Elefanta a la sala

textos creativos

A lo largo de mi ya extensa, en el espacio y en el tiempo, existencia (soy una señora con derecho a, y suficientes arrugas para, recibir el tratamiento de usted), pues no recuerdo yo en todos estos años haber asistido a muchos conciertos, más bien pocos. Aun así, seguro que he ido a muchos más de los que alcanzo a recodar. De hecho, ha sido empezar a escribir y me están viniendo a la cabeza flashes de aquí y de allí de recitales que tenía aparcados en el hemisferio cerebral del olvido.

A los Pet Shop Boys los vi dos veces. Y no es que me mate el grupo, pero las circunstancias, ya se sabe. También a Pulp los vi dos veces, en el 95 i en el 2002, en el primer Primavera Sound del Pueblo Español. El concierto clandestino de Saint Étienne fue guay, igual que el de las Chicks on Speed, que organizaron una movida privada en un barco. Fui con el padre de mi hijo (el niño todavía no había nacido). Con él también vi a Fermín Muguruza. ¡Y qué calvario! (El concierto, por supuesto) y al argentino Kevin Johansen. Bailé con Patrick Wolf y con Hello Cuca, me balanceé ligeramente de un lado para el otro con Brett Anderson, (ex vocalista de Suede) y con Alaska o Fangoria o la madre que la parió. Permanecí inmóvil y aguatando la respiración en los conciertos de los Magnetic Fields. También tuve que aguantarla, la respiración, la vez que estando en NYC quedamos con Claudia del grupo Magnetic Fields (que acabo de mencionar) y nos llevó a su casa donde el olor a caca de gatos y el desorden de su guarida rallaban la delgada línea existente entre el ser bohemio y el ser un cochino bohemio.

Mi experiencia más penosa tuvo lugar en las fiestas de Lleida. En mayo de 1989. Yo tenía dieciocho añitos y la presión baja. La cosa es que después de aguantar más de una hora, o dos, mental y físicamente a unos teloneros de mierda y de aguantar al mismo tiempo, también mental y físicamente a una chica que se apoyaba en mi espalda con toda su inmensidad, me empecé a encontrar mal. Salí para que me diera el aire, pero el “timing” fue tan inoportuno que justo perdí el conocimiento, y la dignidad, en el preciso momento que salía al escenario el cantante de Duncan Dhu. Me desperté en brazos de un chico de la cruz roja. ¿Cuándo abrí lo ojos me dijo —“¿Y yo, no te impresiono?

La memoria es una gran compañera de viaje, nunca nos traiciona intencionadamente. Pero a veces nos falla, como los amigos, y pienso que hay que saber perdonarla y también cuidarla y alimentarla, eso sí, en su justa medida. Está claro que todos y todas tenemos memoria selectiva. Sobre todo, todos. Es decir, sobre todo, ellos. Su memoria es tan selectiva que demasiadas veces no se acuerdan de ellas, es decir, nosotras. Pero ese es otro tema. Volvamos a la música y a los momentos más vibrantes y brillantes que he presenciado encima de un escenario. Bueno, para ser exactos, yo los he presenciado debajo del escenario, o frente al escenario, nunca encima.

¡Miento!

Me hubiera gustado borrar de mi listado de hechos vergonzantes la vez que salí a cantar, de forma impulsiva y maliciosamente animada por mi prima Esther y mi hermana Julia, la canción de la Masovera ante un recinto repleto de personas humanas (más bien machistas, todo sea dicho) que habían ido, que habíamos ido, a ver una proyección especial de la serie de animación del momento: Mazineger Z… ¿A quién se le ocurre? A mí, claro.  Sucedió en el intermedio o en el final, da igual ahora. Allí estaba mi yo de ocho o nueve años, con un vestido verde, y con ese hilillo de voz que sale con los nervios, asesinando una canción que habla, en modo acumulador, de lo que compras cada día en el mercado. Empecé cantando el lunes con mucha energía, pero la voz fue decayendo y el jueves el tema ya era patético. Pero la acabé. No sucumbí. Había premios suculentos para los tres primeros.  El ganador iba a grabar una canción en la radio. Evidentemente, me llevé una lagartija de goma, y no merecía más. Interpreté la canción como el culo y además la Masovera había sido una elección poco acertada para la ocasión. Poco acertada. Punto. (Para cualquier ocasión). Tampoco el público estuvo acertado con el reparto de aplausos, y por extensión, con la decisión de los que lo habían hecho mejor. Era la audiencia presente la que elegía a los ganadores. Los tres concursantes con más aplausos daban un paso al frente. Todo muy visual. Y muy auditivo.    

¿Os podéis creer que de los diez enanos y enanas (en sentido figurado) que actuamos solo tres eran varones? Hasta aquí supongo que sí que os lo podéis creer. ¿Pero cómo interpretáis que precisamente ellos, los chicos, fueron los tres más aplaudidos y cada uno en su turno procedió a colocarse, de acuerdo con la ovación recibida un paso o dos más avanzado en el escenario? De hecho, en mi campo de visión, y en el de mis colegas sin pene, lo único que aparecía era el culo de los niños.  Estábamos todas allí, de pie, con nuestra lagartija de goma, sonriendo sin ganas y aprendiendo una lección vital. Está claro que si no tienes pene no te comes ni un rosco en esta vida. Y con la mirada fija en esos tres culos estuve yo esperando que no cesaran los vítores y las palmas de los adultos que teníamos enfrente, para ver si con tanto paso y tanta tontería avanzaban hacia adelante y se caían de la tarima en medio de una gran ovación. Por qué es verdad que yo canté peor que nadie, pero hubo otras niñas que se merecían un mayor reconocimiento del público. Dicho queda.

