. A nivel internacional, un amigo (el del príncipe) coincidió con Berlusconi en una feria en Milán y para hacer la broma se le cuadró como si fuera un militar. Y Berlusconi estaba encantado. Y mi amigo tiene un problema.

Finalmente, pasaremos revista a los actores y músicos y famosetes catalanes que la gente me ha mencionado. No sin antes aplaudir a Aureli del Pozo por sus cinco segundos comiéndose la pantalla en la última película de Santiago Segura. Ánimos, todavía te quedan catorce minutos y cincuenta y cinco segundos.

Pues bien: Pau Riba, Rubianes, Luís Mauri, los actores de Polonia, el Roger de Gràcia, el Berto Romero, la Isabel Coixet, etc, etc.


Mi padre estuvo comiendo con los actores Arturo Fernández y Analía Gadé. Fue una comida de campaña con motivo del rodaje de la película “La fiel infantería”, que se filmó cuando mi progenitor hacía la mili.

Y ya solo quedan mis famosos. Hay muchos más, pero me centraré en los dos más conocidos universalmente.
Por un lado, tuve el honor de hablar por teléfono con Gregory Peck. Fue en el año 2000 en Nueva York.

Dos años antes, también en NYC, yo ya había coincidido con otra persona muy poderosa y famosa. Bueno, en ese momento todavía no lo era. Pero unos añitos después, su fama explotó en todo el mundo (literalmente). Estoy hablando de Osama Bin Laden, con el que coincidimos en un taller de papiroflexia.
Todavía guardo el avioncito de papel que me regaló.

Aunque igual esto último lo he soñado.