El funeral de mi vida

Voy a empezar este relato con una duda. Cuando me refiero al funeral de mi vida, ¿puedo incluir mi propio funeral o ese sería el funeral de mi muerte? Si hay un lingüista en la sala que tenga clara la respuesta, por favor, que nos ilumine con sus conocimientos semánticos y ponga remedio a este interrogante y duda existencial, nunca mejor dichos.

Y dicho esto (vaya con tanto dicho) voy a empezar por describir cómo quiero que sea mi funeral. Y que quede claro que esto es una primicia en toda regla. Y que quede claro también que, si antes de mi muerte no dejo otras instrucciones al respecto, este documento debería tener la suficiente validez legítima (legal no lo sé ni me importa) para que mi voluntad sea respetada. Y así lo dejo escrito. Es muy sencillo. Lo que yo quiero, cuando me vayáis a despedir, es que en la sala donde tenga lugar el ritual, ya sea el propio tanatorio o un “chiqui park”, se organice una proyección de la película La vida de Brian de los Monty Python y que la gente se vaya de la sala tarareando “siempre mira el lado bueno de la vida” (always look on the bright side of life).

A ver si yo tengo más suerte que mi abuela, que se pasó media vida diciendo que en su funeral no quería recordatorios, que la gente se los dejaba en el banco de la iglesia sin ningún tipo de miramiento. Pues uno por el otro, la casa sin barrer, y recordatorios que te pillo. Increible.

Ya sé que es hablar de muerte y la gente se empieza a poner nerviosa. Nada, que la muerte no nos gusta, no nos gusta nada de nada. Y que igual tendríamos que empezar a meditar sobre el tema y a darnos cuenta de que todos nos vamos a morir. De hecho, pienso que es más fácil aceptar la muerte propia que la muerte de los seres queridos y si no me creéis, os invito a que hagáis el ejercicio de imaginaros ante ambas situaciones.

Como dijo un conocido filósofo (o fui yo…): morirse es una putada. Aun así, a no ser que seas creyente y te hayas portado mal, sabes que una vez muerto ya no sufrirás. Sin embargo, si ahora te planteas como te sentirás ante la muerte de una persona que quieres, también sabes, o intuyes, que sufrirás, no solo por ella y porqué ya no pueda disfrutar de la vida sino por ti mismo y porqué ya no podrás disfrutar de tu propia vida junto a ella. Y ese pensamiento, sentimiento o vacío, dilo como quieras, puede acompañarte hasta el día de tu muerte.

Por ello, en el fondo, pienso que los funerales no son simples convenciones sociales. Son importantes. Opino que para afrontar una pérdida de una manera sana es necesario algún tipo de ritual que sirva de punto de inflexión para aceptar, primero. Con el paso del tiempo, poco a poco, si aceptamos la muerte, seremos capaces de transformar los recuerdos dolorosos sobre esa persona en parte de nuestro propio yo.

Yo he llegado a tan sabia conclusión con el paso de los años y de los golpes que me han traído la vida y la muerte. Solo hace falta mirar atrás y observar la relevancia con la que en todas las civilizaciones los rituales funerarios han estado presentes. O comprender la desesperación de los familiares de personas desaparecidas, que no pueden dar el paso, o hacer el clic, aunque esté más que claro que sus seres queridos y no encontrados ya hayan fallecido.

El hombre (y la mujer) del siglo XXI, en general, se cree más poderoso que nunca a pesar de su pobreza moral, que nunca fue tan pobre. ¿Cómo si no, se puede explicar esa negación de la muerte? Es de traca que seamos tan necios de banalizar las costumbres que la visibilizan y que, y está pasando, dejemos de ir a los funerales de amigos, conocidos o incluso familiares por pereza o por falta de tiempo.

En los últimos años he ido a tres funerales de familiares de tres compañeros de trabajo. Lo que más me sorprendió en dos de ellos fue la presencia cero de otros compañeros y jefes. Gente a la que ves cada día… Es lo que tiene la falta de humanidad y de humanismo. Y la verdad, ambos funerales fueron un espectáculo en sí.

Uno era el funeral de una mujer de 50 años que había estado enferma durante más de diez. Había mucha gente. Todos llorando, excepto el viudo y las hijas. Oficiaban la ceremonia tres curas y uno de ellos lloraba también. Sin poder contenerse. Eso no lo había visto nunca.

El otro funeral era de una señora mayor y los nietos le dedicaron canciones a ella y al abuelo que estaba en el primer banco de la iglesia, tal cual Ernest Hemingway, con la barba blanca y mucha planta. Los chicos hicieron promesas en voz alta sobre temas varios. Y también peticiones. Y hubo uno que incluso se atrevió a cagarse en la Iglesia y exigió que asumieran responsabilidades por errores y daños cometidos. Fue épico.

Una vez asistí a un funeral laico que también fue precioso. Hay que ver la gente como se lo curra. Parlamentos originales, canciones, power points, etc. Y eso que en teoría no tienes mucho tiempo de margen. A no ser que te lo vayas preparando con el muerto en vida. Hablando de eso, y no puedo decir nombres, yo viví y participé de un paripé para un futuro (futuro de entonces, ahora ya es pasado) muerto ilustre. La cosa es que, como venía fin de semana, mientras el pobre hombre agonizaba, un viernes por la mañana ya se lo estábamos organizando todo todito. Y así, cuando el hombre ya estuvo frito, eso pasó dos días después, en domingo, fue solo cuestión de apretar un botón.

En el funeral del padre de una amiga, oficiado por un cura muy cercano a la familia, en el momento de explicar las virtudes del recién traspasado, el prelado insistió demasiado en el hecho de que “a pesar del mal carácter” había sido buena persona. Lo dijo tantas veces lo del mal carácter (era su opinión) que yo creo que a nadie allí presente se le olvidará esa peculiaridad tan subjetiva del difunto y este será injustamente recordado entre los no muy allegados por un rasgo que no es relevante ni significativo ni tan siquiera fiel a la realidad. Sin duda, ese fue un sermón con un desafortunado enfoque.

