Elefanta a la sala

textos creativos

Se abre el telón, aparece un pelirrojo enseñando el trasero. ¿Título de la película? El cañón del colorado. Toda la vida pensé que esta película existía de verdad, que era un western de esos con música de Henry Mancini y un elenco de “buenos, feos y malos” actores, barbudos y arrugados por el sol, que parecen haber envejecido de repente. Pues resulta que no, que no existe tal flim. Sí, he dicho flim (se lo he tenido que descorregir al corrector tres veces). Y lo he dicho expresamente, para reforzar la idea que quiero transmitir. “Ser o no ser”, como diría Ernst Lubitz ¡Qué más da! Independientemente de si existe o no, de si la he visto o no, podría haberme marcado la vida de alguna manera u otra. El cine es ficción ¿O no?

Siempre me ha gustado mucho ir al cine. Y no me refiero únicamente a la acción de verlo. Me da igual que sean obras de arte (del séptimo) o simples “blockbusters” (que sería el equivalente en su género a los bestsellers literarios), me gusta ir a las salas de cine. Suelen tener la temperatura ideal, tanto en verano como en invierno, por lo que son una excelente elección (elección personal, ahora hablo de mí, luego ya veremos) para buscar refugio ante las inclemencias meteorológicas y las “Crueles intenciones” de uno mismo con el mundo exterior. Si alguna vez desaparezco, antes de llamar a la Policía o a los hospitales, hay “Un lugar en el mundo” donde deberíais buscar primero: en una sala de cine.

¿Qué queréis que os diga? Dentro de un cine me relajo, bueno, no siempre. A veces me descojono. Como cuando un equipo de la agencia donde trabajaba hace muchos años participó en la organización del pre estreno de “Matrix 3”, por encargo de uno de sus patrocinadores, que era un cliente muy importante: Samsung. Cuando se acabó la película y encendieron las luces, no me lo podía creer. No me refiero a la mierda que acababa de ver, eso ya me lo esperaba, sino a lo que había sucedido en la sala.

Todavía tengo grabadas en la retina las imágenes de esos señores vestidos de negro desperezando sus cuerpecitos y practicando ejercicios circulares con la cabeza (bueno, eso sería la niña del exorcista), más bien con sus cuellos. Me pregunto si los coreanos todavía tienen secuelas musculares y si se les occidentalizaron los ojos después de visionar toda la película (in)cómodamente sentados en las butacas de la primera fila del cine Urgell de Barcelona. ¡Les reservamos la Fila 0 en la primera fila! ¿Who’s your Daddy, baby? No me extiendo más porque por mucho que lo intenten vender, Matrix no es cine, es un videojuego de serie B. Y si no que se lo pregunten a los de Samsung, si se les hizo larga o qué.

Pongamos que os pregunto cuál es la película de vuestra vida, o vuestra película favorita o la película que por alguna razón os ha marcado la vida. Pues eso es lo que he hecho antes de sentarme a escribir sobre la mía. Se lo he preguntado a amigos y conocidos, de ambos géneros e incluso a personas amigas de personas amigas. De mi generación. Las mejores respuestas, en mi humilde opinión, son las que salen espontáneamente, como un pedo. En este caso me tengo que quedar con la respuesta de mi amiga G, que se ha salido del guión. Quien lo iba a decir, siempre tan comedida y tan discreta ella… —Solamente se me ocurren películas infantiles—ha dicho — “Pesadilla antes de Navidad”, “Mi vecino Totoro” y “Resacón en Las Vegas” (Toda la saga) — ha añadido G.

Si no recuerdo mal se armó un gran revuelo cuando la infanta Leonor dijo en una entrevista que su director de cine favorito era Akira Kurosava y no sé cuántas barbaridades más. Ahora me doy cuenta de que no puedes juzgar a los “Edukadores” (con K) de los hijos ajenos ni entrometerte en “La vida de los otros”. Solo le pido a Dios que Marcelino, el hijo de G, cuando sea mayor le dé más al pan que al vino. Y que la vida no me sea indiferente. ¡G, “Cuenta conmigo”!

Luego está mi amiga B, que es especial. Pero especial en plan guay. Sobre mi conversación con ella no mencionaré “Titanic” porque sería una lástima tirar por la borda (nunca mejor dicho) treinta años de “Amistades peligrosas” y porqué este escrito no va de desvelar “Secretos y mentiras”. Solamente espero que esto que voy a decir no acabe con dos “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, pero si una persona elige “Rompiendo las olas” y “Qué fue de Baby Jane” como películas favoritas es que es toda “Sentido y Sensibilidad”. Romántica quizás no, aunque sí que es una “Rebelde sin causa” que flipa con “Kill Bill”, les muestra a sus alumnos “La naranja mecánica” y que a cada paso que da “Mar adentro” está pensando en la película “Tiburón”, que dice que es la que más le marcó. Y esta vez se olvidó de mencionar “Ben Hur”, pero ya lo sabíamos de antes. La vio en el cine cuando tenía seis meses y pesar de que dura diez horas, la aguantó enterita. Quien dice meses, dice años. Y quien dice diez horas dice cinco (y no hace falta hacer la rima).

El que más me ha hecho reír ha sido el padre de mi hijo. Ha pasado del “me-lo-tengo-que-pensar” poniendo cara de “esto-no-va-conmigo” a recitarme el catálogo de su videoteca. Primero ha mencionado su obsesión por Steven Spielberg y por los OVNIS: “Encuentros en la tercera fase”, título muy adecuado en momentos de la remontada del coronavirus. Y “ET”…Aiiii… ET…¡Cuánto Lloré! Otras personas (madres de la escuela y monologuistas) han mencionado ET y cuánto les marcó la infancia. Yo lloré mucho por ET, pero no en el cine, porque no me llevaron a verla. Creo que hubo dos niños en España que no la vimos en el cine: yo y Serafín Zubiri. A mí al menos me dejaron hacer el álbum. Lo siento Serafín. Pringao!

Resulta que Jorge Sanz era el actor español que mejor besaba en la pantalla. En los noventa. Y resulta que una vez un amigo extranjero que estaba estudiando español leyó esto en una revista y me preguntó tímidamente ¿qué es la pantalla? Pensando que era una parte del cuerpo. No quise saber que parte se había imaginado. Algún agujero negro. “¿Qué son los agujeros negros?” Le pregunta Woody Allen a una prostituta negra en “Desmontando a Harry”. La definición científica que le da es una de esas frases míticas que permanecen en tu cerebro: Al menos en el mío. La prostituta negra contesta: “Con lo que yo me gano la vida”. Genial.

