Elefanta a la sala

textos creativos

Dicen que madre no hay más que una. Discrepo. Como madre y, sobre todo, como hija, discrepo. Tardé años en darme cuenta de que eso no es así, de ninguna manera. 

Las monjas de mi escuela, desafortunadamente llamadas madres, o hermanas, eran un poquito villanas. Si lo pensáis bien¿que se puede esperar de esas mujeres que necesitan nombres artísticos para aparentar una abnegación y un sentimiento maternal que no poseen? Bien se hubieran podido llamar  Madre Calvario, Madre Dolores o Madre Socorro. Mucho nombre para tan poca empatía. 

Lo peor era que cada año me hacían celebrar el primer domingo de mayo y me obligaban a crear un bonito regalo que yo nunca podía entregar, por razones obvias, a la mujer muerta que me dio la vida. Si de madre no hay más una, ese regalo, en mi mente, va directamente a la basura. Iba. En mi mente.

Hace poco hablé del tema con mi hermana Julia, entonces dos cursos por delante y ahora veo que con una inteligencia práctica mucho más desarrollada que la mía. Mi hermana me dijo que ella no tenía ningún problema con el Día de la Madre, que ella el regalo se lo daba bien contenta a la abuela.

La abuela, mi querida y querida y querida abuela. La mujer que tanto me dió: Amor, sabiduría, comida, algún cachete y comida otra vez. Ella también fue mi madre. 

Ya llevo dos. 

Y sigo sumando.

Y como no hay dos sin tres, el mismo amor y cariño y sobre todo, ternura y paciencia y también comida y mucha complicidad, lo recibo cada día desde hace treinta años de la compañera de viaje de mi padre. Mi segunda madre. O tercera. El orden de los factores no altera el valor de una madre.

Madres de mentira
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