¿Qué más? Pues en el tanatorio del padre de mi cuñado, hace unos añitos, llegó una señora del OCASO y justo me preguntó a mi si podía hablar con alguien de la familia. Yo que me acerco a él (cuñado) y le digo: —Salvador— indicándole con la mano a la señora. Justo entonces iba añadir que la susodicha venía del seguro de la funeraria, pero Salvador fue más rápido que yo y cuando me di cuenta ya le veo dándole dos besos a la mujer, pensándose que era amiga o conocida o una prima lejana. Si es que en este país los besos los tiramos, no los damos…

Después están los funerales a los que no vamos porqué nadie nos ha avisado. De este tema saben mucho nuestros padres y da mucho de sí. Como se trata de unas batallas que no me van y el asunto no me enfurece particularmente, voy a preguntarle al Carcamal si nos quiere deleitar con una opinión ocurrente al respecto en uno de sus magníficos escritos.

Y no puedo terminar sin mencionar el funeral que nunca llegó a celebrarse. Yo ya sé de lo que hablo, pero no lo voy a explicar aquí. A veces los recuerdos son demasiado dolorosos para ponerles palabras.

La canción del 28 de junio para ti

La canción del día 27 de Junio de 2020

Todo da lo mismo

El regalo de mi vida

Señores pasajeros, abróchense los cinturones de seguridad porqué vienen turbulencias. ¡Vamos a hablar del regalo de mi vida! Eso significa que estamos entrando en aguas pantanosas y será una misión casi imposible salir indemne de este “fregao” en el que yo solita, sin la ayuda de nadie, y por voluntad propia, me he metido. Los que me conocen de cerca ya saben porque digo esto. Y es que hacerme un regalo a mi da miedo. Si no fuera porque casi cada año le toca a mi cuñado el papelito del amigo invisible con mi nombre, no me extrañaría que mi familia tuviera un tinglado montado, como una especie de rifa o votación alternativa para decidir a quién le cae el muerto de los regalos del año. El muerto soy yo. Pero como he dicho, normalmente el agraciado es mi cuñado Josep, que se lo curra un montón, el pobre. Y siempre pienso que no soy lo bastante efusiva. Gracias Josep por las pulseras, collares, bolsos, colonias, pamela, bufandas, secador de pelo, libros y muchas otras cosas más que me has regalado durante años. De todo corazón. Y no es ironía.

La ironía comienza ahora.

Lo de este año tiene traca. Me refiero al regalo de Reyes. Casi supera el juego de toallas que me regalaron en 1998, precioso, pero me llevé un disgusto que ni te cuento. No me preguntéis porqué, ni yo entendí muy bien mi reacción. De hecho, fui yo la que le dije a mi padre por teléfono desde Londres, donde había vivido dos años, cuando estaba a punto de volver: — ¡Papá, te aviso de que voy a tirar las toallas! ¿Me oyes bien? ¡Voy a tirar las toallas! —dije gritando como una loca (en mi defensa quiero que conste el hecho de que estaba muy nerviosa por la vuelta en sí en general y en particular me agobiaba excederme demasiado en los kilos de equipaje permitidos por la compañía aérea). Yo creo que mi padre se lo tomó como una pista. O peor, como una amenaza. Mi disgusto cuando vi las toallas fue tal que me puse a llorar desconsoladamente. Y pasaron días que aún le daba vueltas al tema. Traumatizados, así dejé a mi padre y a su esposa. Creo que a partir de entonces se limitaron a regalar un sobrecito con dinero.

También antológico, pero de otra índole, fue el caso de la pulserita, que perdí el mismo día que me la regalaron. Eso fue en los años ochenta, cuando yo era una adolescente despistada.

Pero como he dicho antes este último año ha sido increíble el tema del regalo de Reyes, insuperable, épico. Para mear y no echar gota. El regalo lo escogí yo misma. No solo lo escogí, sino que lo compré yo misma con mi hermana mayor (pagó ella) y yo vi como lo ponían en una caja y luego en una bolsa y luego nos lo llevamos. Era un teléfono vintage de los años 70, de plástico. De color azul. Monísimo.

Pues jamás en la vida me he llevado una sorpresa tan grande como estas Navidades pasadas cuando desenvolví mi regalo. “¿Cómo puede ser? ¿Cómo se explica eso? Os preguntaréis… Pues lo mismo me pregunté yo cuando abrí el paquete y vi lo que había dentro. Era un teléfono vintage pero de madera y de los años 30. Estaba flipando y la verdad, un poco mucho indignada. Miré a mi hermana mayor con cara de “¿qué-coño-es-esto”? Yo quería mi teléfono y no ese, que era muy bonito, no lo negaré, pero no era el mío. Y mi hermana me hizo señales indescifrables, excepto la de que me callara, ésa la entendí perfectamente.

Pero la cosa no acabó aquí. Le toca el turno de abrir el regalo a mi hermano. Rompe el papel y: ¡sorpresa! allí está mi teléfono. MI TE-LÉ-FO-NO. Vuelvo a mirar a mi hermana y dale otra vez con esas señas incomprensibles. Excepto la de “O te callas o te mato”, ésta la entendí perfectamente.

Otra persona se habría relajado y esperado, para intentar aclarar las cosas, a que todos los humanos allí presentes (muchos) hubieran acabado de abrir sus respectivos obsequios. Lo intenté. Juro que lo intenté. ¡Y lo conseguí (callar y no montar un espectáculo)! Lo conseguí durante cinco segundos enteritos.