Se ve que antes de venir a Barcelona, continuamos con el padre de mi hijo, que es argentino, se pensaba que en España solo había gitanos viviendo en caravanas y mujeres libidinosas. Es lo que tiene que Imanol Arias y Bigas Luna fueran el actor y el director más exportados. Ya en la edad adulta ambos coincidimos en nuestra especial predilección por “Todos nos llamamos Alí” del director alemán Rainer Werner Fassbinder. La vimos juntos. Igual que “Fitzcarraldo”, “Esperando la carroza” y “Scary Movie” (Bueno esa la vio solito mientras yo miraba “Pasión de Gavilanes”… ¿Quién es ese hombre?…)

Recapitulando, entre las películas preferidas de la peña hay pocas comedias. ¿Será que estamos condicionados por los Oscar y los rankings ya existentes de las grandes películas de la historia del cine? A pesar de esto, dos varones de distintos ámbitos han coincidido en señalar como primera opción la comedia “Amanece que no es poco”. También ha sido elegida number one “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Otras comedias destacadas, aunque de segundas opciones: “La vida de Bryan” y “Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú”.

Seguimos. Los machos alpha que han participado, desinteresadamente (como el resto), han elegido películas de tíos: “Siete samuráis”, “Testigo de cargo”, “Centauros del desierto”, “Reservoirs Dogs”, “Grupo Salvaje” y Braveheart”, y también una de más unisex: “Pulp Fiction”.

Las respuestas más elegantes: “Con la muerte en los talones”; “París, Texas” y “Blade Runner”. La más esperada y sin embargo poco mencionada: “El Padrino” (la interesada está casada con un siciliano). La más sorprendente: “Lily Marleen”. Las más femeninas: “Los amantes del círculo polar”, “Armas de mujer”, “Amelie”, “Chocolat”, “Dirty Dancing” y “Flash Dance”.

Una diva como dios manda ha defendido su reinado y ha contestado, sin titubear, “Cabaret”. Entre las personas de noble corazón y poco postureo ha triunfado “La vida es bella”. Las que no he visto: “En busca de la felicidad”, Los Intocables” “Cinema Paradisso” y The Bucket List”. Las más políticas: “Before the rain” y “Un lugar en el mundo”. Las más fantástica: “Eduardo Manos Tijeras”. La más indie: “Sexo, amor y cintas de video”. La de más buen rollo: ”Litle Miss Sunshine”. No ha faltado la mención a “Indiana Jones”, “Superman”, “La Historia Interminable” y “Karate Kid”.

Las grandes ausentes, que yo pondría en mi lista: “El ángel exterminador”, “Apocalipsy Now”, “Funny Games”, “Cuentos de Tokio”, “Los Crímenes del Dr. Mabuse” y “Una Historia Verdadera”.

Si me he dejado alguna, se admiten reclamaciones.

Retomo la idea con la que he empezado. Es decir, la idea de que yo elijo como película de mi vida la que me sale de los cojones (que no tengo). La cosa es que quiero terminar con una sonrisa de cine (No he dicho happy ending para no confundir al personal). Se abre el telón y se ve un grupo de gitanos y al final dos policías… – ¿Cómo se llama la película? – Los últimos sus muráis. Fin

Eres el mar cuando se enfada, eres la noche iluminada, eres como el río que va regando el amor mío agapimú, agapimú, agapimú

Manolito

      Pues sí. El hombre de mi vida se llamaba Manolito. Y era de Madrid. Y si hablo de él en pasado no es porque ya no sea el hombre de mi vida ni porque yo sepa que ya está muerto, que no lo sé (aunque tampoco tengo ninguna certeza de que no lo haya hecho, lo de morir, me refiero). Pues eso, que hablo de Manolito en pasado porque a estas alturas supongo y espero que ya no le llaman así, con el diminutivo. Manolito ya tiene casi cincuenta tacos, o sea, es ya un señor mayor y lo de Manolito como que ya no.  Ahora debe ser Manolo, o Manuel, o Manuela. No lo sé, la verdad, pero no se me ocurre que nadie nacido en los setenta y que haya logrado sobrevivir a Michael Jackson, David Bowie, George Michael y a Bono (que públicamente está muy muerto) se pueda seguir llamando Manolito.

No, no, no. Si alguna lectora piensa que existe una relación entre las muertes (o no muertes) sobre las que acabo de escribir, que quede claro que no la hay. Es que me voy por las ramas… De Bowie y de George Michael no diré nada, pero ¿Michael Jackson? ¿Bono? “Ecs” No quiero ofender a nadie pero preferiría morir virgen y rodeada de gatos a vivir con la idea de que cualquiera de ellos dos es, o ha sido, el hombre de mi vida. Aunque si a pesar del repelús que me provoca la idea, si aun así, porque una no puede realmente luchar contra sus sentimientos, digo yo… Pues eso, que si en lugar de Manolito mi hombre hubiese sido Bono, o si mi Manolito y Bono fuesen la misma persona, para ser más fieles a lo que realmente pasó y a la edad que teníamos, quizás deberíamos también usar el diminutivo de Bono. Pero con mayúscula y obviando lo del Norte para no caer en chistes fáciles, que aquí somos todos inteligentes.

Sólo hablé con él una vez. Me refiero a Manolito. Olvidémonos de Bono, por favor (que gustazo da poder decir eso sin parecer un bicharraco). Y si os digo la verdad, no recuerdo si le vi más veces o sólo fue una. A Manolito. Supongo que nos cruzamos en muchos momentos. Yo solo me acuerdo de ese día en el bar. De hecho, pasó hace tantos años, exactamente en el verano de 1979, yo tenía 7 años, que a veces pienso que podría ser perfectamente un falso recuerdo mío. Esta idea me obsesiona últimamente. Pensar que el hombre de mi vida es producto de mi imaginación es como admitir que esto del amor romántico es un pensamiento tan mágico como la creencia en los Reyes Magos, que al final resultan ser los padres. Pues igual no es tan mala idea, quitándole el componente sexual, evidentemente, que los hombres de nuestras vidas sean nuestros padres, que al final siempre están allí, llamándonos guapas y listas y valientes de manera incondicional.  

