Los temblores invisibles

Podría compartir este escrito directamente en el blog de Con P de Parkinson, donde encontraría el calor y la comprensión de mujeres que están pasando por una situación similar a la mía. Pero eso no es lo que yo quiero. Yo quiero que me lean personas que estén sanas. Quiero que me lean personas sanas que no me conozcan y que no sepan lo que es estar en un cuerpo y en un cerebro cada vez más desincronizados. Y también quiero que me lean personas sanas que, aunque sí que me conozcan, tampoco lo sepan.

El miedo a la lástima es tan grande que mi comportamiento siempre busca un objetivo imposible: que las personas sanas me traten como si yo también lo estuviera. Pero yo no estoy sana. Hay días más buenos y días más malos. Hay horas del día más buenas y otras más malas. Pero después de diez años de lucha continua ya no puedo ni acordarme de lo que supone estar sana.

Por prudencia, o simplemente por desinterés, mucha gente que me conoce nunca me pide detalles sobre mis síntomas. No es una crítica. Tampoco es un intento de hacerme la víctima, ya que en el fondo no sé si quiero que me los pidan. Es simplemente una observación (que no tiene nada de simple).

Lo que quiero transmitir es que al final, y aunque uno de cada cuatro enfermos de parkinson no temblamos significativamente, el parkinson se reduce en el pensamiento colectivo a ser la enfermedad de los temblores. Y muchas personas afectadas por otros síntomas aparentemente menos visibles, pero mucho más frustrantes, los sufrimos en silencio. Y eso me gusta, está bien. Pero a veces siento que no lo está.

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