Pero en el momento en que oí que alguien le decía a mi hermano: —¡Qué chulo! — refiriéndose a su regalo, o sea, a mi teléfono, no pude seguir con esa farsa. Y exploté: —¡Es mío! — dije un poco (muy mucho) exaltada. —¡No, que es mío, coño! — contestó mi hermano (que flipaba con el regalo, pero supongo que al ver mi exacerbado interés defendió lo que era suyo, por instinto y para joder también, seguro) —Mira, no sé qué ha pasado, pero este teléfono lo elegí yo para mí. Si quieres quédate con el otro, que también es muy chulo —insistí yo bastante nerviosa y con las lágrimas amenazando de hacer acto de presencia.

La cara de mi hermano, y la de las personas que estaban lo suficientemente cerca de los dos como para escuchar lo que decíamos, era un poema. Bueno, más bien la mía era un poema. La suya era dos ojos como platos y la boca más abierta que el culo de Wenceslao. (siempre he sido muy fina yo, desde pequeña).

A partir de aquí los recuerdos son borrosos. No sé cómo transcurrió la “cosa” ni como me enteré de lo que había pasado. Pero me enteré. La “cosa” tiene tela. Resulta que yo le había dicho a mi hermana Julia el regalo que yo quería: un teléfono vintage. Y también se lo dije a mi hermana Mari Carmen, que además coincidió que lo comentamos un día que había venido a Barcelona y como en Lleida igual era más difícil de encontrar decidimos que cerrábamos el tema ya y lo compramos con la idea de que ella avisaría a la familia para ponerse de acuerdo con mi amigo invisible. Se le pasó. Lo de avisar a la familia….

Y a la hora de colocar los regalos le supo mal por mi otra hermana y guardó el bueno. ¿Pero como llegó hasta mi hermano? Pues resulta que su regalo era un sobrecito con dinero y mi hermana y mi cuñado se alarmaron porque no lo vieron. Y entonces recurrieron al regalo que habían apartado. Mi teléfono. Digno todo de un episodio de Benny Hill.

A partir de aquí, cualquier cosa que escriba parecerá poca cosa. (Mucha “cosa” escribo yo…).

A pesar de ello, no puedo dejar de mencionar ciertos regalos que también me han marcado la vida, especialmente uno, el regalo de mi vida. ¿Qué será, será? El padre de mi hijo es de las personas que más ha acertado siempre. Me conoce bien. O me conocía. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de escoger mis regalos. A él le debo los perfumes que llevo y que hacen que la gente me diga: ¡Qué bien hueles! Él me compró un ebook, al que le he sacado mucho rendimiento. Y, sobre todo, el mejor regalo del mundo, nuestro hijo Simó, un gran regalo (envenenado).

Mis amigos me regalaron un álbum de fotos (vacío) y un diario (en blanco) en una fiesta sorpresa que me hicieron antes de irme a vivir a Londres. En enero de 1996. Veinticinco años después ambos están llenos de recuerdos y sobreviven mudanza tras mudanza. Mis hermanos y primos me regalaron un reloj muy bonito en una cena de despedida que organizamos también antes de partir para la Gran Bretaña. Pero yo soy gafe con los relojes y siempre los estropeo. No los rompo, no. Los estropeo. Se paran, se atrasan, se adelantan. Siempre he mantenido una relación muy peculiar con el tiempo. Esto de los relojes debe ser una alegoría del tema.

Mi abuela me regaló su alianza de boda, que también desapareció. Yo es que estoy poco apegada a las cosas materiales. Menos mal….

Mi regalo preferido de la infancia, ya lo he contado muchas veces, fue el puño de Mazinger Zeta. Era un mecanismo muy sencillo (un puño enorme de plástico que llevaba una goma gruesa por dentro de manera que estirabas de la goma, como en un tirachinas y el puño salía disparado) pero que funcionaba.

Libros. Otro gran regalo (aunque a veces los leo y a veces no) que siempre es muy bien recibido. Y discos. Últimamente me han caído algunos de estos. Muchas gracias.

Sin embargo, el regalo de mi vida no es ninguno de los que he mencionado. Seguro. El mejor regalo tiene que ser, sin duda, un regalo que haya hecho yo. Soy generosa por naturaleza y he regalado de todo, incluso mi voto. Y lo volvería a hacer. Y lo volveré a hacer. No específicamente lo del voto, que no lo sé, en general, me refiero.

Humor marrón tirando a gris

Son las cuatro de la tarde y acabo de perder el tren. Por un minuto. Lo veo alejarse mientras me recompongo, con las manos apoyadas en las rodillas y la cintura doblada. Tomo aire y miro a mi alrededor, a ver si localizo la cámara y al actor principal al que tendré besar, porque os juro que esto parece la escena de una comedia romántica. Aunque de comedia no tiene nada. Y de romántica menos. Esto es humor absurdo

Miro a mi alrededor y la presencia de unos cuantos (demasiados) turistas colorados por un exceso de sol y de sangría me empuja a descartar el tema del beso (también me empuja a tirarme a las vías, la verdad sea dicha).

Noto particularmente la presencia de una mirada pegada a mi nuca y me doy la vuelta con un movimiento brusco. ¡ CRACK! Siento como si se me hubiese roto el cuello y me invade una sensación de pánico. Me imagino confinada en una silla de ruedas para el resto de mi vida, como Superman o Stephen Hopkins y empiezo a moverme como si fuese un robot o Frankestein.

Entonces me doy cuenta de que el CRACK no venía de mi cuello si no que procedía de mi trasero. Cuando veo lo que ha sucedido, digo: —¡Mierda!. No, no es lo que pensáis. He dicho mierda como podría haber dicho “joder” o “caramba”. No es nada escatológico, tranquilos, tranquilos, ¡Tranquilidad, por favor! Que me tiro, eh, que me tiro….