Falsa memoria o no, yo he venido aquí a hablar de mi Manolito y eso es lo que voy a hacer.  Recuerdo que ese fue el verano que aprendí a nadar.  Y lo aprendí de golpe después de meses de dar clases en las que no acababa de entender el mecanismo natural que tenía que activar para que mi cuerpo flotase. Tuve un susto de muerte. Voy por partes. Durante el curso escolar había ido a clases de natación después del cole. Nos llevaban en un autocar hasta el Sícoris club, que estaba en la otra punta de la ciudad. El trayecto duraba menos de diez minutos pero era impensable que ninguna persona pudiera hacer ese camino andando en una localidad en la que todo el mundo usa el coche para casi todo y en la que en los meses de invierno no se ve nada debido a la niebla que se hace omnipresente de noviembre a febrero.  Y cuando digo nada es nada. Parecía un suicidio plantearse el ir al curso de piscina andando. Desde luego era mucho más seguro (léase la ironía) ir en un autocar a toda pastilla, con toda esa niebla y con cuarenta niñas medio sentadas y gritando y cantando. A veces pienso que es un milagro que la generación del EGB sigamos vivos o enteros. Es de tesis doctoral la cantidad de accidentes domésticos y las leches que nos dimos en parques y escuelas. Y es realmente curioso que no haya más lisiados: mancos, cojos, quemados. O que todavía podamos caber en una talla europea de pantalones… Y es que entre los fosquitos (regalos y pastelitos) y los donuts, que había que comérselos de dos en dos, se me ocurre que lo nuestro fue una declaración de guerra o de amor al colesterol malo.

La verdad es que la niebla es muy espesa y hace cuarenta años todavía lo era más. La cosa mejoró, un poquito, cuando se canalizó el río después de la riada de 1982. Pasó por la noche. Yo justamente estaba soñando que se quemaba la ciudad… Seguramente fue una casualidad.  Lo raro es que mi padre me confesó años más tarde que esa misma noche él había soñado que se ahogaba gente con aspecto indígena y que pensó que se trataba de algo que había visto por la tv… Da miedo.

La crecida del río fue tan bestia que el agua llegó hasta el casco antiguo e inundó muchas calles e incluso algunas casas. Yo entonces ya sabía nadar.

Volviendo al tema, cuando yo realmente tuve conciencia de que podía flotar y de hecho lo conseguí, yo solita, fue durante esas vacaciones en Benicássim en las que conocí a mi Manolito. Y no es una metáfora, hablo literalmente. Gracias a la sal y a las olas del mar, que  balanceaban mi cuerpo, me fue mucho más sencillo poner en práctica los consejos que me habían inculcado unos meses antes los monitores de la piscina. Y es que aprender, siempre se aprende algo.

No es que yo tuviera miedo de ahogarme, aún no, lo que pasaba es que era patosa. Dice mi padre que cuando era pequeña no le tenía miedo a nada, cosa que ahora, ya de mayor, me gusta y me disgusta a la vez. Me gusta porque va con mi naturaleza actuar de vez en cuando de manera impetuosa y poco meditada. Me disgusta porque he oído decir que tener miedo es un rasgo de inteligencia. Como soy lo bastante inteligente como para no cuestionar esa teoría y no revelar mi lado más vanidoso voy a defenderme confesando que sí que tenía miedos y que los camuflaba detrás de una gran coraza de sentido del humor, orgullo y rebeldía. Mis dos miedos principales eran los misiles rusos y los americanos también. Después venía el miedo a los niños varones. Yo iba a una escuela de niñas. Solo niñas. Y a pesar de mi demostrada e infinita “valentía” me daba mucha vergüenza hablar con niños y mantener la compostura. Quizás por eso lo de Manolito fue tan especial e inesperado.

Antes  del “incidente” no le temía al agua, o al menos no  de manera consciente. Después de ese inolvidable acontecimiento, mis miedos fueron creciendo y creciendo y ahora le tengo miedo al agua, al fuego, al aire, a la soledad, a morir.

El incidente ocurrió una tarde cualquiera de agosto de 1979, en la piscina del camping. Casi me ahogo. Todavía siento esa sensación de que te vas para abajo y de que estás tragando agua. Me gustaba jugar a lanzarme a la piscina y caer justo dentro del flotador. Lo había hecho muchas veces pero en una no acerté el agujero y me fui toda yo para el fondo. Mi hermana mayor se lanzó para ayudarme y yo me agarré de su larga melena, lo que provocó que ella se soltara del daño que le hacía. Fueron unos segundos larguísimos hasta que nos sincronizamos.

Fue traumático. A veces hay que tocar fondo para salir a la superficie y ver el mundo con otros ojos. Yo toqué el fondo de la piscina y luego tuve mi recompensa. Manolito me escogió a mi, a la pequeña del clan, al último mono de la familia. Yo era un pollito vergonzoso al que continuamente confundían con un niño porque llevaba el pelo corto, sin pendientes, y siempre tenía las rodillas peladas. Manolito era dos años mayor. Tenía la edad de mi hermana mediana (no hablo de la de la piscina, esa era la mayor, que ya tenía catorce años, me refiero a la del medio). Y, si no me equivoco, era un año mayor que mi por entonces hermanastra.

Fuimos las tres (hermana del medio, hermanastra y servidora) al bar del camping y nos situamos alrededor de una de esas máquinas del demonio que nos gustaban tanto. Y allí estaba Manolito también, con algún amigo o hermano. O solo. Vete tu a saber. Tenían la radio puesta. No me acuerdo de todas las canciones que sonaron aquella tarde pero podían  ser perfectamente Ana Belén y su pegadiza Agapimu, Miguel Bosé y su Super superman, o Patrick Hernández, con su gran hit Born to be a live.

Manolito era de Madrid. —De Vallecas— dijo. —Y soy del Rayo Vallecano— añadió. También supe luego que tenía nueve años. Sonreía. Tenía una sonrisa cautivadora. De verano. Su manera de sonreír, como su manera de hablar, de peinarse, de vestir, todo era verano. Parecía parte de la decoración de ese bar nuevo y práctico de colores alegres y diseño moderno, con mucho plástico. Él era alto y llevaba un bañador rojo. Imaginad al típico niño español preadolescente pero más alto, más guapo y más listo.

