2022: El año que cumplí los 50

1972 fue el año que entró en funcionamiento la central nuclear de Vandellós en Tarragona;  el año que se estrenó el concurso de televisión “Un, Dos, Tres”; el año de la foto de la niña vietnamita  corriendo y llorando;  el año del caso Watergate; el año del  asesinato de once atletas israelíes en las Olimpiadas de Múnich;   el año que salió la película de Luis Buñuel “El discreto encanto de la burguesía”; el año del accidente de avión de un equipo de rugby en los Andes (y ya sabéis el resto); el año de la primera marcha del orgullo gay en Londres;  el año que Bobby Fischer ganó su primer campeonato del mundo de ajedrez. 1972 fue el año que nací yo.

Ya han pasado cincuenta años, medio siglo, más de media vida. Dice la canción que 20 años no son nada, pero ya os digo yo que 50 son muchos. Para una tortuga y para Jordi Hurtado igual no, pero para mí son tantos que hay días que incluso me da vergüenza mirar hacia atrás. Hay quien dice que no cambiaría nada de su pasado, que tanto los errores como los aciertos los han llevado al lugar donde están ahora y que no querrían estar en ningún otro sitio. Ja ja ja. ¡Qué daño ha hecho Instagram!

Porque el mundo en el que estamos, también ellos y ellas, los embajadores del buen rollo, está hecho una piltrafa.

¿Dónde estoy yo con casi 50 años? Tengo la sensación de estar llegando al final de las Rebajas, que ya quedan pocas oportunidades y que tengo poco tiempo para decidir qué es lo que quiero o puedo comprar. Todavía.

Llegar a los 50 no es divertido. No nos engañemos. Ni fácil. Mucha madurez y experiencia y sensatez pero pocas ganas de riesgo. Y es precisamente ahora, a los 50, cuando siento que más tengo que arriesgar porque ya he entrado en el tiempo de descuento. Es ahora o nunca.

Nunca me gustó cumplir años. Siempre he percibido la vida como una carrera y siempre me ha dado la sensación de ir rezagada.

Los que son más jóvenes que yo me dicen que no aparento la edad que tengo. Debería tomármelo como un insulto…Mi sentimiento de condescendencia hacia las nuevas generaciones es lo que delata que ya soy una señora.

Ellos y ellas a mí me parecen más viejos y viejas de lo que en realidad les correspondería. Piden justicia y ser escuchados pero mi duda es si es verdad que tienen algo que decir. Son conformistas, individualistas y narcisistas y no han sido capaces ni de defender lo que más les gustaba hacer: el botellón. En sí mismo eso dice mucho de sus prioridades.

Esa es la clase de mundo en el que vivimos.  Un mundo con toque de queda en el que la juventud está sobrevalorada y los 50 no molan. Y no entiendo por qué no.