Se me acaba de romper la costura de los pantalones situada justo en la zona “gluteal” (mira por donde, me acabo de sacar una palabra de la manga… o más bien del culo).

—Are you okay? — Me pregunta con la mirada el culpable de todo esto, el que me exploraba la nuca mientras yo sopesaba si valía la pena esperar al próximo tren en la estación o me iba de vuelta para mi casa. Había oído hablar de la reacción que tiene tu cuerpo ante la presencia de un estímulo lo suficientemente estimulante como para hacerte reaccionar, pero me había imaginado que si alguna vez me pasaba sería ante el semblante de un fornido bombero, deseosa de que me apagara el fuego que llevo dentro. Ahora bien, que mi culo y mi nuca estén tan compenetrados me da un poco de vergüenza.

Paso de todo y me ato la rebequita que llevo en el bolso, por si en el tren refresca, alrededor de la cintura y me relajo. Ya son las 16:05, ya falta menos.

Viene un tren, que no es el mío, y suben casi todos los pasajeros que están en el andén. Incluído el sodomizador telepático. Me quedo prácticamente sola en la plataforma y llamo a mi hijo, porque estoy aburrida. Y porqué le he echado un montón de menos esta semana. Y al Fortnite también. Mi nariz crece, crece, crece….. ¡Como si no fueses lo bastante larga de nacimiento!

Mientras espero pienso en otros viajes, en otros trenes y en otros tiempos. El viaje a Bologna. ¿Qué ha sido de esa chica de veinte años de esbelta figura y de rostro virginal? Pues parece que me la he comido. Llega otro pasajero, un chico joven muy mono y pongo mi pose MILF. Ni me mira. “¿Dónde estabas hace veinte años?” “Entonces sí que me habrías mirado..:”


—Si quieres me doy la vuelta y me miras la nuca ¡pervertido! —¡Ooops! Parece que esto último lo he dicho en voz alta.


—¿Cómo dice señora? —Responde el gilipollas de milenial este levantando la cejas.


—¿Que si quieres te doy el billete de vuelta porqué yo no lo gasto nunca? ¿Entendido?


—No hace falta. Solo ida. Me las apaño solo —me dice el chico. Y yo juraría que se le cae una lágrima, como bien le explicaré luego a la Policía.

A ver, si a vosotros una persona os dice esas palabras en una estación de tren ¿pues que os imagináis? ¡Pues que se quiere ir de este mundo cruel! Y como habla tan flojo, yo entiendo “No me las apaño” ¿Y que hacéis? Pues lo que haría cualquier persona adulta y progresista. Yo desde que vi Mar adentro, no puedo ver sufrir a la gente de esta manera. Así que cojo carrerilla y le empujo a las vías. Igual me he precipitado.

La cosa es que consigue trepar a la velocidad de la luz justo un segundo antes de que pase el tren. Tiene un ataque de ansiedad. Este chico está muy mal. Y le digo “Agarra lo que te has dejado” y lo vuelvo a tirar. Pero está claro que no es su hora porque se da un porrazo en toda la cara con el tren que está parado en la vía.

Entonces es cuando vienen los bomberos, la ambulancia, la Policía. Como he dicho al principio, esto no es una comedia romántica.

Me quieren poner una camisa de fuerza.
—¿Sabe si también hacen pantalones así de reforzados? —le pregunto al sanitario — Es para una amiga…

La película de mi vida

Se abre el telón, aparece un pelirrojo enseñando el trasero. ¿Título de la película? El cañón del colorado. Toda la vida pensé que esta película existía de verdad, que era un western de esos con música de Henry Mancini y un elenco de “buenos, feos y malos” actores, barbudos y arrugados por el sol, que parecen haber envejecido de repente. Pues resulta que no, que no existe tal flim. Sí, he dicho flim (se lo he tenido que descorregir al corrector tres veces). Y lo he dicho expresamente, para reforzar la idea que quiero transmitir. “Ser o no ser”, como diría Ernst Lubitz ¡Qué más da! Independientemente de si existe o no, de si la he visto o no, podría haberme marcado la vida de alguna manera u otra. El cine es ficción ¿O no?

Siempre me ha gustado mucho ir al cine. Y no me refiero únicamente a la acción de verlo. Me da igual que sean obras de arte (del séptimo) o simples “blockbusters” (que sería el equivalente en su género a los bestsellers literarios), me gusta ir a las salas de cine. Suelen tener la temperatura ideal, tanto en verano como en invierno, por lo que son una excelente elección (elección personal, ahora hablo de mí, luego ya veremos) para buscar refugio ante las inclemencias meteorológicas y las “Crueles intenciones” de uno mismo con el mundo exterior. Si alguna vez desaparezco, antes de llamar a la Policía o a los hospitales, hay “Un lugar en el mundo” donde deberíais buscar primero: en una sala de cine.

¿Qué queréis que os diga? Dentro de un cine me relajo, bueno, no siempre. A veces me descojono. Como cuando un equipo de la agencia donde trabajaba hace muchos años participó en la organización del pre estreno de “Matrix 3”, por encargo de uno de sus patrocinadores, que era un cliente muy importante: Samsung. Cuando se acabó la película y encendieron las luces, no me lo podía creer. No me refiero a la mierda que acababa de ver, eso ya me lo esperaba, sino a lo que había sucedido en la sala.

Todavía tengo grabadas en la retina las imágenes de esos señores vestidos de negro desperezando sus cuerpecitos y practicando ejercicios circulares con la cabeza (bueno, eso sería la niña del exorcista), más bien con sus cuellos. Me pregunto si los coreanos todavía tienen secuelas musculares y si se les occidentalizaron los ojos después de visionar toda la película (in)cómodamente sentados en las butacas de la primera fila del cine Urgell de Barcelona. ¡Les reservamos la Fila 0 en la primera fila! ¿Who’s your Daddy, baby? No me extiendo más porque por mucho que lo intenten vender, Matrix no es cine, es un videojuego de serie B. Y si no que se lo pregunten a los de Samsung, si se les hizo larga o qué.