Y no sé por qué de repente me regaló una moneda de un duro para que jugara yo a la máquina. ¡Sí señor!, dinerito fresco… Sé lo que estáis pensando: ¡Como a una fulana!. Pues yo no lo viví así. Fue un momento mágico. En el bar estaba sonando, otra vez, Agapimú, de Ana Belén. Y se paró el tiempo. Se congeló la imagen de los críos pidiendo helados y de sus padres y madres bebiendo cerveza y bitter kas. Me la regaló específicamente a mí. No dijo que era para todas. Me la puso en la mano. En mi mano. Percibía la envidia en los ojos de las otras niñas. Intentaron convencerme para que nos lo gastásemos al momento. No quise. El duro me lo guardé y todavía lo conservo.

Cuando nos vimos con mis padres y hermanos a la hora de cenar deseaba desesperadamente que mi hermana o hermanastra, que habían presenciado la escena (yo lo viví como si se tratase de una declaración de amor eterno) explicaran la anécdota. Lo hicieron rápido y sin concretar y el único que le dio un poquito de importancia y me hizo algunas bromas fue mi hermano. Yo necesitaba hablar del tema. Quería hablar del tema. Viéndolo en retrospectiva debería haberme preocupado ese comportamiento mío. Pero yo era una niña y mis pensamientos me los guardaba para mí. Igual que el duro.

A lo largo de mi vida he pensado mucho en Manolito y en su bañador rojo. Nunca más lo volví a ver.  Mejor. En ese recuerdo mando yo. Un recuerdo bonito, en minúsculas, que se mantiene fresco en un lugar privilegiado de mi memoria selectiva.

Quizás por eso Manolito siempre será el hombre de mi vida. El hombre que nunca me pidió nada a cambio y que ya no podrá decepcionarme. 

Me pregunto, a veces, si se habrá casado o seguirá soltero, como yo, anclado en el pasado e incapaz de superar ese lastre. ¿Será calvo ya o ya tiene canas? ¿De qué trabaja? ¿Cabe en una talla europea de pantalones? ¿Será manco o cojo o ciego? ¿A que dedica el tiempo libre? ¿Le gustará U2? ¿Estará vivo? ¿Todavía usará el dinero para relacionarse con las mujeres?¿Sabrá él que coño significa Agapimú?

Antes, de joven, no me gustaban las bodas. Ahora, tampoco. Pensaba que eran aburridas, que la novia estaba más fea que nunca y que por mucho empeño que uno pusiera en dotar al evento de personalidad propia, el resultado siempre acababa siendo una horterada. Productos de serie con novias de blanco, o no, pero que en un 90% de casos llevan demasiado maquillaje y demasiada laca. Los novios no haría falta ni que se presentasen a la cita, probablemente nadie lo notaría. Sigo pensando lo mismo.

¿Sabéis si los invitados e invitadas todavía agarran la servilleta y la hacen rodar por encima de sus cabezas cuando la nueva parejita entra en el restaurante? La primera vez que presencié esa escena de aires medio taurinos me quedé patidifusa, con la boca tan abierta que todavía conservo el regusto de las moscas que me entraron.

Fue en el año 2004, si no recuerdo mal. Se casaba una compañera de trabajo, y amiga, y nos invitó a unos cuantos del curro. Nueve o diez. Tengo que reconocer que fue la boda más bonita, teniendo en cuenta las limitaciones del género, a la que he asistido nunca. Se casaron en una ermita cerca de Olot. En medio del bosque.

¡Ai, si hubierais visto los aperitivos! ¡Os habriais caído de culo! Y no es ironía.Y que nadie piense que estoy insinuando que vuestra potencial caída pudiera o pudiese tener algo que ver con que el suelo estaba resbaladizo porque dieran una comida de mierda. ¡No! Todo lo contrario. Estamos hablando del restaurante “Les Cols” y prepararon entrantes de diversas culturas, amenizado todo con atrezzo humano (si es que existe este término) en forma de japoneses vestidos con kimono y africanas con las tetas al aire. Esto último, lo de las tetas, probablemente es un falso recuerdo. Todo estaba delicioso. Un 10. ¡Gracias Sara!

La cosa acabó mal. Mal, porque los de mi mesa nos transformamos en adolescentes. Es la única manera de justificar nuestro comportamiento. Decidimos coger prestadas un par de cajas de cervezas y nos las llevamos tal cual. Se ve que no nos bastaba con todo lo que habíamos bebido… o igual fue nuestra pequeña venganza por lo larga que se nos hizo la comida, con tanto discurso y tanto peloteo. En un momento dado alguien agarró el micro. Y aquí lo dejo, ya que no me consta que estas alturas lo haya soltado.

Volviendo al tema de la servilleta, ante mi estupefacción, me explicaron que ese recibimiento era ya una tradición que formaba parte del guión no oficial en todo ceremonia matrimonial y luego me preguntaron cuánto tiempo hacía que no iba a un casamiento. Pues exactamente tres años.

En agosto de 2001 se había casado mi hermana Júlia. Y yo fui a la boda. Evidentemente. Me compré de rebajas un vestido de Josep Font (10.000 pesetas me costó. Una ganga). Fue un casamiento inesperado. Sólo hacía diez años que mi hermana y mi cuñado se habían prometido. Pero ellos lo veían claro. ¡Pues adelante!

Richard Ashcroft sonando a toda pastilla. Así fue como entraron los novios al restaurante y yo no vi a nadie hacer rodar pañuelo alguno ni servilleta. Y mira que había gente….Pero que sé yo, en esa época no llevaba ni gafas ni lentillas y las necesitaba, creedme, porque tuve algún incidente. Volviendo a la boda del año, creo que es el enlace con más invitados al que he asistido. Y en pleno agosto. Me pregunto si quedaba alguien paseando por la ciudad ese día. O se habían ido a Salou o estaban en ese macro evento. Fue macro, pero con mucha clase. Y muy catalán todo, con sardanas, mas no como sardinas.

La boda de mi otra hermana, seis años antes, había sido muy diferente. Solo invitaron a los familiares más directos. Se casó con pantalones. Bueno, se casó con Salvador y ella llevaba pantalones. (Que no es lo mismo que decir que ella llevaba “los” pantalones). Mari Carmen, mi hermana y su marido siempre han tenido una relación paritaria en términos de pantalones, que nadie lea más allá.