Sin duda alguna ese no fue el concierto de mi vida. Tampoco lo fue el de Morrissey en Nueva York a finales del milenio pasado, creo que exactamente estamos hablando del mes de noviembre del año 1999. Estuvo espectacular, magnífico, excelente. Dicen. Yo tenía entradas, pero al final no fui. Me recuerdo a mí misma, sentada en un Barnes & Nobles en el barrio de Chelsea, vestida de negro y con unos quilos de más. Más que al llegar, no me refiero a sobrepeso, tranquilos… (como si alguien se hubiera puesto nervioso por eso, tu estás tonta o qué…). Los quilos fueron gentileza del American way of life. Así estaba yo, debatiéndome, decidiendo en mi cabeza, entre yo y él. Fui imbécil. Vendí las entradas porque la persona con la que iba a ir tuvo un percance y me supo mal ir sola y que él se lo perdiera. “Esa generosidad absurda hay que controlarla”, me dice mi psicóloga (ella no dice absurda). Evidentemente me arrepiento mogollón de no haber asistido, pero probablemente, lo volvería a hacer. O quizás no.

La fecha mágica que aquí nos interesa es el veinte de noviembre de 1995 a las 22h. Pagué 2.000 pesetas por la entrada anticipada. Lo recuerdo perfectamente, fue en la sala Zeleste de Barcelona. Fui con un amigo y una amiga (que se compró la camiseta más chula del mundo). El mejor concierto de mi vida. Era un lunes y tuve a Jarvis lo suficientemente cerca como para derretirme con y ante esa voz suya tan sexy. Al mismo tiempo lo tuve lo bastante lejos como para que no se cayera el mito, más bien sería el mitito. Porque yo nunca he sido mitómana (no me refiero a mentirosa, que es la acepción que emplean los argentinos, y eso sí que lo he sido un poquitín, por eso del efecto ejemplo, de las monjas). Creo que nunca he admirado a nadie por encima de mis (y de sus) posibilidades. Mi fascinación por el cantante larguirucho de Pulp es lo que más se ha aproximado a cualquier tipo de mitificación humana.

Pues bien. Recuerdo que cuando acabó el recital lo califiqué de sublime. ¿Estamos todos de acuerdo que lo dije en un ataque de vehemencia verbal alentado por la descarga adrenalínica que recién había experimentado? Había abandonado mi cuerpo y mi alma al ritmo de “Disco 2000” (que ya sé que suena como el Gloria, faldas en el aire, pero me da igual) y de “Babies” que es el título de la canción en la que todos gritamos “Do you remember de first time?”

Un buen día para recordar las palabras de mi amigo. Si. Las palabras. No cualquier palabra. Un par de años antes, más o menos, tuve una conversación con él en la que literalmente me dijo que sentía que tenía que dedicarse a la música, que esa era su misión en la vida. Y no me reí. Menos mal, porque resultó ser verdad.

Pues bien, ese día, el día de Pulp, mi amigo conoció a su media naranja musical (su primera media naranja). El nuevo era un chico extraño y fascinante al mismo tiempo, que nos agarraba de la manita por la calle y que hablaba a la velocidad del rayo. Decía muchas cosas por minuto. Algunas pedantes, otras, interesantes y muchas, entretenidas. En cualquier caso, ese día algo cambió en la vida de los dos chicos de prodigiosa inteligencia y talento musical.  Entre ambos acabarían formando Astrud. Así empezó todo.

Mi amiga y yo seguimos con los pies en el suelo. Fans incondicionales, pero nunca grupis. ¿Cómo vamos a ser grupis? Ni se me pasa por la cabeza. Eso sí, conciertos de Astrud a tuti plen. Incluso uno en Galicia, en Villagarcía de Arousa, donde tuve el honor de ser invitada para viajar con el grupo porque les sobraba un billete de avión. Volé con el nombre de Manolo Martínez Martínez. Olé mis huevos.

Dos meses después del concierto de Pulp yo me fui a vivir a Londres y corté el cordón, el umbilical.  Más bien, creí que lo cortaba, pero existen lazos que uno hace en la adolescencia que con el tiempo se demuestran irrompibles. De esos dos años en la ciudad de los pubs y de los parques guardo mi mejor tesoro. Todas las cartas que recibí. Si pasaba algo extraordinario (entendido como fuera de lo ordinario) me enteraba a través de varias personas con sus propias visiones y roles. Era como un collage o un puzle de hechos, sentimientos y opiniones que se cruzaban y entrelazaban hasta formar un todo. Señores ladrones, si me quieren robar, róbenme las joyas (haberlas haylas) o los tuppers, pero dejen que mis cartas descansen en paz.

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