Pongamos que os pregunto cuál es la película de vuestra vida, o vuestra película favorita o la película que por alguna razón os ha marcado la vida. Pues eso es lo que he hecho antes de sentarme a escribir sobre la mía. Se lo he preguntado a amigos y conocidos, de ambos géneros e incluso a personas amigas de personas amigas. De mi generación. Las mejores respuestas, en mi humilde opinión, son las que salen espontáneamente, como un pedo. En este caso me tengo que quedar con la respuesta de mi amiga G, que se ha salido del guión. Quien lo iba a decir, siempre tan comedida y tan discreta ella… —Solamente se me ocurren películas infantiles—ha dicho — “Pesadilla antes de Navidad”, “Mi vecino Totoro” y “Resacón en Las Vegas” (Toda la saga) — ha añadido G.

Si no recuerdo mal se armó un gran revuelo cuando la infanta Leonor dijo en una entrevista que su director de cine favorito era Akira Kurosava y no sé cuántas barbaridades más. Ahora me doy cuenta de que no puedes juzgar a los “Edukadores” (con K) de los hijos ajenos ni entrometerte en “La vida de los otros”. Solo le pido a Dios que Marcelino, el hijo de G, cuando sea mayor le dé más al pan que al vino. Y que la vida no me sea indiferente. ¡G, “Cuenta conmigo”!

Luego está mi amiga B, que es especial. Pero especial en plan guay. Sobre mi conversación con ella no mencionaré “Titanic” porque sería una lástima tirar por la borda (nunca mejor dicho) treinta años de “Amistades peligrosas” y porqué este escrito no va de desvelar “Secretos y mentiras”. Solamente espero que esto que voy a decir no acabe con dos “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, pero si una persona elige “Rompiendo las olas” y “Qué fue de Baby Jane” como películas favoritas es que es toda “Sentido y Sensibilidad”. Romántica quizás no, aunque sí que es una “Rebelde sin causa” que flipa con “Kill Bill”, les muestra a sus alumnos “La naranja mecánica” y que a cada paso que da “Mar adentro” está pensando en la película “Tiburón”, que dice que es la que más le marcó. Y esta vez se olvidó de mencionar “Ben Hur”, pero ya lo sabíamos de antes. La vio en el cine cuando tenía seis meses y pesar de que dura diez horas, la aguantó enterita. Quien dice meses, dice años. Y quien dice diez horas dice cinco (y no hace falta hacer la rima).

El que más me ha hecho reír ha sido el padre de mi hijo. Ha pasado del “me-lo-tengo-que-pensar” poniendo cara de “esto-no-va-conmigo” a recitarme el catálogo de su videoteca. Primero ha mencionado su obsesión por Steven Spielberg y por los OVNIS: “Encuentros en la tercera fase”, título muy adecuado en momentos de la remontada del coronavirus. Y “ET”…Aiiii… ET…¡Cuánto Lloré! Otras personas (madres de la escuela y monologuistas) han mencionado ET y cuánto les marcó la infancia. Yo lloré mucho por ET, pero no en el cine, porque no me llevaron a verla. Creo que hubo dos niños en España que no la vimos en el cine: yo y Serafín Zubiri. A mí al menos me dejaron hacer el álbum. Lo siento Serafín. Pringao!

Resulta que Jorge Sanz era el actor español que mejor besaba en la pantalla. En los noventa. Y resulta que una vez un amigo extranjero que estaba estudiando español leyó esto en una revista y me preguntó tímidamente ¿qué es la pantalla? Pensando que era una parte del cuerpo. No quise saber que parte se había imaginado. Algún agujero negro. “¿Qué son los agujeros negros?” Le pregunta Woody Allen a una prostituta negra en “Desmontando a Harry”. La definición científica que le da es una de esas frases míticas que permanecen en tu cerebro: Al menos en el mío. La prostituta negra contesta: “Con lo que yo me gano la vida”. Genial.

Se ve que antes de venir a Barcelona, continuamos con el padre de mi hijo, que es argentino, se pensaba que en España solo había gitanos viviendo en caravanas y mujeres libidinosas. Es lo que tiene que Imanol Arias y Bigas Luna fueran el actor y el director más exportados. Ya en la edad adulta ambos coincidimos en nuestra especial predilección por “Todos nos llamamos Alí” del director alemán Rainer Werner Fassbinder. La vimos juntos. Igual que “Fitzcarraldo”, “Esperando la carroza” y “Scary Movie” (Bueno esa la vio solito mientras yo miraba “Pasión de Gavilanes”… ¿Quién es ese hombre?…)

Recapitulando, entre las películas preferidas de la peña hay pocas comedias. ¿Será que estamos condicionados por los Oscar y los rankings ya existentes de las grandes películas de la historia del cine? A pesar de esto, dos varones de distintos ámbitos han coincidido en señalar como primera opción la comedia “Amanece que no es poco”. También ha sido elegida number one “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Otras comedias destacadas, aunque de segundas opciones: “La vida de Bryan” y “Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú”.

Seguimos. Los machos alpha que han participado, desinteresadamente (como el resto), han elegido películas de tíos: “Siete samuráis”, “Testigo de cargo”, “Centauros del desierto”, “Reservoirs Dogs”, “Grupo Salvaje” y Braveheart”, y también una de más unisex: “Pulp Fiction”.

Las respuestas más elegantes: “Con la muerte en los talones”; “París, Texas” y “Blade Runner”. La más esperada y sin embargo poco mencionada: “El Padrino” (la interesada está casada con un siciliano). La más sorprendente: “Lily Marleen”. Las más femeninas: “Los amantes del círculo polar”, “Armas de mujer”, “Amelie”, “Chocolat”, “Dirty Dancing” y “Flash Dance”.