Hablando de carros (en mi cabeza suena Manolo Escobar), ese día, yo casi pierdo el mío. O más bien el de mi padre… Pedí que me dejaran llevar el coche de los novios y lo intenté. Y no lo pude aparcar. Los volantes no son lo mío.

Una vez casi me ahogo por culpa de un volante. Imaginad: Hora de comer, toda la familia en la mesa hablando de cuánto se tardaba en tener el carné de conducir una vez aprobado el examen. Alguien dice: Te tienen que enviar un volante desde Madrid. Y mi hermano pone cara maliciosa, levanta una ceja, y con una media sonrisa hace el gesto con las manos de estar conduciendo mientras dice: ¿Un volante? Aquí a una servidora, que estaba bebiendo agua, le entró la risa tonta y el líquido se equivocó de agujero. De hecho, y digo de hecho aunque aquí no tiene nada que ver, nada, hay quien dice que en caso de atragantamiento hay que introducir un dedo en el ano. Pero eso no ocurrió. Al menos en el mío. De ano. Digo.

Lo pasé tan mal que cuando mi padre se levantó de la mesa, después de que yo diera mil vueltas por la casa para dejar de escuchar las risas, y me fue a dar unos golpecitos en la espalda (no había tiempo para sodomizar a nadie, y menos a mi que ese día llevaba pantalones, que probablemente eran de mi hermana…) me agarré de su cuello en un abrazo sincero y me despedí. Porque mi padre me mata si me voy sin saludar…..La educación, lo primero. Y eso fue lo que me salvó.

Me pregunto si mi hermana decidió invitar a poca gente para simplificar el tema. Sobre todo, para evitar disgustos como el que ella tuvo con la mesa que le tocó cuando se casó mi hermano. ¡Qué mal lo pasó! Y eso que era ella quien se había encargado de la distribución de las mesas. No es broma. Pero esa fue la primera de la bodas de la familia (exceptuando la de nuestros padres) y había mucho estrés.

Empiezo a estar harta el tema. No sé si en mi mente caben más anécdotas casamenteras. Tengo la misma sensación que cuando estaba en el banquete de la boda de mis amigos de Donosti. Bien, ella es navarra y la boda se celebró en Pamplona. No me malinterpretéis, en términos de felicidad y juerga y buena compañía, (sin la mirada impositiva de mis familiares semi lejanos) fue la mejor. Mi recuerdo sobre la sensación de ya no poder más es por el montón de comida que sirvieron. Supongo que salimos de allí rodando. ¿Conocéis el título de la película “Ocho apellidos vascos”? Pues parece ser que sirven un plato para cada apellido. No es broma.

He asistido, creo recordar, a tres bodas civiles. La primera, la de mi padre y su mujer, en los Juzgados, tenía que ser un simple trámite pero mi hermana mayor, la de los pantalones, se negó rotundamente. En esta ocasión, comimos todos en la misma mesa. Eramos pocos. Espero que le tocara en un buen sitio pero no me atrevo a preguntárselo, por si dice que no y estaba a mi lado.

Mi padre ya se había casado una vez, con mi madre. En esa ocasión mi abuela, su propia madre, no pudo acompañarlo al altar porque estaba muy enferma y ella misma le dijo que prefería verlo casado en vida a que aplazasen el enlace. No sólo no se murió entonces, sinó que pudo ir a la segunda boda, más de treinta años después (los médicos que le dieron tal pronóstico ya habían fallecido todos). Y todavía vivió casi quince años más.

También mi amiga Gemma se casó por lo civil, en el Ayuntamiento. Y luego nos fuimos a beber unos cocktails. Fue todo muy correcto y comedido. No puedo hacer broma alguna. Por más que lo intento.

Al final, supongo que si tengo que escoger una única boda entre todas las de mi vida, esa boda tiene que ser la mía. Pero por desgracia para mi, no para vosotros, tengo un contrato firmado que estipula que no puedo hablar de ella ni desvelar ningún detalle hasta el año 2066 (vencido).

A lo largo de mi ya extensa, en el espacio y en el tiempo, existencia (soy una señora con derecho a, y suficientes arrugas para, recibir el tratamiento de usted), pues no recuerdo yo en todos estos años haber asistido a muchos conciertos, más bien pocos. Aun así, seguro que he ido a muchos más de los que alcanzo a recodar. De hecho, ha sido empezar a escribir y me están viniendo a la cabeza flashes de aquí y de allí de recitales que tenía aparcados en el hemisferio cerebral del olvido.

A los Pet Shop Boys los vi dos veces. Y no es que me mate el grupo, pero las circunstancias, ya se sabe. También a Pulp los vi dos veces, en el 95 i en el 2002, en el primer Primavera Sound del Pueblo Español. El concierto clandestino de Saint Étienne fue guay, igual que el de las Chicks on Speed, que organizaron una movida privada en un barco. Fui con el padre de mi hijo (el niño todavía no había nacido). Con él también vi a Fermín Muguruza. ¡Y qué calvario! (El concierto, por supuesto) y al argentino Kevin Johansen. Bailé con Patrick Wolf y con Hello Cuca, me balanceé ligeramente de un lado para el otro con Brett Anderson, (ex vocalista de Suede) y con Alaska o Fangoria o la madre que la parió. Permanecí inmóvil y aguatando la respiración en los conciertos de los Magnetic Fields. También tuve que aguantarla, la respiración, la vez que estando en NYC quedamos con Claudia del grupo Magnetic Fields (que acabo de mencionar) y nos llevó a su casa donde el olor a caca de gatos y el desorden de su guarida rallaban la delgada línea existente entre el ser bohemio y el ser un cochino bohemio.

Mi experiencia más penosa tuvo lugar en las fiestas de Lleida. En mayo de 1989. Yo tenía dieciocho añitos y la presión baja. La cosa es que después de aguantar más de una hora, o dos, mental y físicamente a unos teloneros de mierda y de aguantar al mismo tiempo, también mental y físicamente a una chica que se apoyaba en mi espalda con toda su inmensidad, me empecé a encontrar mal. Salí para que me diera el aire, pero el “timing” fue tan inoportuno que justo perdí el conocimiento, y la dignidad, en el preciso momento que salía al escenario el cantante de Duncan Dhu. Me desperté en brazos de un chico de la cruz roja. ¿Cuándo abrí lo ojos me dijo —“¿Y yo, no te impresiono?

La memoria es una gran compañera de viaje, nunca nos traiciona intencionadamente. Pero a veces nos falla, como los amigos, y pienso que hay que saber perdonarla y también cuidarla y alimentarla, eso sí, en su justa medida. Está claro que todos y todas tenemos memoria selectiva. Sobre todo, todos. Es decir, sobre todo, ellos. Su memoria es tan selectiva que demasiadas veces no se acuerdan de ellas, es decir, nosotras. Pero ese es otro tema. Volvamos a la música y a los momentos más vibrantes y brillantes que he presenciado encima de un escenario. Bueno, para ser exactos, yo los he presenciado debajo del escenario, o frente al escenario, nunca encima.

¡Miento!

Me hubiera gustado borrar de mi listado de hechos vergonzantes la vez que salí a cantar, de forma impulsiva y maliciosamente animada por mi prima Esther y mi hermana Julia, la canción de la Masovera ante un recinto repleto de personas humanas (más bien machistas, todo sea dicho) que habían ido, que habíamos ido, a ver una proyección especial de la serie de animación del momento: Mazineger Z… ¿A quién se le ocurre? A mí, claro.  Sucedió en el intermedio o en el final, da igual ahora. Allí estaba mi yo de ocho o nueve años, con un vestido verde, y con ese hilillo de voz que sale con los nervios, asesinando una canción que habla, en modo acumulador, de lo que compras cada día en el mercado. Empecé cantando el lunes con mucha energía, pero la voz fue decayendo y el jueves el tema ya era patético. Pero la acabé. No sucumbí. Había premios suculentos para los tres primeros.  El ganador iba a grabar una canción en la radio. Evidentemente, me llevé una lagartija de goma, y no merecía más. Interpreté la canción como el culo y además la Masovera había sido una elección poco acertada para la ocasión. Poco acertada. Punto. (Para cualquier ocasión). Tampoco el público estuvo acertado con el reparto de aplausos, y por extensión, con la decisión de los que lo habían hecho mejor. Era la audiencia presente la que elegía a los ganadores. Los tres concursantes con más aplausos daban un paso al frente. Todo muy visual. Y muy auditivo.    

¿Os podéis creer que de los diez enanos y enanas (en sentido figurado) que actuamos solo tres eran varones? Hasta aquí supongo que sí que os lo podéis creer. ¿Pero cómo interpretáis que precisamente ellos, los chicos, fueron los tres más aplaudidos y cada uno en su turno procedió a colocarse, de acuerdo con la ovación recibida un paso o dos más avanzado en el escenario? De hecho, en mi campo de visión, y en el de mis colegas sin pene, lo único que aparecía era el culo de los niños.  Estábamos todas allí, de pie, con nuestra lagartija de goma, sonriendo sin ganas y aprendiendo una lección vital. Está claro que si no tienes pene no te comes ni un rosco en esta vida. Y con la mirada fija en esos tres culos estuve yo esperando que no cesaran los vítores y las palmas de los adultos que teníamos enfrente, para ver si con tanto paso y tanta tontería avanzaban hacia adelante y se caían de la tarima en medio de una gran ovación. Por qué es verdad que yo canté peor que nadie, pero hubo otras niñas que se merecían un mayor reconocimiento del público. Dicho queda.

Sin duda alguna ese no fue el concierto de mi vida. Tampoco lo fue el de Morrissey en Nueva York a finales del milenio pasado, creo que exactamente estamos hablando del mes de noviembre del año 1999. Estuvo espectacular, magnífico, excelente. Dicen. Yo tenía entradas, pero al final no fui. Me recuerdo a mí misma, sentada en un Barnes & Nobles en el barrio de Chelsea, vestida de negro y con unos quilos de más. Más que al llegar, no me refiero a sobrepeso, tranquilos… (como si alguien se hubiera puesto nervioso por eso, tu estás tonta o qué…). Los quilos fueron gentileza del American way of life. Así estaba yo, debatiéndome, decidiendo en mi cabeza, entre yo y él. Fui imbécil. Vendí las entradas porque la persona con la que iba a ir tuvo un percance y me supo mal ir sola y que él se lo perdiera. “Esa generosidad absurda hay que controlarla”, me dice mi psicóloga (ella no dice absurda). Evidentemente me arrepiento mogollón de no haber asistido, pero probablemente, lo volvería a hacer. O quizás no.

La fecha mágica que aquí nos interesa es el veinte de noviembre de 1995 a las 22h. Pagué 2.000 pesetas por la entrada anticipada. Lo recuerdo perfectamente, fue en la sala Zeleste de Barcelona. Fui con un amigo y una amiga (que se compró la camiseta más chula del mundo). El mejor concierto de mi vida. Era un lunes y tuve a Jarvis lo suficientemente cerca como para derretirme con y ante esa voz suya tan sexy. Al mismo tiempo lo tuve lo bastante lejos como para que no se cayera el mito, más bien sería el mitito. Porque yo nunca he sido mitómana (no me refiero a mentirosa, que es la acepción que emplean los argentinos, y eso sí que lo he sido un poquitín, por eso del efecto ejemplo, de las monjas). Creo que nunca he admirado a nadie por encima de mis (y de sus) posibilidades. Mi fascinación por el cantante larguirucho de Pulp es lo que más se ha aproximado a cualquier tipo de mitificación humana.

Pues bien. Recuerdo que cuando acabó el recital lo califiqué de sublime. ¿Estamos todos de acuerdo que lo dije en un ataque de vehemencia verbal alentado por la descarga adrenalínica que recién había experimentado? Había abandonado mi cuerpo y mi alma al ritmo de “Disco 2000” (que ya sé que suena como el Gloria, faldas en el aire, pero me da igual) y de “Babies” que es el título de la canción en la que todos gritamos “Do you remember de first time?”

Un buen día para recordar las palabras de mi amigo. Si. Las palabras. No cualquier palabra. Un par de años antes, más o menos, tuve una conversación con él en la que literalmente me dijo que sentía que tenía que dedicarse a la música, que esa era su misión en la vida. Y no me reí. Menos mal, porque resultó ser verdad.