Una diva como dios manda ha defendido su reinado y ha contestado, sin titubear, “Cabaret”. Entre las personas de noble corazón y poco postureo ha triunfado “La vida es bella”. Las que no he visto: “En busca de la felicidad”, Los Intocables” “Cinema Paradisso” y The Bucket List”. Las más políticas: “Before the rain” y “Un lugar en el mundo”. Las más fantástica: “Eduardo Manos Tijeras”. La más indie: “Sexo, amor y cintas de video”. La de más buen rollo: ”Litle Miss Sunshine”. No ha faltado la mención a “Indiana Jones”, “Superman”, “La Historia Interminable” y “Karate Kid”.

Las grandes ausentes, que yo pondría en mi lista: “El ángel exterminador”, “Apocalipsy Now”, “Funny Games”, “Cuentos de Tokio”, “Los Crímenes del Dr. Mabuse” y “Una Historia Verdadera”.

Si me he dejado alguna, se admiten reclamaciones.

Retomo la idea con la que he empezado. Es decir, la idea de que yo elijo como película de mi vida la que me sale de los cojones (que no tengo). La cosa es que quiero terminar con una sonrisa de cine (No he dicho happy ending para no confundir al personal). Se abre el telón y se ve un grupo de gitanos y al final dos policías… – ¿Cómo se llama la película? – Los últimos sus muráis. Fin

El hombre de mi vida

Eres el mar cuando se enfada, eres la noche iluminada, eres como el río que va regando el amor mío agapimú, agapimú, agapimú

Manolito

      Pues sí. El hombre de mi vida se llamaba Manolito. Y era de Madrid. Y si hablo de él en pasado no es porque ya no sea el hombre de mi vida ni porque yo sepa que ya está muerto, que no lo sé (aunque tampoco tengo ninguna certeza de que no lo haya hecho, lo de morir, me refiero). Pues eso, que hablo de Manolito en pasado porque a estas alturas supongo y espero que ya no le llaman así, con el diminutivo. Manolito ya tiene casi cincuenta tacos, o sea, es ya un señor mayor y lo de Manolito como que ya no.  Ahora debe ser Manolo, o Manuel, o Manuela. No lo sé, la verdad, pero no se me ocurre que nadie nacido en los setenta y que haya logrado sobrevivir a Michael Jackson, David Bowie, George Michael y a Bono (que públicamente está muy muerto) se pueda seguir llamando Manolito.

No, no, no. Si alguna lectora piensa que existe una relación entre las muertes (o no muertes) sobre las que acabo de escribir, que quede claro que no la hay. Es que me voy por las ramas… De Bowie y de George Michael no diré nada, pero ¿Michael Jackson? ¿Bono? “Ecs” No quiero ofender a nadie pero preferiría morir virgen y rodeada de gatos a vivir con la idea de que cualquiera de ellos dos es, o ha sido, el hombre de mi vida. Aunque si a pesar del repelús que me provoca la idea, si aun así, porque una no puede realmente luchar contra sus sentimientos, digo yo… Pues eso, que si en lugar de Manolito mi hombre hubiese sido Bono, o si mi Manolito y Bono fuesen la misma persona, para ser más fieles a lo que realmente pasó y a la edad que teníamos, quizás deberíamos también usar el diminutivo de Bono. Pero con mayúscula y obviando lo del Norte para no caer en chistes fáciles, que aquí somos todos inteligentes.

Sólo hablé con él una vez. Me refiero a Manolito. Olvidémonos de Bono, por favor (que gustazo da poder decir eso sin parecer un bicharraco). Y si os digo la verdad, no recuerdo si le vi más veces o sólo fue una. A Manolito. Supongo que nos cruzamos en muchos momentos. Yo solo me acuerdo de ese día en el bar. De hecho, pasó hace tantos años, exactamente en el verano de 1979, yo tenía 7 años, que a veces pienso que podría ser perfectamente un falso recuerdo mío. Esta idea me obsesiona últimamente. Pensar que el hombre de mi vida es producto de mi imaginación es como admitir que esto del amor romántico es un pensamiento tan mágico como la creencia en los Reyes Magos, que al final resultan ser los padres. Pues igual no es tan mala idea, quitándole el componente sexual, evidentemente, que los hombres de nuestras vidas sean nuestros padres, que al final siempre están allí, llamándonos guapas y listas y valientes de manera incondicional.  

Falsa memoria o no, yo he venido aquí a hablar de mi Manolito y eso es lo que voy a hacer.  Recuerdo que ese fue el verano que aprendí a nadar.  Y lo aprendí de golpe después de meses de dar clases en las que no acababa de entender el mecanismo natural que tenía que activar para que mi cuerpo flotase. Tuve un susto de muerte. Voy por partes. Durante el curso escolar había ido a clases de natación después del cole. Nos llevaban en un autocar hasta el Sícoris club, que estaba en la otra punta de la ciudad. El trayecto duraba menos de diez minutos pero era impensable que ninguna persona pudiera hacer ese camino andando en una localidad en la que todo el mundo usa el coche para casi todo y en la que en los meses de invierno no se ve nada debido a la niebla que se hace omnipresente de noviembre a febrero.  Y cuando digo nada es nada. Parecía un suicidio plantearse el ir al curso de piscina andando. Desde luego era mucho más seguro (léase la ironía) ir en un autocar a toda pastilla, con toda esa niebla y con cuarenta niñas medio sentadas y gritando y cantando. A veces pienso que es un milagro que la generación del EGB sigamos vivos o enteros. Es de tesis doctoral la cantidad de accidentes domésticos y las leches que nos dimos en parques y escuelas. Y es realmente curioso que no haya más lisiados: mancos, cojos, quemados. O que todavía podamos caber en una talla europea de pantalones… Y es que entre los fosquitos (regalos y pastelitos) y los donuts, que había que comérselos de dos en dos, se me ocurre que lo nuestro fue una declaración de guerra o de amor al colesterol malo.

La verdad es que la niebla es muy espesa y hace cuarenta años todavía lo era más. La cosa mejoró, un poquito, cuando se canalizó el río después de la riada de 1982. Pasó por la noche. Yo justamente estaba soñando que se quemaba la ciudad… Seguramente fue una casualidad.  Lo raro es que mi padre me confesó años más tarde que esa misma noche él había soñado que se ahogaba gente con aspecto indígena y que pensó que se trataba de algo que había visto por la tv… Da miedo.

La crecida del río fue tan bestia que el agua llegó hasta el casco antiguo e inundó muchas calles e incluso algunas casas. Yo entonces ya sabía nadar.

Volviendo al tema, cuando yo realmente tuve conciencia de que podía flotar y de hecho lo conseguí, yo solita, fue durante esas vacaciones en Benicássim en las que conocí a mi Manolito. Y no es una metáfora, hablo literalmente. Gracias a la sal y a las olas del mar, que  balanceaban mi cuerpo, me fue mucho más sencillo poner en práctica los consejos que me habían inculcado unos meses antes los monitores de la piscina. Y es que aprender, siempre se aprende algo.

No es que yo tuviera miedo de ahogarme, aún no, lo que pasaba es que era patosa. Dice mi padre que cuando era pequeña no le tenía miedo a nada, cosa que ahora, ya de mayor, me gusta y me disgusta a la vez. Me gusta porque va con mi naturaleza actuar de vez en cuando de manera impetuosa y poco meditada. Me disgusta porque he oído decir que tener miedo es un rasgo de inteligencia. Como soy lo bastante inteligente como para no cuestionar esa teoría y no revelar mi lado más vanidoso voy a defenderme confesando que sí que tenía miedos y que los camuflaba detrás de una gran coraza de sentido del humor, orgullo y rebeldía. Mis dos miedos principales eran los misiles rusos y los americanos también. Después venía el miedo a los niños varones. Yo iba a una escuela de niñas. Solo niñas. Y a pesar de mi demostrada e infinita “valentía” me daba mucha vergüenza hablar con niños y mantener la compostura. Quizás por eso lo de Manolito fue tan especial e inesperado.

Antes  del “incidente” no le temía al agua, o al menos no  de manera consciente. Después de ese inolvidable acontecimiento, mis miedos fueron creciendo y creciendo y ahora le tengo miedo al agua, al fuego, al aire, a la soledad, a morir.

El incidente ocurrió una tarde cualquiera de agosto de 1979, en la piscina del camping. Casi me ahogo. Todavía siento esa sensación de que te vas para abajo y de que estás tragando agua. Me gustaba jugar a lanzarme a la piscina y caer justo dentro del flotador. Lo había hecho muchas veces pero en una no acerté el agujero y me fui toda yo para el fondo. Mi hermana mayor se lanzó para ayudarme y yo me agarré de su larga melena, lo que provocó que ella se soltara del daño que le hacía. Fueron unos segundos larguísimos hasta que nos sincronizamos.

Fue traumático. A veces hay que tocar fondo para salir a la superficie y ver el mundo con otros ojos. Yo toqué el fondo de la piscina y luego tuve mi recompensa. Manolito me escogió a mi, a la pequeña del clan, al último mono de la familia. Yo era un pollito vergonzoso al que continuamente confundían con un niño porque llevaba el pelo corto, sin pendientes, y siempre tenía las rodillas peladas. Manolito era dos años mayor. Tenía la edad de mi hermana mediana (no hablo de la de la piscina, esa era la mayor, que ya tenía catorce años, me refiero a la del medio). Y, si no me equivoco, era un año mayor que mi por entonces hermanastra.

Fuimos las tres (hermana del medio, hermanastra y servidora) al bar del camping y nos situamos alrededor de una de esas máquinas del demonio que nos gustaban tanto. Y allí estaba Manolito también, con algún amigo o hermano. O solo. Vete tu a saber. Tenían la radio puesta. No me acuerdo de todas las canciones que sonaron aquella tarde pero podían  ser perfectamente Ana Belén y su pegadiza Agapimu, Miguel Bosé y su Super superman, o Patrick Hernández, con su gran hit Born to be a live.

Manolito era de Madrid. —De Vallecas— dijo. —Y soy del Rayo Vallecano— añadió. También supe luego que tenía nueve años. Sonreía. Tenía una sonrisa cautivadora. De verano. Su manera de sonreír, como su manera de hablar, de peinarse, de vestir, todo era verano. Parecía parte de la decoración de ese bar nuevo y práctico de colores alegres y diseño moderno, con mucho plástico. Él era alto y llevaba un bañador rojo. Imaginad al típico niño español preadolescente pero más alto, más guapo y más listo.

Y no sé por qué de repente me regaló una moneda de un duro para que jugara yo a la máquina. ¡Sí señor!, dinerito fresco… Sé lo que estáis pensando: ¡Como a una fulana!. Pues yo no lo viví así. Fue un momento mágico. En el bar estaba sonando, otra vez, Agapimú, de Ana Belén. Y se paró el tiempo. Se congeló la imagen de los críos pidiendo helados y de sus padres y madres bebiendo cerveza y bitter kas. Me la regaló específicamente a mí. No dijo que era para todas. Me la puso en la mano. En mi mano. Percibía la envidia en los ojos de las otras niñas. Intentaron convencerme para que nos lo gastásemos al momento. No quise. El duro me lo guardé y todavía lo conservo.