Pues bien, ese día, el día de Pulp, mi amigo conoció a su media naranja musical (su primera media naranja). El nuevo era un chico extraño y fascinante al mismo tiempo, que nos agarraba de la manita por la calle y que hablaba a la velocidad del rayo. Decía muchas cosas por minuto. Algunas pedantes, otras, interesantes y muchas, entretenidas. En cualquier caso, ese día algo cambió en la vida de los dos chicos de prodigiosa inteligencia y talento musical.  Entre ambos acabarían formando Astrud. Así empezó todo.

Mi amiga y yo seguimos con los pies en el suelo. Fans incondicionales, pero nunca grupis. ¿Cómo vamos a ser grupis? Ni se me pasa por la cabeza. Eso sí, conciertos de Astrud a tuti plen. Incluso uno en Galicia, en Villagarcía de Arousa, donde tuve el honor de ser invitada para viajar con el grupo porque les sobraba un billete de avión. Volé con el nombre de Manolo Martínez Martínez. Olé mis huevos.

Dos meses después del concierto de Pulp yo me fui a vivir a Londres y corté el cordón, el umbilical.  Más bien, creí que lo cortaba, pero existen lazos que uno hace en la adolescencia que con el tiempo se demuestran irrompibles. De esos dos años en la ciudad de los pubs y de los parques guardo mi mejor tesoro. Todas las cartas que recibí. Si pasaba algo extraordinario (entendido como fuera de lo ordinario) me enteraba a través de varias personas con sus propias visiones y roles. Era como un collage o un puzle de hechos, sentimientos y opiniones que se cruzaban y entrelazaban hasta formar un todo. Señores ladrones, si me quieren robar, róbenme las joyas (haberlas haylas) o los tuppers, pero dejen que mis cartas descansen en paz.

Son las cuatro de la tarde y acabo de perder el tren. Por un minuto. Lo veo alejarse mientras me recompongo, con las manos apoyadas en las rodillas y la cintura doblada. Tomo aire y miro a mi alrededor, a ver si localizo la cámara y al actor principal al que tendré besar, porque os juro que esto parece la escena de una comedia romántica. Aunque de comedia no tiene nada. Y de romántica menos. Esto es humor absurdo

Miro a mi alrededor y la presencia de unos cuantos (demasiados) turistas colorados por un exceso de sol y de sangría me empuja a descartar el tema del beso (también me empuja a tirarme a las vías, la verdad sea dicha).

Noto particularmente la presencia de una mirada pegada a mi nuca y me doy la vuelta con un movimiento brusco. ¡ CRACK! Siento como si se me hubiese roto el cuello y me invade una sensación de pánico. Me imagino confinada en una silla de ruedas para el resto de mi vida, como Superman o Stephen Hopkins y empiezo a moverme como si fuese un robot o Frankestein.

Entonces me doy cuenta de que el CRACK no venía de mi cuello si no que procedía de mi trasero. Cuando veo lo que ha sucedido, digo: —¡Mierda!. No, no es lo que pensáis. He dicho mierda como podría haber dicho “joder” o “caramba”. No es nada escatológico, tranquilos, tranquilos, ¡Tranquilidad, por favor! Que me tiro, eh, que me tiro….

Se me acaba de romper la costura de los pantalones situada justo en la zona “gluteal” (mira por donde, me acabo de sacar una palabra de la manga… o más bien del culo).

—Are you okay? — Me pregunta con la mirada el culpable de todo esto, el que me exploraba la nuca mientras yo sopesaba si valía la pena esperar al próximo tren en la estación o me iba de vuelta para mi casa. Había oído hablar de la reacción que tiene tu cuerpo ante la presencia de un estímulo lo suficientemente estimulante como para hacerte reaccionar, pero me había imaginado que si alguna vez me pasaba sería ante el semblante de un fornido bombero, deseosa de que me apagara el fuego que llevo dentro. Ahora bien, que mi culo y mi nuca estén tan compenetrados me da un poco de vergüenza.

Paso de todo y me ato la rebequita que llevo en el bolso, por si en el tren refresca, alrededor de la cintura y me relajo. Ya son las 16:05, ya falta menos.

Viene un tren, que no es el mío, y suben casi todos los pasajeros que están en el andén. Incluído el sodomizador telepático. Me quedo prácticamente sola en la plataforma y llamo a mi hijo, porque estoy aburrida. Y porqué le he echado un montón de menos esta semana. Y al Fortnite también. Mi nariz crece, crece, crece….. ¡Como si no fueses lo bastante larga de nacimiento!

Mientras espero pienso en otros viajes, en otros trenes y en otros tiempos. El viaje a Bologna. ¿Qué ha sido de esa chica de veinte años de esbelta figura y de rostro virginal? Pues parece que me la he comido. Llega otro pasajero, un chico joven muy mono y pongo mi pose MILF. Ni me mira. “¿Dónde estabas hace veinte años?” “Entonces sí que me habrías mirado..:”


—Si quieres me doy la vuelta y me miras la nuca ¡pervertido! —¡Ooops! Parece que esto último lo he dicho en voz alta.


—¿Cómo dice señora? —Responde el gilipollas de milenial este levantando la cejas.


—¿Que si quieres te doy el billete de vuelta porqué yo no lo gasto nunca? ¿Entendido?


—No hace falta. Solo ida. Me las apaño solo —me dice el chico. Y yo juraría que se le cae una lágrima, como bien le explicaré luego a la Policía.

A ver, si a vosotros una persona os dice esas palabras en una estación de tren ¿pues que os imagináis? ¡Pues que se quiere ir de este mundo cruel! Y como habla tan flojo, yo entiendo “No me las apaño” ¿Y que hacéis? Pues lo que haría cualquier persona adulta y progresista. Yo desde que vi Mar adentro, no puedo ver sufrir a la gente de esta manera. Así que cojo carrerilla y le empujo a las vías. Igual me he precipitado.

La cosa es que consigue trepar a la velocidad de la luz justo un segundo antes de que pase el tren. Tiene un ataque de ansiedad. Este chico está muy mal. Y le digo “Agarra lo que te has dejado” y lo vuelvo a tirar. Pero está claro que no es su hora porque se da un porrazo en toda la cara con el tren que está parado en la vía.

Entonces es cuando vienen los bomberos, la ambulancia, la Policía. Como he dicho al principio, esto no es una comedia romántica.

Me quieren poner una camisa de fuerza.
—¿Sabe si también hacen pantalones así de reforzados? —le pregunto al sanitario — Es para una amiga…

—¿Si? — dije. Y automáticamente, cerré los ojos. Quería focalizar todos mis sentidos en uno. Pero la verdad, no entendí nada de lo que me estaba contando la voz que había al otro lado de la línea. A veces me olvido de que estoy medio sordo, cada vez más. Sobre todo, estos días, encerrado aquí en casa, solo, hablando solo. Como yo a mi me oigo perfectamente, pues no me acuerdo de que a los otros no les entiendo.

—Si — dije de nuevo, esta vez asintiendo, como si realmente estuviera siguiendo la conversación. No tenía ni idea de quien me estaba hablando ni de qué me estaba hablando.

Tampoco es que reconociera el número que salía escrito en la pantalla. Es tan chiquita la letra, que yo nunca miro lo que pone. ¿Qué queréis que os diga? Cuando uno ya tiene casi ochenta años, pues ha visto muchas cosas y la verdad mis ojos ya no dan más de sí. Podría ser un 6 o una J, ni lo intento, qué más da. Pero eso no se lo digo a mis hijos. Cuando me operaron de cataratas pensé que mejoraría y volvería a distinguir a las mujeres feas de las guapas, pero me hicieron un desastre y los reflejos me ciegan. Y luego está esa mosca que viene y va. Hace un par de años cometí un casi fatídico error, casi, y se lo comenté al médico. Casi me confiscó las llaves del coche. Casi. Así que me dije, “Manolo, si quieres seguir conduciendo, calladito estás más guapo”.

—¿Cómo dice? — pregunté. Esta vez, mi interacción resultaba totalmente cierta. Y se hizo un silencio ensordecedor. “¡Qué lástima!” pensé…Van a colgar, me he precitado, se han dado cuenta. Estas llamadas me hacen compañía, aunque no tenga ni puñetera idea de con quién hablo, porque soy viejo y estoy más sordo que una tapia.. pero este es mi secreto. Lo de que soy viejo es obvio pero lo de la sordera, intento disimularlo.

También intento disimular este insufrible dolor de piernas que pone a prueba mi mente y mi cuerpo. A cada pinchazo, veo una estrella. Pero no una de esas estrellas fugaces, no, una estrella con pinchos. Pero yo no me quejo. Una vez se lo insinué a mi hijo, y al dia siguiente ya estaba la familia entera reclamando la silla de ruedas de la abuela que habían prestado a un primo segundo. Casi me la meten en casa. Casi. Así que me dije: “Manolo, si quieres seguir en pie, calladito estás más guapo”.

— Sí, sí — le dije de nuevo a la voz. Con firmeza y controlando los tiempos. Mientras diga que sí, vamos bien. A la que diga que no, se acabó. Una vez cometí el error de llevarle la contraria a mi nuera, que se sacó un cursillo online sobre leyes (el máster en maldad lo tenía de antes, presencial), y a los cinco minutos ya estaban iniciando los trámites para incapacitarme delante de un juez o de un notario, lo que encontraran abierto. Casi lo consiguen. Me salvé por la campana. Literalmente. Se les había roto la campana de la cocina y cambiaron la cocina entera, baldosas incluídas, gracias a un generoso donativo que salió de mi bolsillo, con mucho gusto. Y yo me dije, “Manolo, si quieres seguir existiendo (pues como dijo Descartes, “cogito ergo sum”) calladito estás más guapo”.

—Ajá, ajá — pronuncié despacio y guturalmente. Este recurso es realmente útil, pues no das a entender nada en concreto y sin embargo, está claro que escuchas. Clarísimo. Desde luego. Por supuesto. Y casi al unísono, colgamos los dos, satisfechos.

Suspiré “¡Qué absurdo todo!” pensé. Y me vino la tristeza de la soledad y la añoranza. Pensaba en Encarna. ¡No sabéis cómo la echo de menos! Ella era mis ojos y mis oídos y mis piernas. Una vez cometí el error de llorar delante de mi familia porque estaba triste y casi, casi, me internaron en un sanatorio por depresión. Por miedo a que me suicidara. Ese día me alegré de estar sordo, ciego, cojo, loco y triste. Definitivamente.

Después de colgar, encendí la tele. Hablaban del Coronavirus. No me hacía falta ni ver ni oír para saber eso. Del Coronavirus y de nuestros mayores. De sus mayores. De sus queridos mayores.

—“Manolo, déjalo aquí, que calladito estás más guapo”…

Dicen que madre no hay más que una. Discrepo. Como madre y, sobre todo, como hija, discrepo. Tardé años en darme cuenta de que eso no es así, de ninguna manera. 

Las monjas de mi escuela, desafortunadamente llamadas madres, o hermanas, eran un poquito villanas. Si lo pensáis bien¿que se puede esperar de esas mujeres que necesitan nombres artísticos para aparentar una abnegación y un sentimiento maternal que no poseen? Bien se hubieran podido llamar  Madre Calvario, Madre Dolores o Madre Socorro. Mucho nombre para tan poca empatía. 

Lo peor era que cada año me hacían celebrar el primer domingo de mayo y me obligaban a crear un bonito regalo que yo nunca podía entregar, por razones obvias, a la mujer muerta que me dio la vida. Si de madre no hay más una, ese regalo, en mi mente, va directamente a la basura. Iba. En mi mente.

Hace poco hablé del tema con mi hermana Julia, entonces dos cursos por delante y ahora veo que con una inteligencia práctica mucho más desarrollada que la mía. Mi hermana me dijo que ella no tenía ningún problema con el Día de la Madre, que ella el regalo se lo daba bien contenta a la abuela.

La abuela, mi querida y querida y querida abuela. La mujer que tanto me dió: Amor, sabiduría, comida, algún cachete y comida otra vez. Ella también fue mi madre. 

Ya llevo dos. 

Y sigo sumando.

Y como no hay dos sin tres, el mismo amor y cariño y sobre todo, ternura y paciencia y también comida y mucha complicidad, lo recibo cada día desde hace treinta años de la compañera de viaje de mi padre. Mi segunda madre. O tercera. El orden de los factores no altera el valor de una madre.

Madres de mentira
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