Cuando nos vimos con mis padres y hermanos a la hora de cenar deseaba desesperadamente que mi hermana o hermanastra, que habían presenciado la escena (yo lo viví como si se tratase de una declaración de amor eterno) explicaran la anécdota. Lo hicieron rápido y sin concretar y el único que le dio un poquito de importancia y me hizo algunas bromas fue mi hermano. Yo necesitaba hablar del tema. Quería hablar del tema. Viéndolo en retrospectiva debería haberme preocupado ese comportamiento mío. Pero yo era una niña y mis pensamientos me los guardaba para mí. Igual que el duro.

A lo largo de mi vida he pensado mucho en Manolito y en su bañador rojo. Nunca más lo volví a ver.  Mejor. En ese recuerdo mando yo. Un recuerdo bonito, en minúsculas, que se mantiene fresco en un lugar privilegiado de mi memoria selectiva.

Quizás por eso Manolito siempre será el hombre de mi vida. El hombre que nunca me pidió nada a cambio y que ya no podrá decepcionarme. 

Me pregunto, a veces, si se habrá casado o seguirá soltero, como yo, anclado en el pasado e incapaz de superar ese lastre. ¿Será calvo ya o ya tiene canas? ¿De qué trabaja? ¿Cabe en una talla europea de pantalones? ¿Será manco o cojo o ciego? ¿A que dedica el tiempo libre? ¿Le gustará U2? ¿Estará vivo? ¿Todavía usará el dinero para relacionarse con las mujeres?¿Sabrá él que coño significa Agapimú?

Ajá, ajá

—¿Si? — dije. Y automáticamente, cerré los ojos. Quería focalizar todos mis sentidos en uno. Pero la verdad, no entendí nada de lo que me estaba contando la voz que había al otro lado de la línea. A veces me olvido de que estoy medio sordo, cada vez más. Sobre todo, estos días, encerrado aquí en casa, solo, hablando solo. Como yo a mi me oigo perfectamente, pues no me acuerdo de que a los otros no les entiendo.

—Si — dije de nuevo, esta vez asintiendo, como si realmente estuviera siguiendo la conversación. No tenía ni idea de quien me estaba hablando ni de qué me estaba hablando.

Tampoco es que reconociera el número que salía escrito en la pantalla. Es tan chiquita la letra, que yo nunca miro lo que pone. ¿Qué queréis que os diga? Cuando uno ya tiene casi ochenta años, pues ha visto muchas cosas y la verdad mis ojos ya no dan más de sí. Podría ser un 6 o una J, ni lo intento, qué más da. Pero eso no se lo digo a mis hijos. Cuando me operaron de cataratas pensé que mejoraría y volvería a distinguir a las mujeres feas de las guapas, pero me hicieron un desastre y los reflejos me ciegan. Y luego está esa mosca que viene y va. Hace un par de años cometí un casi fatídico error, casi, y se lo comenté al médico. Casi me confiscó las llaves del coche. Casi. Así que me dije, “Manolo, si quieres seguir conduciendo, calladito estás más guapo”.

—¿Cómo dice? — pregunté. Esta vez, mi interacción resultaba totalmente cierta. Y se hizo un silencio ensordecedor. “¡Qué lástima!” pensé…Van a colgar, me he precitado, se han dado cuenta. Estas llamadas me hacen compañía, aunque no tenga ni puñetera idea de con quién hablo, porque soy viejo y estoy más sordo que una tapia.. pero este es mi secreto. Lo de que soy viejo es obvio pero lo de la sordera, intento disimularlo.

También intento disimular este insufrible dolor de piernas que pone a prueba mi mente y mi cuerpo. A cada pinchazo, veo una estrella. Pero no una de esas estrellas fugaces, no, una estrella con pinchos. Pero yo no me quejo. Una vez se lo insinué a mi hijo, y al dia siguiente ya estaba la familia entera reclamando la silla de ruedas de la abuela que habían prestado a un primo segundo. Casi me la meten en casa. Casi. Así que me dije: “Manolo, si quieres seguir en pie, calladito estás más guapo”.

— Sí, sí — le dije de nuevo a la voz. Con firmeza y controlando los tiempos. Mientras diga que sí, vamos bien. A la que diga que no, se acabó. Una vez cometí el error de llevarle la contraria a mi nuera, que se sacó un cursillo online sobre leyes (el máster en maldad lo tenía de antes, presencial), y a los cinco minutos ya estaban iniciando los trámites para incapacitarme delante de un juez o de un notario, lo que encontraran abierto. Casi lo consiguen. Me salvé por la campana. Literalmente. Se les había roto la campana de la cocina y cambiaron la cocina entera, baldosas incluídas, gracias a un generoso donativo que salió de mi bolsillo, con mucho gusto. Y yo me dije, “Manolo, si quieres seguir existiendo (pues como dijo Descartes, “cogito ergo sum”) calladito estás más guapo”.

—Ajá, ajá — pronuncié despacio y guturalmente. Este recurso es realmente útil, pues no das a entender nada en concreto y sin embargo, está claro que escuchas. Clarísimo. Desde luego. Por supuesto. Y casi al unísono, colgamos los dos, satisfechos.

Suspiré “¡Qué absurdo todo!” pensé. Y me vino la tristeza de la soledad y la añoranza. Pensaba en Encarna. ¡No sabéis cómo la echo de menos! Ella era mis ojos y mis oídos y mis piernas. Una vez cometí el error de llorar delante de mi familia porque estaba triste y casi, casi, me internaron en un sanatorio por depresión. Por miedo a que me suicidara. Ese día me alegré de estar sordo, ciego, cojo, loco y triste. Definitivamente.

Después de colgar, encendí la tele. Hablaban del Coronavirus. No me hacía falta ni ver ni oír para saber eso. Del Coronavirus y de nuestros mayores. De sus mayores. De sus queridos mayores.

—“Manolo, déjalo aquí, que calladito estás más guapo”…